No sé por qué en estos tiempos me ha venido a la mente la triste historia de un ingeniero michoacano, hombre valiente y leal, maderista y revolucionario, Constituyente del 17, gobernador de Michoacán, secretario de Comunicaciones y Obras Públicas, que como presidente de México tuvo el infortunio de compartir el poder con el general Plutarco Elías Calles, Jefe Máximo de la Revolución mexicana. Se llamaba Pascual Ortiz Rubio.
Al terminar su gobierno en diciembre de 1928, Calles había fingido abandonar el poder. Hablando de sí mismo en tercera persona declaró: “Plutarco Elías Calles no volverá a ser, ni intentará ser jamás, factor político en México y sólo en el desgraciado caso en que las instituciones del país se vean comprometidas, este ciudadano se pondrá a las órdenes del gobierno legítimo, por si se desea aceptar sus servicios”. Los hechos lo desmintieron.
Durante el gobierno interino del presidente Emilio Portes Gil, se convocó a las elecciones de 1929. Por parte del naciente Partido Nacional Revolucionario, el Jefe Máximo eligió como candidato a Ortiz Rubio, que ocupaba el cargo de embajador en el Brasil. Recién llegado se reunió con Calles, quien le planteó sin rodeos la fórmula bajo la que habría de gobernar. Según contó después a un amigo, se trataba del “ejercicio de un gobierno en el que yo comparta el poder con el PNR”. Pequeño problema: detrás del partido estaba Calles. Aunque Ortiz Rubio confesó sentir “horror”, Calles lo convenció de “sacrificarse por la patria”.
La primera mancha fue la sospecha de fraude contra el popular candidato de la oposición, José Vasconcelos. Ya desde la campaña, los adversarios de Ortiz Rubio habían comenzado a llamarlo despectivamente “el Nopalito”, por “baboso”. El apodo era cruel, pero aun con su trayectoria no podía engañarse: sabía que el suyo sería un gobierno compartido. Tomó posesión el 5 de febrero de 1930. Ese mismo día sufrió un atentado: Daniel Flores, un joven de 23 años, le disparó cuando salía de Palacio Nacional y lo hirió en la mandíbula.
En 1931, cuando la gente caminaba por Chapultepec, solía decir: allá vive el presidente, pero el que manda vive enfrente. Y era verdad. El presidente Pascual Ortiz Rubio vivía en el castillo, hoy Museo Nacional de Historia, pero en una moderna casa de la actual avenida Mariano Escobedo vivía el general Calles. Aunque había dejado la presidencia en 1928, conservaba una enorme influencia sobre el PNR, el Congreso, los gobernadores y el Ejército. Si bien Ortiz Rubio ocupaba formalmente la Presidencia, los políticos consultaban todo con Calles.
El presidente no contaba con un grupo político propio y le fue imposible construirlo. A final de cuentas, su candidatura había sido una creación de Calles. Sus partidarios, conocidos como los “blancos”, se enfrentaron en el Congreso con los “rojos”, respaldados por el expresidente Emilio Portes Gil. Con el apoyo de Calles, los “rojos” consiguieron controlar las principales comisiones legislativas. En realidad, unos y otros buscaban sobre todo el favor del Jefe Máximo. Y Calles supo servirse de todos ellos.
Sin embargo, Ortiz Rubio dio la batalla: trató de hacerse del control del PNR colocando al frente del partido a un hombre de su confianza, Basilio Vadillo. Duró apenas dos meses y once días. Enseguida, las elecciones legislativas dejaron a Ortiz Rubio frente a Cámaras adversas. La inestabilidad alcanzó también al gabinete. Secretarios y altos funcionarios entraban y salían conforme cambiaba el equilibrio entre las facciones. Y para colmo, en octubre de 1931, el propio Calles se convirtió en secretario de Guerra y Marina. Permaneció en el cargo hasta julio de 1932.
Los intentos por afirmar la autoridad presidencial terminaron en 1932. Aunque en agosto buscó reorganizar su gobierno, Calles declaró que ninguno de sus amigos debía aceptar puestos. El 2 de septiembre de 1932 Ortiz Rubio se dio por vencido y presentó su renuncia. Dos días después, el Congreso designó como sustituto a Abelardo L. Rodríguez que no tuvo inconveniente de cogobernar con Calles.
Así terminó una presidencia de apenas dos años y medio. Ortiz Rubio había luchado por ejercer sus facultades constitucionales, pero cada intento había topado con la red política de Calles. “El Nopalito” era un mote injusto, pero la posteridad recordó más su debilidad ante el Jefe Máximo que sus intentos por independizarse.
El siguiente presidente, Lázaro Cárdenas, extrajo la moraleja: Más vale espina de tuna que baba de nopal.