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opinion 1

El profesor de Química les dijo a sus alumnos: “El plomo es un metal pesado, oscuro, maloliente y venenoso”. Hizo una pausa y añadió: “Y no es que esté yo hablando mal del plomo. Es que el plomo así es”. Ignacio Ramírez, llamado “El Nigromante”, era feo, antipático y gruñón. Y no es que esté yo hablando mal de él. Es que así era. Tenía cara de brujo, de ahí el mote. Diego Rivera lo retrató en su famoso mural “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”, del legendario Hotel del Prado. Le puso a don Ignacio en un listón su tremebunda frase: “Dios no existe”. Eso fue causa del tremebundo enojo de grupos católicos, que atacaron virulentamente al mural, no sólo de palabra, sino también de obra. Llegaron a arrojarle tinta. Hubo necesidad de mantenerlo cubierto durante varios años, pues el pintor se negó a quitar de la pintura la citada frase. Advierto, sin embargo, que estoy divagando. El Nigromante, de edad madura ya, sintió una pasión senil por Rosario de la Peña, la trágica musa de Manuel Acuña. Con tal motivo don Ignacio escribió un soneto pesaroso: “¿Por qué, Amor, cuando expiro desarmado de mí te burlas?…”. Y luego: “En tiempo más feliz yo supe, osado, extender mi palabra artificiosa como una red, y en ella, temblorosa, más de una de tus aves he cazado”. (Cité de memoria). Pues bien; Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, tendió también su red, y pescó en ella a Dulciflor, joven inocente, cándida e ingenua. Al decir eso no es que esté yo hablando mal de Dulciflor: es que así era. Había estudiado en el Colegio de la Reverberación; leyó varias veces el libro “Pureza y hermosura”, de monseñor Tihamér Tóth, y pertenecía a la Congregación de Congregantes. No obstante tales méritos sucumbió ante la meliflua labia de Pitongo, quien en artes de seducción se equiparaba, salvando toda diferencia, a Casanova, don Juan, Mañara y Bradomín. Así, un buen día -mejor dicho una buena noche- Afrodisio y Dulciflor se vieron en la habitación número 210 del Motel Kamawa. En abono del galán debo decir que no llevó ahí a la doncella con engaños. Tampoco le hizo falsas promesas de matrimonio. Eso lo deja Pitongo para tenorios de barriada. La convenció con la magia del lenguaje amoroso. Mi tía Lola tuvo una criadita, muchacha de buenas prendas físicas y espirituales. Dos pretendientes la buscaban. Uno era serio, trabajador; el otro holgazán, desobligado. Aun así Carolita, que así se llamaba la pretensa, se hizo novia del perdulario. “Ay, Lita -le reprochó mi tía-. ¿Por qué escogiste a ése bribón? El otro muchacho era mejor; te ofrecía un buen futuro”. Explicó Carolita: “Es que éste me dice cosas”. ¡Ah, el poder de la palabra! Oyendo a Paco Rabal recitar en el escenario los encendidos versos que de rodillas le dice don Juan a doña Inés, más de una de las asistentes al teatro habría caído, y quizá también alguno de los asistentes. Pero otra vez divago. Regreso a mi relato. En la citada habitación 210 del Motel Kamawa, el lúbrico galán a quien he presentado con el nombre de Afrodisio Pitongo tuvo en sus brazos a la bella Dulciflor, púdica doncella que por primera vez supo de cosas que pensó no iba a saber sino hasta después del matrimonio, cuando haría entrega de la flor de su virginidad al hombre a quien daría el dulcísimo título de esposo. Acabado el erótico trance la joven se echó a llorar desconsoladamente.  Exclamó en tono gemebundo: “¿Y ahora cómo voy a decirle a mi confesor que me hiciste esto dos veces?”. “¿Dos veces? -se extrañó Pitongo-. Fue una sola vez”. Entre sus lágrimas dijo Dulciflor: “¿Qué ya nos vamos?”. FIN.

Mirador

Historias de la creación del Mundo

El Espíritu le preguntó al Señor:

-¿Por qué hiciste al elefante, al hipopótamo y al rinoceronte?

Respondió él:

-Porque necesitaba ponerle lastre al planeta. De otra manera se habría ido rodando suelto por el infinito.

Le preguntó el Espíritu:

-¿Por qué hiciste al colibrí, al cisne, al ave del paraíso y al quetzal?

Explico el Padre:

-Porque hay muchas cosas feas en el mundo, y quise poner algunas bonitas.

Preguntó el Espíritu:

-¿Y por qué hiciste al hombre?

Respondió el Señor:

-No sé.

¡Hasta mañana!… 

Manganitas

“. Trump puede perder la elección siguiente.”.

Si va bien esa elección

-lo pido con sentimiento-

perderá el amarillento,

mas ganará su nación.

450 Historias de León

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