La calaca tiene una pésima costumbre: nunca avisa cuándo viene de visita. Y nosotros, tan organizados, seguimos haciendo planes a diez años, posponiendo abrazos, guardando los buenos sacos y la vajilla fina, mientras prometemos que ahora sí terminaremos esa novela postergada. ¡Qué irónica forma de vivir! Sabemos de sobra que somos simples pasajeros y nos comportamos como dueños del tren.
«Todavía no me toca», decimos con una seguridad que envidiaría cualquier aseguradora, o sentenciamos con aire solemne sobre alguien más que «ya le tocaba». Porque a nosotros nunca nos toca enfermarnos, envejecer, perder facultades, andar acalambrados y mucho menos morir. Eso siempre les sucede a los demás; nosotros tenemos una lista interminable de pendientes urgentísimos que, por supuesto, nadie más puede resolver. Hasta que un día la vida nos pega un campanazo. Una enfermedad, un accidente o un diagnóstico inesperado nos recuerdan en seco que el cuerpo no tiene garantía de servicio perpetuo. Es entonces cuando descubrimos que muchas urgencias no eran tales, que habíamos dejado lo esencial para después y que, donde nos creíamos indispensables, ni falta hicimos. Lo curioso es que, una vez pasado el susto, tenemos una facilidad extraordinaria para volver a las andadas. ¡Ni el espanto nos dura!
Mas esta fantasía de eternidad no se limita a nuestra existencia cotidiana: se instala con pasmosa comodidad en los escritorios del poder. Miramos a políticos que parecen haber confundido un cargo público con una propiedad escriturada y pelean hueso, curul y hasta la última fotografía oficial. Empresarios que levantaron grandes compañías desde los cimientos, pero que hoy no encuentran la puerta de salida. Directivos que hablan maravillas del relevo generacional, siempre y cuando ese relevo no los incluya. ¡Qué difícil resulta soltar el timón cuando llevamos décadas convencidos de que sin nosotros el barco se va a pique! Y mientras lo escribo, me descubro pensando que quizá la única que extrañará esta silla, esa rutina y el peso de la responsabilidad del día a día seré yo…
Quizá prefiero ignorar que en la vida hay ciclos, porque reinventarme me asusta: es una forma de morir, de dejar atrás lo que he sido y emprender un camino que quizá me lleve al olvido. Y eso me desdibuja.
Sin embargo, hay algo también grave que no solo es resistirse a cerrar nuestros propios ciclos: decidir sobre la vida de los demás como si sus fuerzas fueran inagotables. Y lo observamos en los escritorios del poder. Basta leer las modificaciones fiscales al ISR —recién avaladas en el Senado— para preguntarnos por sus efectos sobre la liquidez y la capacidad de inversión de las empresas. Porque una cosa es exigir el cumplimiento de las obligaciones tributarias y otra muy distinta es olvidar que detrás de cada empresa hay trabajadores, familias y capital que no se reproduce por decreto. Ningún cuerpo, ni humano ni productivo, resiste la asfixia perpetua. Nadie cosecha en tierra a la que se le niega el agua.
Por eso, este Día de Muertos quiero mirar mis altares de otra manera. Mientras acomodo las flores de cempasúchil, preparo el incienso y enciendo las veladoras para quienes sigo amando y se han adelantado en el camino, y, me pregunto: ¿Estoy realmente con quienes quiero estar? ¿Qué tan atiborrada está mi agenda de asuntos de la indispensable? Y mientras seguimos convencidos de que todavía no nos toca, ¿Cuántas cosas importantes se me quedan sin vivir? Hoy es buen día para pensarlo. Bonito y mágico domingo.