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El despertador sonó cuando la noche aún dominaba la capital. Eran las 4:00 de la mañana y el pulso se aceleraba; el día de la inauguración del Mundial 2026 había llegado. 

Salí del hotel a toda prisa rumbo a Paseo de la Reforma, una cuadra detrás del Ángel de la Independencia, el punto exacto donde abordaría el transporte hacia el Estadio Ciudad de México.

Apenas una noche antes, el monumento ya congregaba a los primeros aficionados ansiosos por festejar. Ahí, mexicanos convivían alegremente con ecuatorianos y colombianos, quienes aceptaban que el ambiente se sentía aún frío. Sin embargo, al caminar por esas calles vacías, el ambiente mundialista idealizado se sentía lejano, eclipsado por la densa realidad de nuestra rutina y las ya tan mencionadas manifestaciones.

El trayecto al Coloso de Santa Úrsula se convirtió en una auténtica odisea. Aún con los atajos del chofer, el tráfico colapsó temprano. A las 7:00 de la mañana, las inmediaciones del estadio ya lucían totalmente abarrotadas. La espera fue larga, atrapada entre la expectación festiva y el desgaste de una ciudad que no se detiene.

Ríos de verde y un respiro necesario

Todo cambió drásticamente cuando las puertas del Coloso se abrieron. La marea humana comenzó a tomar su lugar y el verdadero espíritu de la Copa del Mundo finalmente brotó. Caminar entre ríos de gente portando con orgullo la playera verde fue una sensación que sólo un Mundial en casa puede brindar; decir que se me erizó la piel es lo de menos ante un fenómeno para el que México se pinta solo.

Entre la multitud, las pláticas reflejaban el sentir de un país herido. Muchos aficionados me confesaban que este torneo era un “respiro” urgente ante las complicaciones que vive México. Se escuchaban críticas hacia las constantes manifestaciones de la CNTE; los fanáticos, hartos de los bloqueos, preferían dejar de lado ese estrés.

No obstante, el respeto se mantenía intacto al hablar de dolores más profundos: todos coincidían en separar la política del drama humano, mostrando una profunda empatía hacia la búsqueda de los desaparecidos y la lucha incansable de las madres mexicanas, muchas de ellas marchando y protestando a unas cuadras del estadio, contenidas por cientos de policías.

Un oasis musical en el desierto urbano

A las 11:30 en punto, el futbol y el arte se abrieron paso. El Estadio Azteca se transformó en un oasis de alegría. Apareció la majestuosa voz de Andrea Bocelli, después de la fiesta que estalló con Shakira y J Balvin.

El sello local llegó al alma de los más de 80 mil presentes con Los Ángeles Azules, Belinda y el momento cumbre: el estadio entero cantando “Oye mi amor” de Maná.

La política volvió a asomarse sutilmente. Gianni Infantino recibió un sonoro abucheo al mostrar la Copa, mientras que la notable ausencia de Claudia Sheinbaum provocó aplausos en varios sectores. Pero el protagonismo lo recuperó la identidad; los gritos de “¡México, México!” y el tradicional “Chiquitibum” retumbaron, evocando la magia del 86.

Fue un gran detalle lanzar miles de cartones que asemejaban los sombreros de generaciones pasadas, un homenaje a aquel inmueble que en 1970 se llenó de sombreros al campo.

Arrancar con el pie derecho

A la una de la tarde rodó el balón. Aunque nos quedamos con las ganas de una goleada de escándalo, la Selección Mexicana cumplió y derrotó 2-0 a una Sudáfrica que vendió cara la derrota. Hubo momentos de tensión, pero los 80,824 aficionados defendieron la casa con uñas, dientes y garganta.

Al final, lo único que importaba era iniciar con el pie derecho. “¡Vamos hasta la final en Nueva York!”, gritaba un grupo de aficionados mientras desalojábamos las tribunas. Justo en ese momento, una ligera lluvia, típica de las tardes capitalinas, comenzó a caer como el sello final de una jornada inolvidable. Fue un día feliz.

En un mundo cada vez más complejo y roto, dejarse llevar por este respiro social y olvidar la tensión cotidiana por 90 minutos no le hace daño a nadie; por una sola vez, que gane el respeto, la sonrisa de un niño de la mano de su padre y la alegría de un pueblo, resulta ser completamente válido.

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