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“La salud no lo es todo, pero sin ella todo lo demás es nada”

 Arthur Schopenhauer

Al inicio del sexenio de Andrés Manuel López Obrador, nos invitaron a una charla con el secretario de Salud, Jorge Alcocer. El doctor, especialista en medicina interna, reumatología e inmunología, tenía entonces una gran experiencia  como médico, pero apenas comenzaba a comprender la magnitud del encargo que AMLO le había encomendado. 

Entonces AMLO  decía que México tendría un sistema de salud como el de Dinamarca, porque no se iban a comprar medicamentos con la corrupción “del pasado”, porque se iban a terminar los abusos de las farmacéuticas y bla, bla, bla. En la reunión pude preguntarle al doctor Alcocer cómo México podría alcanzar la calidad de la atención de salud que hay en Dinamarca, si nuestro gobierno apenas gastaba el 3% de lo que producimos (PIB) en ese rubro. 

Para dejarlo claro, Dinamarca gasta más de 5 mil dólares al año en salud por habitante, mientras que México no llega a 400 dólares por habitante. Para mejorar, le comenté al doctor Alcocer que México debería, al menos, duplicar el gasto en salud. Aun así, jamás alcanzaríamos el nivel de inversión de Dinamarca. Recuerdo la respuesta honesta del secretario de Salud: lo que decía el presidente no era posible. 

El gobierno federal invierte un billón de pesos en salud, pero un poco más en los programas de “bienestar”. El ingenio político de AMLO para ganar votos mediante el reparto de pensiones y apoyos logró borrar a la oposición en las elecciones de 2021 y 2024. Ni siquiera el desastroso resultado de las 800 mil muertes durante la pandemia pudo disminuir  la fuerza de Morena.

Pero todo puede cambiar si la crisis de la salud se prolonga en los próximos años. Una buena parte del dinero que reciben las familias en apoyos se destinará al tratamiento de enfermedades. Hemos visto cómo los servicios de salud privada se multiplican y las instituciones federales, estatales y municipales no dan abasto ante la demanda. Los hospitales estatales están repletos de pacientes y sus médicos no alcanzan a brindar la atención necesaria a quienes la necesitan. 

Solo el 44% de los trabajadores cuenta con seguridad social, mientras que el 56% labora en la informalidad. El aumento del salario mínimo es uno de los logros de la actual administración, pero cuando se fija en el doble o el triple de la inflación, impide que las pequeñas y medianas empresas puedan otorgar las prestaciones de ley. 

El presupuesto federal está bajo presión por los requisitos de Pemex, la pérdida de ingresos por el IEPS en los combustibles, para contener la inflación y el pago de intereses de la deuda pública. Si el presupuesto crece más que la productividad general del país y la economía no soporta más gasto público sin mayores ingresos fiscales, puede surgir un cambio de sentimiento en “el pueblo”. El método de adquirir más deuda para solucionar el presente también tiene límites. Más deuda implica el riesgo de perder el buen crédito, lo que le costaría aún más al país.

El Seguro Popular era una solución intermedia para atender a 30 millones de mexicanos que carecían de atención médica: AMLO lo destruyó. Era una gran propuesta realizada por uno de los mejores secretarios de Salud que ha tenido el país: Julio Frenk, durante el sexenio de Vicente Fox. El problema no es que los gobiernos sean de derecha o de izquierda, sino que sepan administrar. Pero de esto hay mucho que platicar. 

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