Guanajuato.- Entre el vapor de las ollas, el aroma de la hoja de maíz y el ir y venir de familias enteras, el Día de la Candelaria volvió a llenar calles, mercados y plazas de Guanajuato con una de las tradiciones más arraigadas: comer tamales y cumplir la promesa hecha desde la Rosca de Reyes.
Desde unos días antes, los vendedores se preparan para atender la alta demanda. “Es uno de los días más fuertes del año, desde las seis de la mañana ya estamos trabajando”, contó doña Lupita, vendedora de tamales desde hace más de 25 años. “Aquí la gente no falla, el que sacó mono sabe que tiene que cumplir, y muchos ya tienen su tamalera de confianza”.
Pedidos desde enero
“Yo inicio desde enero. Con los pedidos que nos hacen, ya para estar listo con una semana antes estoy apartando los insumos. Recibimos como unos 150 pedidos, más aparte lo que vendemos ese día por la mañana que supera los 800 tamales”, relató Juventino, vendedor de tamales desde hace 30 años.

“Esto ha sido de familia, la mamá de mi mujer empezó a vender y nosotros nos quedamos con el negocio cuando ella faltó… Ahorita trabajamos mi mujer, mis dos hijas, mi nuera y yo”, agregó.
Tamal, ligado al ciclo del maíz y deidades
Esta costumbre tiene raíces mucho más antiguas de lo que parece. De acuerdo con el INAH Guanajuato, el tamal ya era un alimento fundamental en las ceremonias de los pueblos mesoamericanos, donde su preparación estaba ligada a los ciclos del maíz y a celebraciones religiosas. No era un platillo cotidiano cualquiera, sino parte de rituales dedicados a las deidades relacionadas con la agricultura y la protección del pueblo.
Aquellas primeras versiones eran más sólidas y se elaboraban con ingredientes básicos de la milpa, como maíz y vegetales, y se compartían en momentos clave para pedir buenas cosechas.
No solo es comer, sino convivir
Para muchos guanajuatenses, la Candelaria es una costumbre heredada. “En mi casa desde mis abuelos se hace esto. El que saca niño paga tamales y atole, y todos convivimos”, compartió José Martínez, quien acudió por su pedido de tamales. “No es solo comer, es juntarnos”.
Elena Rodríguez, otra compradora, coincidió: “Aunque ahora hay de todo, seguimos viniendo por los tamales tradicionales. Es parte de lo que somos”.
Con el paso del tiempo, el tamal se adaptó, sumó nuevos ingredientes y cruzó fronteras, pero conservó su significado. Hoy, más allá de la mesa, sigue siendo un símbolo de identidad y una conexión viva con la historia y las tradiciones que definen a Guanajuato.
Levantamiento del Niño Dios
Cada 2 de febrero, el Día de la Candelaria marca el cierre del ciclo navideño en miles de hogares de México con una tradición que se resiste a desaparecer: el levantamiento del Niño Dios. En Guanajuato, familias enteras se reúnen entre rezos, tamales y recuerdos para “levantar” al Niño del pesebre, cambiar su vestimenta y agradecer los favores recibidos.
Jesús, vecino del barrio de Marfil, recuerda que esta costumbre ha acompañado a su familia por generaciones. “Esta tradición viene desde mi niñez, con mis abuelos. Empieza desde el 24 de diciembre y culmina el 2 de febrero, que es cuando se hace el levantamiento del Niño”, contó.
El padrino y los tamales
Explicó que la Rosca de Reyes define quién invita los tamales y quién funge como padrino del Niño. “Ellos son los que se encargan de vestirlo y llevar las ofrendas, como dulces o colaciones”.
En su familia, la celebración siempre fue íntima. “Nunca hubo gente externa, siempre fue la familia cercana. Eso ya casi no se ve, y es triste porque poco a poco se van perdiendo las tradiciones”, lamentó Jesús, quien conserva figuras del Niño Dios con más de 50 años de antigüedad.
Verónica, de 35 años, comparte una historia similar. “Desde niña recuerdo que el 24 de diciembre cambiábamos al Niño y el 2 de febrero lo levantábamos. Antes venía el padrino y compraba un ropón nuevo. Ahora solo lo hacemos mi mamá y yo”, relató.
Actualmente, en su casa resguardan cinco Niños Dios. “La tradición sigue, aunque sea de forma más sencilla”, afirmó.
Presentación del Niño a la iglesia
Karla, originaria de Morelia y que vive en Guanajuato desde hace varios años, señaló que la presentación del Niño en la iglesia es el momento más importante. “Desde que vivíamos en Morelia, lo llevamos a misa, lo vestimos y al final recibe su bendición. Es una forma de traerlo de regreso a casa con fe y protección”, explicó.
“Por generaciones, la familia nos ha regalado o donado varios niños, tratamos de llevar todos a misa, pero no siempre se puede”, añadió.

Temporada clave para comerciantes
Esta fecha también representa una temporada clave para comerciantes como don Roberto, vendedor de ropa para Niño Dios.
“Antes vendía hasta 200 trajecitos por temporada; ahora son menos, pero la gente que viene lo hace con mucha devoción”, comentó. Asegura que, pese a los cambios, la tradición “no se ha perdido del todo, solo se ha transformado”.
Entre rezos, tamales y recuerdos familiares, el levantamiento del Niño Dios sigue siendo un símbolo de identidad y fe que, al menos en Guanajuato, aún se niega a quedarse en el pasado.
RAA