Toda organización que tiene dos o más cabezas es un monstruo; toda organización sin cabeza también lo es.
Dicho popular

A la vista de todos, México se ha convertido en un monstruo bicéfalo: un país en el que dos poderes impulsan las decisiones del gobierno. Justo lo vimos con la actitud retadora de Adán Augusto López, exlíder del Senado. También lo vemos en la conformación del gabinete de la presidenta Claudia Sheinbaum, desde la forzosa selección de Rosario Piedra en la Comisión Nacional de Derechos Humanos hasta la “elección” de ministros de la Suprema Corte.

Sabemos del respeto y la gratitud que la presidenta siente hacia quien la ungió como candidata, pero también conocemos los excesos de quienes formaban parte del círculo más cercano a Andrés Manuel López Obrador. Lo supimos antes de la elección presidencial, cuando las llamadas “corcholatas” que quedaron fuera de la contienda en Morena fueron compensadas con un cargo público específico por el entonces presidente. Adán Augusto en el Senado; Ricardo Monreal, líder de los diputados; Marcelo Ebrard, secretario de Economía; Gerardo Fernández Noroña, senador y presidente de la Mesa Directiva del Senado; Manuel Velasco, del Partido Verde, convertido en senador.

Dado el poder que ejerció AMLO, sabíamos lo difícil que sería para él dejar de mandar, sobre todo en los puntos más delicados de la política que pudieran “manchar” su sexenio.
Parecía fácil que su influencia fuera total sobre Sheinbaum, quien, como en los viejos tiempos del PRI, le debía su designación como candidata de Morena. Con lo que no contaba AMLO era con la llegada de Donald Trump al poder y las fuertes presiones que el nuevo gobernante ejercería sobre nuestra presidenta.

Si los más cercanos a AMLO rodean a Sheinbaum, llega el momento de no solo mandar a la banca a Adán Augusto, sino también a todos sus adversarios internos. Las purgas sirven para establecer líneas de mando. Sabemos que son decisiones difíciles y arriesgadas porque habría coletazos, pero sería lo mejor para México. El general Lázaro Cárdenas exilió a Plutarco Elías Calles cuando este quiso interferir en su mandato. Lo mismo hizo José López Portillo con Luis Echeverría, a quien envió como embajador a Australia. Muy lejos para que lo dejara gobernar en paz. Unos años fuera del país le impidieron meter la mano en la política nacional.

No sabemos si la presidenta Sheinbaum sienta que tiene el poder de enviar a López Obrador como embajador muy lejos del país. Lo que sí puede hacer es aislar a Andy López Beltrán y poner orden entre la gente que lo rodea. Decimos en tono coloquial: la presidenta tiene que sentarse en “La Silla del Águila”, tal como lo hizo Carlos Salinas de Gortari cuando sometió al líder petrolero Joaquín Hernández Galicia, “La Quina”, metiéndolo en la cárcel.

En un sistema presidencialista, al que hemos regresado, no se puede compartir el poder. Para Sheinbaum no debe existir ninguna duda: primero es México y luego todo lo demás.
El problema es la duda o la certeza de su capacidad real de mando. Nadie debe dudar de que ella tiene las riendas del Estado y que es la cabeza de su partido Morena. Además, el mundo, en particular Estados Unidos, debe saberlo: en México no manda ni el expresidente desde su rancho ni el crimen organizado. Nuestro país no debe ser un monstruo de dos ni de muchas cabezas.

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