Bamako.- Durante años, Rusia construyó una red de presencia militar y política en Europa, África, Medio Oriente y América Latina. Esa arquitectura, desarrollada con mercenarios, acuerdos de seguridad y respaldos diplomáticos, se desmorona ya bajo el peso de una guerra que consume recursos, atención y credibilidad.

El 25 de abril de 2026, los mercenarios del Africa Corps negociaron su retirada del norte de Mali escoltados por los mismos combatientes tuareg contra quienes habían combatido durante dos años. Las imágenes de esa salida son el reflejo más reciente de un repliegue sistemático de la presencia rusa fuera de sus fronteras.

Lo ocurrido en Mali no es un hecho aislado, sino parte de un desmoronamiento más amplio. En Siria, la caída del régimen de Assad eliminó de golpe uno de los principales apoyos regionales de Moscú. En América Latina, Venezuela dejó de funcionar como interlocutor político confiable. En el Cáucaso y en Irán, Rusia ya no cuenta con los recursos necesarios para sostener sus compromisos de seguridad, consumidos por la guerra en Ucrania. Y en Europa, la derrota electoral de Viktor Orbán en Hungría privó a Moscú de su aliado más útil dentro de la Unión Europea.

Rusia mantiene presencia en varios escenarios simultáneos, pero ya no dispone de la capacidad material ni política para sostenerlos todos.

Como advierte Seth G. Jones, analista del Center for Strategic and International Studies (CSIS), Rusia está pagando un precio extraordinario por ganancias mínimas” en Ucrania mientras sus compromisos externos comienzan a mostrar señales visibles de agotamiento estratégico.

La narrativa anticolonial y sus límites operativos

La historia del involucramiento ruso en Mali sigue una lógica que el analista Dov S. Zakheim, Exsubsecretario de Defensa de Estados Unidos y asesor del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales describe en una columna publicada en The Hill.

Zakheim sostiene que Rusia aprovechó el vacío dejado por la salida francesa para instalarse como socio estratégico de las juntas militares del Sahel, replicando un patrón histórico de proyección de influencia más allá de sus fronteras inmediatas.

A través del Grupo Wagner, ahora renombrado Africa Corps tras la muerte de Yevgeny Prigozhin, Moscú llegó a Mali en 2020 con un acuerdo que incluía acceso preferencial a las minas de oro del país.

La narrativa con la que Moscú sustentó esta presencia fue deliberadamente anticolonial: Rusia se presentó ante las juntas militares de Mali, Burkina Faso y Níger como la alternativa a la tutela de Francia y Occidente. 

Para varios especialistas, la estrategia rusa combinó operaciones militares limitadas con campañas de desinformación y retórica soberanista dirigidas a capitalizar el resentimiento antifrancés acumulado durante décadas.

Rusia y Mali
Ataúd con bandera del exministro de Defensa de Malí, Sadio Camara, en funeral en Bamako, 30 de abril de 2026. (AP/Boubacar Bocoum)

Esa imagen, sin embargo, nunca estuvo respaldada por la capacidad operativa necesaria para estabilizar Estados frágiles. 

El propio Zakheim sostiene que Moscú logró reemplazar parcialmente la presencia occidental en el Sahel, pero sin contar con los recursos humanos ni logísticos necesarios para sostener operaciones prolongadas de estabilización.

Una derrota que se acumuló antes del 25 de abril

La ofensiva de abril de 2026 fue el resultado de un deterioro acumulado durante años. Desde que la junta militar encabezada por Assimi Goïta tomó el poder en 2020, Mali rompió progresivamente con las fuerzas occidentales desplegadas en el Sahel y abandonó el Acuerdo de Paz de Argel de 2015, decisión que reactivó las aspiraciones separatistas en el norte del país.

Ese escenario facilitó una convergencia táctica entre el Frente de Liberación del Azawad (FLA) y el grupo yihadista Jamaat Nusrat al-Islam wal-Muslimin (JNIM), actores con objetivos distintos, pero unidos por un adversario común: el Estado maliense y su principal socio militar, Rusia.

Para cuando comenzó la ofensiva, Bamako ya enfrentaba una situación crítica.

Desde septiembre de 2025, el JNIM había impuesto un bloqueo sobre las principales rutas de abastecimiento de combustible desde Senegal y Costa de Marfil, provocando escasez energética, cierre de escuelas, apagones y un aumento drástico en los precios del combustible.

Rusia y Mali
Tres mercenarios rusos en el norte de Malí (foto sin fecha del ejército francés). Violencia contra civiles aumentó desde su llegada; extremistas se han fortalecido. (Ejército Francés vía AP)

El deterioro de la situación también comenzó a incorporar una dimensión internacional directamente vinculada con la guerra en Ucrania. Combatientes del FLA recibieron entrenamiento especializado en territorio ucraniano para operar drones FPV, tecnología utilizada ampliamente por Kyiv contra las fuerzas rusas.

Durante la ofensiva se detectó el uso de drones de fibra óptica y señuelos inflables asociados a tácticas desarrolladas por Ucrania en el frente oriental.

Meses antes, la inteligencia militar ucraniana ya había reconocido haber proporcionado información a rebeldes responsables de una emboscada que dejó decenas de mercenarios rusos muertos en Mali.

Para Kyiv, golpear al Africa Corps en África tiene una lógica estratégica clara: obliga a Moscú a dispersar recursos, limita su margen operativo fuera del espacio postsoviético y erosiona la imagen de Rusia como garante de seguridad en el Sur Global. Analistas militares occidentales consideran que Ucrania ha buscado internacionalizar el costo de la guerra para Rusia, obligando al Kremlin a dispersar recursos en múltiples teatros simultáneos.

El efecto político de esa presión comienza a hacerse visible en Mali, donde la junta militar y sus aliados rusos muestran crecientes dificultades para contener el deterioro interno.

Analistas como Ulf Laessing, de la Konrad Adenauer Stiftung, consideran que la coordinación entre el JNIM y los grupos tuareg representa la primera alianza operativa de gran escala entre ambos actores desde 2012.

Por su parte, Beverly Ochieng, especialista del Sahel en Control Risks en entrevista con Al Jaazera, sostiene que el objetivo inmediato de la ofensiva no es tomar Bamako, sino demostrar que ni la junta militar ni Rusia son capaces de garantizar la seguridad incluso en el núcleo del poder político maliense.

El Sahel como espejo de un repliegue más amplio

Mali no es el único escenario donde se hace visible el desgaste de la proyección internacional rusa.

Lo ocurrido en el Sahel forma parte de una tendencia más amplia que también alcanza a Medio Oriente, el Cáucaso y América Latina, regiones donde Moscú había consolidado influencia durante la última década, pero donde hoy enfrenta crecientes limitaciones para sostenerla.

Diversos centros de análisis, entre ellos CSIS y el Foreign Policy Research Institute, coinciden en que Rusia enfrenta crecientes dificultades para sostener simultáneamente sus compromisos militares en Ucrania, África y Medio Oriente sin deteriorar su capacidad de proyección exterior.

En Siria, el régimen de Bashar al-Assad, sostenido durante años por el respaldo ruso, cayó a finales de 2024 ante el avance del HTS. La ofensiva obligó al Kremlin a renegociar su permanencia militar en el país. Aunque Rusia conservó las bases de Khmeimim y Tartus —su principal acceso al Mediterráneo— su influencia política en Siria se redujo considerablemente.

La situación se repite en otros frentes. En Venezuela, la salida de Nicolás Maduro evidenció las limitaciones de Moscú para respaldar de manera efectiva a gobiernos aliados frente a presiones externas y crisis internas. Mientras en Irán, pese a la estrecha cooperación estratégica entre ambos países, Rusia ha optado por mantener una participación limitada y priorizar el frente ucraniano, evitando involucrarse más profundamente en las tensiones regionales.

Rusia y Mali
Presidente iraní Masoud Pezeshkian y Vladimir Putin en el Kremlin, Moscú, 17 de enero de 2025. (AP/Archivo)

Sin embargo, el caso de Armenia resulta todavía más significativo.

Durante décadas, Ereván fue uno de los socios más cercanos del Kremlin en el espacio postsoviético y miembro de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), alianza militar liderada por Moscú.

Sin embargo, cuando Azerbaiyán lanzó su ofensiva sobre Nagorno Karabaj en 2023, Rusia evitó intervenir militarmente y tampoco activó mecanismos efectivos de defensa colectiva.

Dicha falta de respuesta aceleró el distanciamiento armenio respecto a Moscú y abrió paso a una rápida aproximación con Occidente. Para varios analistas del Cáucaso, la pasividad rusa durante la ofensiva de Azerbaiyán dañó gravemente la credibilidad de Moscú como garante de seguridad dentro del espacio postsoviético.

En 2025, Armenia firmó en Washington una Carta de Asociación Estratégica con Estados Unidos y, posteriormente, acuerdos de cooperación energética y de seguridad impulsados desde la Casa Blanca.

El patrón que conecta Mali con Siria, Venezuela y Armenia es consistente: Rusia mantiene presencia e influencia formal en distintos escenarios, pero cada vez enfrenta mayores dificultades para sostener los compromisos políticos, militares y estratégicos que daban credibilidad a esa presencia.

Las tres dimensiones de un desgaste estructural

La raíz del problema según diversos analistas y medios tiene tres dimensiones que se refuerzan mutuamente.

La primera es el costo creciente de la guerra en Ucrania. Lo que el Kremlin concibió como una operación militar especial de corta duración se ha convertido en el conflicto más costoso que Rusia ha librado desde la Segunda Guerra Mundial. 

Desde el inicio del conflicto Rusia ha sufrido 1.2 millones de bajas, mientras Ucrania acumuló entre 500,000 y 600,000. Las pérdidas de Moscú en este conflicto son cinco veces mayores que las de todas sus guerras desde la Segunda Guerra Mundial juntas, incluyendo Afganistán y las dos guerras de Chechenia, de acuerdo al Center for Strategic and International Studies (CSIS).

Ninguna gran potencia ha sufrido ni de lejos un número tan elevado de bajas en ninguna guerra desde 1945″, señala el CSIS.

Asimismo, un análisis publicado por The Economist en mayo de 2026 describe el fenómeno: la guerra ha generado inflación sostenida, deterioro de infraestructuras, censura creciente y una redistribución masiva de activos que en los últimos tres años ha alcanzado aproximadamente cinco billones de rublos —unos 60,000 millones de dólares— confiscados a empresarios privados para ser nacionalizados o entregados a leales del régimen. 

La segunda dimensión es la sobreextensión geopolítica. Rusia intentó proyectarse simultáneamente en demasiados frentes: Ucrania, Siria, el Sahel, el Cáucaso, Venezuela y Europa del Este. Cada uno de estos compromisos requiere recursos militares, financieros y diplomáticos. 

En la medida en que Ucrania absorbe una proporción creciente de esos recursos, los demás frentes acusan el déficit. 

Rusia y Mali
Soldados ucranianos en vehículo blindado entre Izium y Lyman, Ucrania, 4 de octubre de 2022. (AP/Francisco Seco)

Por último se encuentra el deterioro de las palancas geopolíticas tradicionales de Rusia. 

En un orden mundial basado en normas, Rusia podía explotar asimetrías específicas: la dependencia energética de Europa, su asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU y el peso de su legado nuclear.

Hoy, Europa compra su gas en otros mercados, el asiento ruso en el Consejo de Seguridad ha perdido relevancia práctica en el contexto de la guerra y la cohesión nuclear ha erosionado el régimen de no proliferación, privando a Moscú de su papel como árbitro en ese ámbito. Lo que nace de ello es una potencia que no ha dejado de ser relevante en el plano internacional pero que su estructura ya no le permite extender su influencia a otras regiones del mundo.

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Analista y periodista especializado en geopolítica, conflictos armados y política exterior. Formado en Relaciones Internacionales en la Universidad Iberoamericana León, con pasión por traducir la coyuntura...