Esta semana entregaron el reconocido Premio Nobel de la Paz a María Corina Machado, líder opositora del régimen dictatorial de Maduro en Venezuela.  

Hace algunos meses escribí cómo me conmovió cuando le hablaron por teléfono para decirle que lo había ganado.  

Como muy tristemente, ella no pudo llegar a recibirlo, dada la persecución que ha tenido en su país y por la que había estado escondida durante 16 meses, su hija, Ana Corina Sosa, lo recibió en su nombre.  Y en un inglés casi perfecto, muy emocionada, pronunció (no leyó) como una gran oradora, el discurso que hizo su mamá, ¡una disertación impresionante, conmovedora y bella! 

Inicia la alocución hablando de Venezuela: “Nació de la audacia, hecha por gentes y culturas entrelazados. De España heredamos un idioma, una cultura y una fe que se fusionaron con raíces indígenas, ancestrales y africanas. En 1811 escribimos la primera Constitución en el mundo hispano… afirmando la idea radical de que cada ser humano posee una dignidad soberana”.  

Y continúa hablando de que “… la libertad nunca es completa si no se comparte. Creímos en algo simple e inmenso: que todos los seres humanos nacen para ser libres. Fuimos un país que le dio refugio a muchos otros migrantes de todo el mundo. Construimos una democracia que se volvió la más estable de América Latina. Pero incluso la democracia más fuerte se debilita cuando sus ciudadanos olvidan que la libertad no es algo que esperamos sino algo en lo que nos convertimos… es una decisión deliberada y personal, y la suma de esas decisiones forma el reto cívico que debe renovarse cada día. El petróleo le dio al gobierno un poder inmenso sobre la sociedad que se transformó en privilegios y corrupción. Dimos por sentadas la democracia y la libertad… valorábamos nuestros derechos pero olvidamos nuestros deberes. Mi padre me enseñó que amar a un país significaba asumir la responsabilidad por su futuro. Cuando nos dimos cuenta de lo frágiles que se habían vuelto nuestras instituciones, un hombre que encabezó un golpe militar para derrocar la democracia, fue elegido presidente… muchos pensaron que el carisma podía sustituir el estado de derecho.  En 1991 el régimen desmanteló nuestra democracia violando la Constitución, falsificando nuestra historia, corrompiendo al Ejército, purgando a los jueces independientes, censurando a la prensa, manipulando elecciones, persiguiendo la disidencia y devastando nuestra extraordinaria biodiversidad. La riqueza petrolera se usó para atarnos: se repartían lavadoras y refrigeradores en la televisión nacional a familias que vivían sobre pisos de tierra; no como progreso, sino como espectáculo; departamentos destinados a la vivienda social se entregaban a unos cuantos elegidos con la condición de obediencia incuestionable. Y luego vino la ruina: corrupción obscena, saqueo histórico. Todo el dinero del petróleo fue robado y se convirtió en una herramienta para comprar lealtades en el extranjero, mientras que en casa grupos criminales y terroristas nacionales e internacionales se fusionaron con el Estado. La economía colapsó más de un 80%, la pobreza superó el 86%, hoy, 9 millones de venezolanos se han visto obligados a huir. Estas no son estadísticas, son heridas abiertas. Mientras tanto ocurrió algo más profundo y corrosivo. Fue un método deliberado para dividir a la ideología por raza, por origen, por la forma en que me pagaban para protestar. Mujeres y niñas en prisión están siendo forzadas, en este momento, a la esclavitud sexual [y] obligadas a soportar abusos, a cambio de una visita familiar, una comida o la oportunidad de tomar un baño. Y aun así el pueblo venezolano no se rindió. Estamos tratando desde hace 16 meses en la clandestinidad de construir por la presión cívica y la desobediencia disciplinada, preparándonos para la transición ordenada de Venezuela hacia la democracia.  Este premio tiene un significado profundo: nos recuerda al mundo que la democracia es esencial para la paz. Y la lección que hemos aprendido: que para tener democracia debemos estar dispuestos a luchar por la libertad… y la libertad es una elección que debe renovarse todos los días, medida por nuestra disposición y nuestro valor para defenderla. Solo alcanzamos la libertad cuando nos negamos a darnos la espalda a nosotros mismos; cuando enfrentamos la verdad de frente, sin importar lo dolorosa que sea; cuando amamos, cuando el amor por lo que realmente amamos nos da la vida y la fuerza para perseverar y salir adelante. Solo a través de esa alineación interna, de esa integridad vital, podemos levantarnos para cumplir con nuestro destino; solo entonces nos convertimos en quienes realmente somos, capaces de vivir una vida digna de ser vivida. La paz es, en última instancia, un acto de amor.  Venezuela volverá a respirar, entonces… veremos a miles de personas que fueron detenidas injustamente, salir al cálido sol, abrazadas finalmente por quienes nunca dejaron de luchar por ellos; veremos a las abuelas sentar a los niños en sus regazos para contarles del coraje de sus propios padres; veremos a nuestros estudiantes debatir ideas con pasión y sin miedo… y las alegrías sencillas del mundo que dábamos por sentadas serán nuestras. Mis queridos venezolanos, el mundo se ha maravillado de lo que hemos logrado… Y volveré a pararme sobre el puente Simón Bolívar donde lloré por los miles que se iban, y les daré la bienvenida de regreso a la vida luminosa que nos espera. Porque al final, el camino de la libertad, siempre ha vivido dentro de nosotros.  Estamos regresando a nosotros mismos… estamos regresando a casa… Gracias a los millones de venezolanos anónimos que arriesgaron sus hogares, sus familias y sus vidas por amor. A ellos les pertenece este honor, a ellos les pertenece este día, a ellos les pertenece el futuro. Gracias”.  

Y todos, incluidos los reyes de Noruega, se pusieron de pie para aplaudir. 

RAA

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