San Francisco del Rincón.- Detrás de cada sirena encendida hay una historia que no siempre se alcanza a ver desde la calle. En el Cuerpo de Bomberos de San Francisco del Rincón, una de esas historias es la de Inocencia del Socorro Guerra Hernández, “Coco” para sus compañeros: una mujer que llegó al cuartel buscando sostenerse en medio de la tristeza y terminó encontrando en el servicio una forma de reconstruirse.
A sus 44 años, madre, esposa y bombera por vocación, su trayectoria demuestra que ayudar a otros también puede ser una manera de sanar por dentro.

En el marco del Día Internacional de la Mujer, su trayectoria cobra un significado especial: no solo por abrirse camino en un entorno históricamente masculino, sino por representar a tantas mujeres que, desde distintos frentes, sostienen, protegen y transforman a sus comunidades con entrega y determinación.
En el cuartel, nadie la llama por su nombre completo. Para sus compañeros es “Coco” o “Coquito”, apodos que reflejan cariño y pertenencia.
Desde niña supo que quería servir. “Me gustaba apoyar a mis vecinos, estar pendiente si alguien necesitaba algo”. Esa vocación encontró su lugar en el Cuerpo de Bomberos de San Francisco del Rincón. Aunque su hermana y su cuñado son capitanes, su ingreso no respondió a una tradición familiar, sino a una decisión personal.
La academia en tiempos de pandemia
En 2020, cuando se abrió la octava academia, atravesaba un episodio de depresión. “Necesitaba algo que me sacara de ese estado. No quería quedarme en casa sintiéndome triste”. La academia coincidió con la pandemia por COVID-19: clases virtuales, prácticas limitadas y protocolos estrictos marcaron su formación. “Fue prácticamente virtual, pero mis compañeros siempre me apoyaron. Me sentí muy arropada”.
Aunque era mayor que varios de sus compañeros, encontró motivación en el equipo. “Aprendo de todos”. Con el tiempo dejó de ser la alumna para convertirse en parte de la familia bomberil.
El fuego y la realidad
Su primer incendio fue en una cartonera cercana al puente de Las Ovejas. El humo y la magnitud del fuego la impactaron. “Estaba nerviosa, pero mi compañero me dijo: ‘No tengas miedo, aquí estoy’. Ahí entendí que la práctica nunca será igual que la teoría”.

Ha participado en incendios de viviendas y fábricas. Cada servicio implica una historia. “Cuando es casa habitación, pienso en el sacrificio de esa familia y le pido a Dios que no sea pérdida total”. Uno de los momentos más duros ocurrió en Rancho California, donde halló a dos personas fallecidas tras un accidente. “Recé por ellos. Son cosas que te hacen valorar todo”.
Ser madre y bombera
Además de bombera, es madre. Ha enfrentado cuestionamientos por los riesgos que implica su labor. “Claro que pienso en mis hijas. Siempre salgo pidiéndole a Dios que regresemos con bien”. Su esposo también es bombero, así que a veces deciden quién atiende un servicio. “Hay incendios grandes y nos volteamos a ver. A veces me dice: ‘Vete tú’, y yo me quedo con las niñas”.
Su hija mayor le recuerda lo esencial: “Mami, cuídate, te amo y te espero”. La menor llama a las guardias “nuestras guardias”. Para Coquito, el uniforme es vocación y ejemplo: una forma de enseñar con hechos lo que significa servir y comprometerse.
Mujeres en un entorno históricamente masculino
En un entorno históricamente masculino, reconoce los retos físicos. “El equipo pesa, y mojado pesa el doble. Hay herramientas que necesitamos cargar entre varias”. Sin embargo, subraya que la base es el trabajo en equipo. “Sabemos hasta dónde podemos llegar y también pedir ayuda”.
Considera que las mujeres aportan sensibilidad y calma en medio de la crisis. “Somos un complemento”. Recuerda la frase de su comandante: “Si entran dos, salen dos”, símbolo de compañerismo. Entre mujeres, añade, existe una solidaridad inmediata ante cualquier dificultad.

Una vocación que no se apaga
Cinco años después, no se imagina lejos del cuartel. “Yo les digo a mis compañeros, cuando ya no pueda a salir a los servicios, voy a traer mi banquito y mi bastón para seguir subiéndome a las unidades. Y si ya no puedo, aquí estaré aunque sea para cocinarles”.
Su motivación permanece intacta: servir. Ver a niños donar una moneda en las colectas o decir que quieren ser bomberos le confirma que eligió el camino correcto. “Somos voluntarios y es muy gratificante sentir el cariño de la gente”.
En el marco del Día Internacional de la Mujer que se celebra el próximo 8 de marzo, su mensaje es claro: “Somos increíbles, somos poderosas. Intenten lo que quieran hacer. Si no se puede, al menos lo intentaron. Pero nunca se queden con las ganas”.

Detrás de cada torreta encendida hay historias de entrega, resiliencia y fe. La de Inocencia del Socorro Guerra Hernández, “Coquito” para quienes comparten guardias con ella, demuestra que, a veces, ayudar a otros puede ser también la forma más profunda de sanarse a sí misma.
SS