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Los tiempos del corazón son imprecisos, no se rigen por calendarios ni años perdidos, simplemente los afectos, se instalan con parsimonia y lo ocupan una vida entera. Y yo, lo siento latir feliz porque está habitado.

También sucede una cosa extraña, aunque pensándolo bien no incomprensible, con el amor verdadero, el corazón se siente pleno, y entiendo que no quiera dejarlos ir. Así que los aprisiona profundo, como un bálsamo, una memoria imperecedera que cuando es necesario, sin fecha establecida, renace.

Tú gobiernas mi corazón, tienes en él un gran cuarto para ti. Te di el mejor lugar desde que escuché tu risa y vi tus ojos prometiéndome un mundo nuevo. Te obsequié la membresía vitalicia, la entrada ilimitada al teatro de mi vida en donde asisten las personas que más amo.

Nadie puede predecir o adivinar sus preferencias, simplemente, este ser caprichoso abre o bloquea sus puertas. A veces, es un ostión cerrado, más cuando siente la sinceridad o la bondad, se abre como una flor en primavera, desata sus nudos y rompe sus cerrojos.

Un tiempo fue una casa de puertas abiertas, pero después se hizo restrictivo y cada vez más selecto, hasta que finalmente, optó por enrejar sus ventanas y tapiar sus puertas. Y solamente así se sintió tranquilo, sabiendo que nadie iba a franquear su entrada.

Implemente reglamentos, pedí contraseñas, puse cada vez más y más trabas para el acceso. Supongo que no es personal sino condición humana el ir acotando y marcando distancias.

Sé que es difícil hacer predicciones, pues suele haber sorpresas inconcebibles, puesto que, increíblemente sus mejores plateas quedaron vacías como en un festejo desairado. Y por años, esas butacas reservadas guardaron resentidas el polvo del olvido.

Pero llegaste tú trayendo un trozo de cielo entre tus manos pequeñas y detuviste mi mundo, y dentro de la vorágine de mi inmensa alegría, alcancé a escuchar el derrumbe de mis murallas, el rechinar de mi puerta enmohecida.

Los tiempos del corazón no se predicen ni se anuncian a bombo y platillo, solo se asimila su felicidad sintiéndola en el torrente de la sangre, en el caudal rítmico de la vida.

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