La inteligencia artificial nos enfrenta con una pregunta cuya respuesta evoluciona como nosotros: ¿qué nos hace humanos? Durante milenios nuestra inteligencia nos destacaba. Somos la especie que resuelve ecuaciones, escribe código, diagnostica y cura enfermedades, y diseña puentes y obras cuya complejidad fascina. También creamos máquinas que ya nos superan en esas tareas.
Lejos de competir con ellas, su uso nos permitirá alejarnos de tareas repetitivas y rutinarias, y usar ese tiempo para nutrir nuestro espíritu y hacernos mejores. Sólo nosotros podemos darle contexto y significado al conocimiento, distinguir qué importa y ejercer criterio. Lo realmente esencial es nuestra empatía, generosidad, curiosidad, compasión, sentido del humor, capacidad para perdonar y para entender a quien piensa distinto; nuestra afortunadamente irracional capacidad para amar. Atributos que no podemos contar, pero con los que contamos para progresar como humanidad.
Conforme se sofistiquen nuestras máquinas, más importante será estudiar humanidades. Nuestros jóvenes deben leer historia y filosofía, leer a los clásicos, entender el origen de las ideas que sostienen a nuestra sociedad. Aprender a argumentar sin agredir, a escuchar antes de responder, a distinguir un hecho de una opinión y una convicción de un prejuicio. Necesitamos formar personas capaces de hacer buenas preguntas, no sólo de encontrar respuestas.
Una máquina podrá procesar en segundos todo lo escrito por Aristóteles o Shakespeare. Pero jamás sustituirá la experiencia humana de leerlos, de confrontar sus ideas con nuestra vida y de descubrirnos en ellas. Más que nunca necesitamos forjar comunidades para desarrollar acuerdos y democracias. La misma revolución tecnológica que democratiza el conocimiento nos fragmenta. Le hemos delegado al algoritmo la decisión sobre qué vemos, qué leemos y hasta sobre qué nos indigna. Y el algoritmo descubrió que mantenernos furiosos es rentable. Nos encierra en cámaras de eco donde sólo escuchamos a quien piensa como uno y condenamos a quien no lo hace. Dejamos de debatir ideas para juzgar personas.
Convertir al adversario en enemigo, en alguien moralmente inferior, tiene consecuencias. Hace dos décadas, la mitad de la humanidad vivía bajo regímenes autocráticos; hoy son tres cuartas partes. No es casualidad. La democracia se nutre de más que sufragio, de respetar que quien piensa distinto tiene exactamente los mismos derechos que uno. Cuando creemos que nuestros adversarios son perversos, dejamos de rechazar las arbitrariedades contra ellos. Justificamos que se silencie su voz, que las instituciones los persigan, o que se les cierre el acceso al poder. Pero cada excepción crea un precedente que mañana se utilizará en contra nuestra.
Defender nuestra humanidad implica rechazar etiquetas. El valor de una persona no depende del tamaño de su fortuna, de la pigmentación de su piel, de su nacionalidad, género o preferencia sexual; tampoco de su religión o ausencia de ésta. Ser moral no es sinónimo de ser creyente, como ser creyente tampoco garantiza actuar moralmente. La IA agrava estos problemas. Puede manipularnos y vigilarnos. En manos de autócratas, es eficaz instrumento de propaganda y sometimiento.
La IA producirá el mayor incremento de productividad de la historia. Nos ayudará a curar enfermedades, acelerará a la ciencia, mejorará la educación y generará prosperidad sin precedente. Nos regalará algo antes reservado a unos cuantos: tiempo. Tiempo para aprender sin perseguir una credencial, para leer sin buscar utilidad inmediata, para conversar sin mirar el teléfono, para escuchar música, contemplar arte, convivir con nuestros hijos, cuidar a nuestros padres, conocer a nuestros vecinos. Tiempo hasta para aburrirnos y para pensar.
Esa es la paradoja de la IA. Después de siglos desarrollando máquinas que imitan nuestras capacidades, la máquina nos fuerza a preguntarnos qué capacidades vale la pena que preservemos.
No necesitamos demostrar que somos más inteligentes que ella. Necesitamos confirmar que siempre seremos más humanos.