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Historia 395

Esta es la historia 395 de 450 que te contaremos sobre León

Era el 10 de enero de 1965. Como era costumbre, los jugadores del equipo San Miguel, su porra y familiares se reunieron en el Jardín de San Miguel antes de emprender un viaje más.

El San Miguel tenía un partido en Dolores Hidalgo. El equipo atravesaba un buen momento y, según recuerda Martín Villegas Terrones, iba “punteando para campeones”.

Desde el jardín salieron aquella mañana los jugadores y sus acompañantes. Nadie imaginaba que ese viaje terminaría cambiando para siempre la historia del barrio.

El autobús era de los antiguos, de esos que todavía tenían los pasamanos de los camiones urbanos. Entre los pasajeros iba Julián Horta, de 20 años, quien meses antes se había casado.

Julián no quería ir.

Él no quería ir, decía que no quería ir”, recuerda su hija, Alicia Horta Cervera, pero lo convencieron y subió.

La caída

El accidente ocurrió en la zona de La Valenciana, aproximadamente en el kilómetro ocho del camino entre Guanajuato y Dolores Hidalgo.

La versión que Martín ha reconstruido a partir de testimonios y registros es que una de las llantas del autobús se ponchó. El vehículo perdió el control y comenzó a volcarse por la pendiente. Dio varias vueltas.

Alicia recuerda lo que su padre contaba sobre aquellos segundos. Se sujetó de uno de los pasamanos mientras el vehículo rodaba.

“Él iba agarrado así, así, entonces daba vuelta y él seguía agarrado y daba vuelta”, hasta que salió despedido.

Cuando terminó el accidente, tenía un pie fracturado, golpes en el cuerpo y las manos lastimadas por haberse sujetado durante la caída. Julián sobrevivió; otros no.

Alicia Horta Cervera, hija de Julián Horta, uno de los sobrevivientes. Foto: Vanessa Hernández

Entre los pasajeros viajaban familiares de los jugadores. Julián iba acompañado por un hermano y dos sobrinos. Uno de los niños murió.

El destino

También hubo integrantes del equipo que, por distintas circunstancias, no abordaron aquel día. Uno tenía que cumplir con el servicio militar. Otro no quiso ir. Hubo incluso quien se quedó porque tenía los calcetines mojados y no tenía otros para el viaje.

Años después, esas pequeñas circunstancias quedaron en la memoria como las casualidades que hicieron que algunos no estuvieran en aquel autobús.

Al final, 22 personas perdieron la vida; siete eran jugadores titulares del San Miguel.

Los nombres que aparecen en los reportajes consultados como integrantes del equipo vinculados con aquella tragedia son: Rogelio Manrique; Julián “El Viejo” Horta; Gonzalo Tapia; Luis Pérez; Felipe Cruz; Avelino Alcántar “El Caperuzo”; Antonio Romero; José Amador; Eloy Durán; Eduardo Ramírez; Rodrigo López; Apolinar Chávez; Ignacio López “El Quemado”; Gabriel Cortés; José Inés Trujillo “La Madre”; Ramón “El Patas”; Luciano Loera “El Negro”; Pedro Gutiérrez; “El Galla” Ibarra; “El Güero” Zavala; José Ramírez y Luz.

Los reportajes consultados coinciden en que el accidente dejó 22 personas fallecidas, aunque las fuentes no presentan de manera uniforme una relación individual de las víctimas. Por ello, esta debe entenderse como la nómina de integrantes del equipo vinculados con la tragedia en esas publicaciones y no como una lista certificada de los fallecidos.

El barrio se entera

En 1965 las noticias no llegaban de inmediato. El accidente había ocurrido lejos de León y primero había que atender a los heridos, trasladarlos, identificar a los fallecidos y avisar a las familias.

En el barrio, mientras tanto, la vida seguía como cualquier domingo. Hasta que comenzó a correr la noticia.

Fue alrededor de la una o dos de la tarde cuando San Miguel comenzó a enterarse del accidente. Al principio no estaban todos los nombres y no se sabía con certeza quién había muerto y quién había sobrevivido.

La incertidumbre hizo que la gente saliera a buscar respuestas. Familiares se trasladaron hacia Guanajuato y las calles comenzaron a llenarse de personas que trataban de saber algo más.

Alicia recuerda lo que su madre le contaba de aquellas horas: la gente salía, preguntaba, lloraba.

Martín era apenas un niño, de cuatro o cinco años, pero conserva la impresión de aquellos momentos a través de los rostros de los adultos.

“Yo a mi corta edad percibí todo eso”, recuerda la tristeza y los rostros de sus padres.

En Dolores Hidalgo también esperaban al San Miguel. Incluso hubo silbidos; todavía nadie sabía que el autobús nunca llegaría.

Cuando finalmente se conoció la noticia del accidente, el partido dejó de importar.

Martín Villegas Terrones era un niño cuando ocurrió el accidente. Foto: Vanessa Hernández

San Miguel se llenó de duelo

Conforme los cuerpos fueron trasladados, las familias comenzaron a recibirlos en sus casas para velarlos.

Algunas viviendas llegaron a tener dos o hasta tres cuerpos. Prácticamente cada cuadra quedó marcada por la tragedia.

Los vecinos entraban a las casas y acompañaban a las familias. Alicia recuerda que en el templo tuvieron que retirar bancas para poder acomodar los cuerpos.

La parroquia quedó rebasada. Las fotografías de aquellos días muestran a una multitud afuera del templo y en las calles.

Después vino el cortejo hacia el Panteón de San Nicolás.

Martín ha documentado el recuerdo de una despedida multitudinaria: cuando los primeros féretros ya se acercaban al panteón, todavía había gente en la parroquia acompañando la salida.

El barrio caminó detrás de sus muertos. Iban familiares, vecinos, amigos, compañeros de cancha y familias que durante años habían compartido los domingos con el equipo.

El padre Antonio Saldaña fue una figura importante durante aquellos días por su apoyo a las familias y su participación en la organización de los servicios funerarios.

También hubo ayuda de autoridades. De acuerdo con los testimonios recogidos por Martín, el dueño de Funerarias Zapiain, originario del barrio, donó féretros para evitar que las familias tuvieran que asumir ese gasto.

Los fallecidos fueron sepultados en el Panteón de San Nicolás.

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Una fecha que quedó en la memoria

El 10 de enero se convirtió en parte de la historia de San Miguel y de un equipo que pertenecía al barrio.

Muchos de sus jugadores eran jóvenes de la zona que habían crecido jugando juntos y defendiendo el color naranja que los representaba.

Para los años cincuenta y sesenta, la actividad deportiva había tomado fuerza y el San Miguel llegó a competir en diferentes categorías y contra equipos de otros municipios.

En 1965 atravesaba uno de sus mejores momentos: “Punteando para campeones”, recuerda Martín.

No habían muerto solamente futbolistas, sino jóvenes que el barrio conocía y que formaban parte de una generación que había llevado al equipo a uno de sus mejores momentos.

Martín considera que aquella tragedia también produjo una reacción dentro de la colonia.

Como que eso incentivó mucho… se hizo más solidario todo el barrio con la actividad deportiva”.

Con el paso de los años, Martín decidió investigar aquella historia. Ha revisado archivos parroquiales, periódicos y documentos, además de recopilar fotografías y testimonios de familiares y personas que todavía conservan recuerdos del equipo.

Desde hace varios años organiza las conmemoraciones del 10 de enero, con misa, lectura de nombres, fotografías, testimonios, actividades deportivas y una convivencia entre familias, vecinos y jugadores.

Julián Horta fue el último de los sobrevivientes en fallecer, el año pasado.

Han pasado más de seis décadas desde aquel viaje a Dolores Hidalgo, pero el 10 de enero de 1965 sigue teniendo un significado particular: fue el día en que San Miguel perdió a parte de una generación que había hecho del futbol una forma de reunirse y reconocerse.

Aquellos jóvenes salieron del Jardín de San Miguel para jugar un partido; no regresaron todos.

Antes de ser una tragedia, fueron jugadores del San Miguel. Y antes de ser nombres en una lista, fueron hijos, hermanos, esposos, amigos y vecinos. Por eso el barrio no los olvida.

Hoy son recordados a través de las historias de sus hijos y nietos, además de un mural realizado en su honor en la calle Centenario.

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