Un capitán de barco puede delegar el timón. Puede contratar a quien le mantenga las máquinas, encomendarle la navegación a algún oficial o dejar a cargo de la vigilancia nocturna a un centinela. Pero algo que no puede hacer cuando el barco encalla es bajar a cubierta, señalar a los marineros contratados y decir “yo no soy responsable” porque había delegado esas tareas. Un capitán sigue siendo el capitán.
Esta metáfora náutica viene a cuento por la discusión que surge después de la muerte de varios recién nacidos en una unidad de cuidados intensivos en Durango. En efecto, la “investigación” continúa y será esta la que establecerá (esperemos así sea) cuál fue la cadena de causalidad y cuáles son las responsabilidades a fincar. Soy consciente, estimado lector, de que es prematuro convertir un acontecimiento sanitario grave en una explicación política.
Pero, justamente por eso, resultan especialmente desafortunadas las declaraciones expresadas por un miembro del Senado, que plantea como una posible causa la subrogación de los servicios de limpieza, vinculando estas actividades a “conductas políticas neoliberales”.
Sin embargo, supongamos, para efectos de análisis, que la limpieza subrogada hubiera fallado… ¿entonces qué? ¿La responsabilidad institucional desaparece porque quien empuñaba los trapeadores recibe su nómina de otra empresa? Por supuesto que no. Subrogar no es abdicar.
La medicina moderna funciona a diario con servicios subcontratados o subrogados, y esto no solamente ocurre en instituciones privadas, también pasa en las públicas. Se subrogan estudios de laboratorio, imagen, mantenimiento, alimentos, lavandería, limpieza, manejo de residuos peligrosos, vigilancia, transporte y tecnologías de la información. Por eso, la discusión seria no es si subrogar es intrínsecamente bueno, malo, público, privado, neoliberal o progresista. La verdadera pregunta (muy incómoda) es: ¿quién demonios vigila al que hace el trabajo?
Porque contratar a un tercero para llevar a cabo una actividad no significa contratarlo para asumir la responsabilidad. Cito ejemplos: si un hospital subroga estudios de laboratorio, debe saber bajo qué condiciones de calidad analítica se realizan. Si contrata mantenimiento, debe verificar que los equipos sean atendidos de manera competente. Si encomienda la alimentación a un proveedor externo, debe vigilar la inocuidad de los alimentos. Si entrega la limpieza, debe establecer qué se limpia, cómo se limpia, con qué productos, en qué concentraciones, con qué frecuencia, mediante qué procedimientos, por cuál personal y bajo qué supervisión y evidencia de cumplimiento.
Es decir, estimado lector, las instituciones y hospitales pueden “entregar el trapeador y la escoba”, pero jamás entregar con ellos la responsabilidad sobre la higiene. En efecto, el proveedor tendrá responsabilidades propias y por ello, si incumplió, deberá responder. Pero al final, esta responsabilidad del tercero se suma sin borrar ni eliminar la responsabilidad de quien lo seleccionó, contrató y se supone debía supervisarlo.
Ahora, volvamos al barco. Si el capitán contrató a un vigía subrogado y durante la noche el barco golpeó un arrecife porque nadie dio la alarma, obviamente se habrá de investigar al vigía, pero después se tendrá que subir a interrogar al capitán: ¿quién lo contrató?, ¿quién comprobó su competencia?, ¿quién estableció las instrucciones?, ¿quién supervisó su trabajo?, ¿existió algún tipo de controles?, ¿hubo advertencias previas?, ¿se habían documentado incumplimientos?, ¿alguien intentó corregirlos?
Porque nadie aceptaría que el capitán contestara y terminara la conversación diciendo “el vigía era subrogado”, y en temas de salud, tampoco deberíamos aceptarlo.
Esto que está sucediendo en Durango debe investigarse hasta conocer la cadena completa de acontecimientos, y hoy en día no sabemos si la limpieza tuvo un papel causal y tampoco corresponde inventar nada; pero, justamente por ello, es sumamente preocupante que las autoridades busquen refugio prematuro en explicaciones ideológicas.
Al final, si falló el proveedor, tendrán que investigarlo, pero también se habrá de preguntar quién debía vigilarlo, porque se puede contratar a otros para limpiar, procesar, alimentar, transportar, mantener o reparar, pero lo que ninguna institución de salud puede subrogar es esa obligación fundamental que justifica su razón de ser: garantizar una atención segura a los pacientes.
Un capitán puede demostrar que jamás tocó el timón, o que el error fue cometido por otro, pero, mientras siga siendo el capitán, el barco sigue estando bajo su responsabilidad. No hay más. Se debe entender, estimado lector, que subrogar servicios no es abdicar en responsabilidades.
*Médico Patólogo Clínico. Especialista en Medicina de Laboratorio y Medicina Transfusional, profesor universitario y promotor de la donación voluntaria de sangre.