Cada generación cree que el mundo se rompió justo cuando dejó de entenderlo. No es soberbia: es experiencia. Crecimos dominando ciertas reglas —cómo se trabaja, cómo se ama, cómo se aprende— y de pronto alguien actualiza el sistema operativo sin avisar. Lo que antes funcionaba empieza a fallar. Entonces culpamos a los jóvenes, o a la tecnología, o a ambas.

Hablar de cambios generacionales es, en el fondo, hablar de tecnología. No solo de dispositivos, sino de formas de organizar el tiempo, la atención y el poder. La imprenta creó lectores silenciosos; la televisión, audiencias pasivas; internet, usuarios impacientes. Cada salto técnico reconfigura la manera en que una generación se mira a sí misma y mira a las demás.

Los baby boomers heredaron la promesa del progreso lineal: estudiar, trabajar, ahorrar, retirarse. La tecnología acompañaba ese relato con máquinas que aceleraban, pero no cuestionaban, el sentido del camino.

La Generación X aprendió a desconfiar: vio cómo la estabilidad se resquebrajaba mientras el fax y la computadora prometían eficiencia sin seguridad. Los millennials crecieron con internet como horizonte: todo parecía posible, pero nada garantizado. Y la Generación Z llegó a un mundo donde la conexión es permanente y la incertidumbre también.

No es casual que cada cohorte tenga una relación distinta con la tecnología. Para algunos es herramienta; para otros, ambiente. Quien recuerda el mundo antes del celular lo usa como prótesis. Quien nació con él lo vive como extensión del cuerpo. De ahí nacen muchos malentendidos: no es que unos sean flojos y otros adictos, sino que aprendieron a sobrevivir en ecosistemas distintos.

El conflicto aparece cuando confundimos valores con plataformas. Criticamos TikTok como antes se criticó la televisión, y antes la novela, y antes el periódico. El formato cambia; la ansiedad moral se repite. La diferencia es la velocidad: hoy los cambios no dan tregua. Cuando una generación empieza a comprender una tecnología, ya está quedando obsoleta.

Pero reducir el debate a nostalgia versus novedad es una trampa. La tecnología no es neutral: amplifica desigualdades, redefine el trabajo, altera la política y la intimidad. El trabajo remoto flexibiliza y precariza; la inteligencia artificial asiste y desplaza; las redes conectan y polarizan.

Cada generación enfrenta estos dilemas con las herramientas emocionales que tiene, no siempre suficientes.

Quizá el desafío no sea elegir entre pasado y futuro, sino aprender a traducir. Que quienes llegaron antes compartan criterio, contexto y memoria. Que quienes llegan ahora compartan intuición, velocidad y nuevas preguntas. La tecnología seguirá cambiando; las generaciones también.

Lo único que no debería cambiar es la disposición a escucharnos sin creer que el mundo se rompió justo cuando dejamos de entenderlo.

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