El dinero de México tuvo un dueño absoluto durante veinte años, y no fue el propio presidente Díaz, sino el hombre que susurraba a su oído y que fue conocido como el mago de las finanzas que transformó las deudas en palacios.

José Yves de Limantour es la figura más brillante y controvertida del Porfiriato, un hombre cuyo legado de piedra y oro sigue sosteniendo el centro de la Ciudad de México.

Mientras Porfirio Díaz ponía la fuerza militar y la imagen política, Limantour ponía la frialdad de los números. En sus “Apuntes sobre mi vida pública”, una obra vital para entender nuestra historia, narra cómo pasó de estudiar la baja de la plata en 1886 a convertirse en el todopoderoso Secretario de Hacienda durante dieciocho años ininterrumpidos.

Él fue el líder indiscutible de “Los Científicos”, ese grupo intelectual que creía que el país no necesitaba política, sino administración pura y dura.

Bajo su mano de hierro, México logró lo imposible: pasar de la bancarrota crónica a la riqueza.

Limantour recortó gastos sin piedad, renegoció deudas y creó nuevos impuestos que permitieron, en el año fiscal 1894-95, obtener el primer superávit en la historia de la nación independiente.

Ese dinero no se esfumó; se convirtió en mármol y acero. Si hoy admiramos el Palacio de Bellas Artes, el Palacio de Correos o el Monumento a la Revolución (que iba a ser el Palacio Legislativo), es gracias a que Limantour firmó los cheques. Incluso el Bosque de Chapultepec se preservó bajo su vigilancia. Su poder era tal que Díaz lo veía como su sucesor natural, aunque la rivalidad con el general Bernardo Reyes y el estallido de la Revolución frustraron ese destino.

Sin embargo, la eficiencia tiene un precio humano que los libros de contabilidad no registran. Limantour fue vilipendiado por los revolucionarios, visto como el símbolo de un régimen que enriquecía las arcas mientras olvidaba la justicia social.

Cuando el sistema colapsó en 1911, su inmensa obra administrativa se vio sepultada por el desprestigio. Tuvo que huir a París junto con el viejo dictador, viendo desde lejos cómo la tormenta destruía sus archivos personales y gran parte de su reputación.

Murió en el exilio francés en 1935, a los 80 años, lejos de la capital que él mismo embelleció.

Su vida nos deja una lección compleja sobre el éxito. Se puede ser el administrador más eficiente de la historia, generar riqueza y construir ciudades enteras, pero si el progreso no incluye a todos, los monumentos terminan siendo lápidas de un sistema roto. ¿De qué sirve tener las cuentas claras si la sociedad está en llamas? La verdadera prosperidad de una nación no se mide solo en el superávit de sus bancos, sino en la paz de sus calles. Aquí una historia más de nuestro México mágico.

Fuentes: “Apuntes sobre mi vida pública” de José Yves de Limantour y archivos del Colegio de México.

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