Por John Leland de The New York Times en exclusiva para Periódico AM.
Estados Unidos.- Muchas personas esperan tener una buena muerte, incluso hacen planes para ello, pero pocas se preparan de manera tan meticulosa y alegre como Shatzi Weisberger. Ella tenía un certificado en el Arte de Morir del Open Center de la ciudad de Nueva York, y ayudó a dirigir un grupo de debate mensual sobre el tema en Brooklyn y otro en su pequeño apartamento de Manhattan.
En junio de 2018, celebró una fiesta por su muerte, en la cual sus amigos decoraron un ataúd de tamaño natural, escribieron mensajes como “¡Vamos, Shatzi! (pero no literalmente)”. Ella llevaba una blusa floral rosa para la ocasión.
“De verdad quiero experimentar mi muerte”, dijo en la fiesta. “No quiero morirme en un accidente de auto ni estar inconsciente. Quiero estar en casa, en mi cama, quiero compartir la experiencia con cualquier persona interesada en estar presente”.
Luego, este octubre, a los 92 años, a Weisberger le dijeron que tenía cáncer pancreático intratable. A mediados de noviembre llamó desde el hospital para invitar al New York Times a estar con ella en sus últimos días.
“Mi deseo se hizo realidad”, dijo en esa primera llamada telefónica, el 18 de noviembre. “No quería morir de manera repentina. Quería experimentar el proceso de morir. Y lo estoy experimentando. He tenido algunas experiencias increíbles, absolutamente increíbles”.
¿Que si quería que el reportero le llevara consumibles de cannabis?
Sí.
Ella formaba parte de lo que se conoce como el “movimiento de la muerte positiva”, una amplia gama de Cafés de la Muerte, programas académicos, libros, videos de YouTube y ponencias que surgieron en los últimos veinte años, todas con el propósito de disipar el miedo y el silencio en torno a la muerte.
Llevaba años estudiando la muerte como una abstracción, animando a otros a acercarse a la muerte con dicha y asombro. Ahora enfrentaba un cáncer que era implacablemente concreto y un sistema de salud fracturado y, desde la COVID, con muy poco personal.
Su oncólogo le dio un mes, cuando mucho dos o tres. Al final, serían menos de dos semanas.
El plan de Shatzi Weisberger
Años antes de su diagnóstico, Weisberger preparó el guión para sus últimos días.
Tenía un lote en un cementerio, una directora de funeral, la mortaja e instrucciones de qué quería que se hiciera con su cuerpo después de morir. Una amiga de la clase del Arte de Morir le prometió quedarse con ella cuando el fin estuviera cerca.
“Ella seleccionó con antelación a varias personas para que hicieran ciertas cosas”, dijo David Belmont, un amigo al que contactó para que la ayudara a sortear el sistema de salud.
Llevaba una lista de herencias que cambiaba todo el tiempo y pegaba etiquetas en cada cosa para indicar a quién le correspondía.
Había sido enfermera durante 47 años, además de cuidar a pacientes de SIDA, así que sabía lo que había que hacer en un lecho de muerte. Estaba todo lo preparada que se podía estar para ese momento.
El 18 de noviembre en el hospital, Weisberger habló sobre la vida después de un diagnóstico terminal. Ahora que su muerte ya no era hipotética y lejana, ¿estaba a la altura de sus expectativas?
Dijo que sentía mucho dolor y la debilitaban las noches sin dormir. Pero lucía radiante, más cómoda, mucho más de lo que la había visto estar, incluso en la fiesta por su muerte. Por fin, todos sus años de trabajo estaban rindiendo frutos. “Estoy experimentando lo mejor de mi vida”, dijo.

Compartió lo que llamó “una experiencia trascendental”.
Un amigo de Jewish Voice for Peace, un grupo de activismo que había sido su pasión, había ido hacía poco al hospital y le había dado un masaje en la espalda y los pies. A Weisberger le habían dado masajes antes, pero este fue una revelación.
Toda la vida, había evitado la intimidad física, debido a traumas de la infancia. Pero durante el masaje de su amigo, bajó la guardia. “Por primera vez, me permití abrirme a la intimidad. Y quizá fue la experiencia más extraordinaria que he tenido”, afirmó.
Con ayuda de un amigo, contactó a su hijo, de quien llevaba alejada 50 años. Como nunca tuvo unos padres afectuosos, dijo, no sabía cómo serlo para sus hijos. “Ellos merecían algo mucho mejor, él y su hermana”, confesó. Ella no le pidió a su hijo que la perdonara. “Espero que pueda dejar ir los resentimientos que tenga y darse cuenta, como yo ahora, de que hice lo mejor que pude”. Su hija rechazó su intento de reconexión.
Más allá de esos breves momentos, tener una enfermedad terminal no la hizo revaluar su vida. Más bien, hablaba de lo que venía, comentó Gina Colombatto, quien se quedó con Weisberger al final.
“En lugar de mirar hacia atrás, ella estaba emocionada por saber: ¿qué es la muerte?”, comentó Colombatto, quien, como Weisberger, se hace llamar una educadora de la muerte. “El conflicto era: pero todavía tengo cosas que hacer y no sé cómo será la muerte. No sé si de verdad quiero ir ahí, pero también estoy emocionada, porque voy”.
La realidad
Weisberger estaba decidida a enfrentar la muerte sin analgésicos. Creía que los cuidados paliativos muchas veces significaban un estupor inducido por los medicamentos, que dejaba al paciente demasiado aturdido para valorar la experiencia de la muerte. Ella quería sentirlo todo.
Esta fue la primera ilusión a la que tuvo que renunciar.
Hubo otras.
Tras dos semanas en el hospital, Weisberger quería regresar a su casa para los cuidados paliativos, pensaba que se trataba de una petición sencilla. Pero a Belmont le dijeron que debido a la escasez de trabajadores, las organizaciones que se dedican a este tipo de cuidados tienen listas con dos semanas de espera.
Sus amigos del Jewish Voice for Peace comenzaron una campaña de GoFundMe para pagar atención médica privada, otro paso que Weisberger no podría haber dado por sí misma.
En casa, su cuerpo se deterioraba más rápido de lo esperado. No podía mover las piernas para pasar de la cama a la silla y no podía quedarse en ninguna de las dos sin sentir mucho dolor. Lo único que toleraba comer era budín de chocolate, yogur y puré de manzana.
“Estoy lidiando con la decepción de lo rápido que se deteriora mi cuerpo, pero me recuerdo todo el tiempo que, no puedo controlarlo, pase lo que pase, tendré que aceptarlo”, dijo Weisberger.
Al día siguiente, el 21 de noviembre, había dos equipos de rodaje de documentales en su pequeño apartamento. Vogue quería escribir un artículo sobre ella. Llevaba un parche de fentanilo y un elíxir de morfina en caso de que el dolor fuera demasiado fuerte, pero hasta ese momento, no lo había usado.
Estaba de buen ánimo. “No siento temor en este momento. Sin duda, puede que lo sienta. Creo que tal vez lo sentiré. Espero poder superarlo. Me siento muy decepcionada con el poco tiempo que me queda”, comentó.
Le dije que saldría de la ciudad después de Acción de Gracias, y que esperaba que aguardara mi regreso. Sus últimas palabras para mí fueron: “Disfruta”.
¿Una buena muerte?
El día después de Acción de Gracias, tenía lo que se conoce como “emergencia de dolor” y el médico de cuidados terminales le aumentó la dosis de analgésicos. Por primera vez, se escuchaba aturdida cuando tomó el teléfono. A pesar de ello, sus amigos dijeron que tuvo buenos momentos. Amy Cunningham, su directora de funeral, la visitó dos días antes y la encontró “radiante, con un color rubicundo”, dijo. “Me quedé con la idea de que moriría en enero”.
Tres días después, el 30 de noviembre, Weisberger pidió posponer la entrevista con Vogue y le dijo a Colombatto que no quería más visitas. Aumentó la dosis del analgésico. Pidió que apagaran la luz. Todo el impulso que la había hecho llegar hasta ese momento, había cedido su lugar al dolor extremo, relató Colombatto.
“Había comenzado a retraerse y le estaba costando mucho trabajo habitar su cuerpo”, recordó Colombatto. “Decía, ‘ya acabé, ya quiero que termine’. Y yo le decía: ‘Esto no acaba hasta que acaba’. Quería que sonara ligero y gracioso, pero pienso que la impactó”.
Agregó: “Hubo un punto en el que el cáncer de páncreas ganó. El pancreático gana. Fue la muerte más difícil que he visto. Ella batalló para dejar su cuerpo”.
A las 12:40 a. m. del 1.° de diciembre, la lucha había terminado.
¿Fue una buena muerte?
“Ella nos estaba mostrando cómo era la muerte sin temor”, comentó Catharine DeLong, una tanatóloga de la música que interpretó el arpa para Weisberger por Zoom desde Salt Lake City, pero llegó a Nueva York demasiado tarde para tocar en su lecho de muerte.
No fue la muerte que Weisberger quería, sin medicamentos, pasando a la otra vida rodeada por sus amigos, compartiendo sus últimos pensamientos. La epifanía final, en esas últimas horas, fue cuán dolorosa era su muerte y cuán fundamentales eran los medicamentos.
La revelación de las semanas previas a su muerte fue más significativa, dijo Emily Eliot Miller, una doula del fin de la vida que solía hablar con Weisberger sobre la fijación abstracta con una “buena muerte”.
Creo que Shatzi sabía que lo que más necesitaba era amor y testigos”, comentó Miller. En ese sentido, dijo Miller, Weisberger lo logró. “Tuvo la muerte que quiso: llena de amor, adioses significativos y atención mediática”.
Mientras su cuerpo, limpiado y untado con aceites por sus amigos cercanos, salía del apartamento alrededor de las 5 de la mañana, el 1.° de diciembre, Colombatto eligió la música para el momento. Se escuchó a todo volumen, “A mi manera”, de Frank Sinatra.
c.2022 The New York Times Company
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