Historia 084
Esta es la historia 084 de 450 que te contaremos sobre León
En el Super Penthouse podías encontrar desde un jitomate hasta un caviar. En la esquina de Américas y Roma, en la colonia Andrade, una casita con frutas, lácteos y vino dibujada en un rótulo marcó la entrada a un espacio donde la vida cotidiana de León cambió.
Los clientes dejaron de pedir el mandado detrás de un mostrador y comenzaron a caminar entre pasillos.

De San Miguel el Alto a León
La historia no comenzó en León, sino en San Miguel el Alto, Jalisco, durante la guerra cristera.
La familia González llegó a la ciudad y abrió tiendas de abarrotes, la primera fue la abarrotera Cantábrico, en la esquina de Pino Suárez y Guillermo Prieto.
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José González Robledo, en sociedad con sus hermanos, participó en la apertura de los Supermercados del Bajío, en la calle Madero, Parque Hidalgo y la colonia Bellavista, pero don Pepe, como le llamaban, soñaba con tener su propio negocio.
Así nació el Super Penthouse
La tienda “El Todo”, ubicada en la esquina Américas y Roma, propiedad de Agustín Camarena, estaba por cerrar.
Don Pepe González Robledo se detuvo a preguntar por qué la iban a cerrar y sin pensarlo decidió que él se quedaba con el local y ahí iniciaría el negocio que le cambiaría la vida a él y a su familia.

Su hijo José González Martínez cuenta que el nombre del negocio surgió en una charla entre su papá y su compadre Pedro Muñoz, residente en Denver.
“Penthouse” es el departamento superior de un edificio, y aunque el supermercado estaba en una planta baja, el nombre gustó y la gente lo adoptó.
Su inauguración
El Penthouse se inauguró en 1975. No fue una apertura empresarial, fue un evento familiar.
Sus hijos estuvieron presentes: María, Fabiola, Rocío, Lupita, Jacqueline, Paty, Marcela, José Alberto, José, Karina y su esposa María de los Ángeles Martínez Hernández, que trabajó junto a don Pepe González para hacer realidad su primer minisúper.

María del Rocío González Martínez lo recuerda: “Imagínate saber que tu papá iba a abrir un negocio en la colonia Andrade.
La bendición estuvo a cargo del padre Ramos, párroco de San Pío.
Penthouse fue casa, fue el lugar en donde crecimos, donde nos enseñaron a trabajar, donde le aprendimos a nuestro padre todo lo que somos”, asegura José González Martínez.
Así León descubrió el autoservicio
En esos años el supermercado era una novedad en la ciudad. El cliente estaba acostumbrado al mostrador: pedía la lista y el tendero entregaba la mercancía.
En el Penthouse era distinto: el cliente tomaba un carrito y caminaba entre los pasillos eligiendo la mercancía.

Cada artículo era etiquetado uno por uno; el precio se veía antes de pagar.
Había carritos metálicos, básculas de reloj y cuentas hechas a mano. No existían sistemas electrónicos.
La familia atendía directamente y su dueño recomendaba algunos productos: “Nos llegó este vino”, “Llegó fruta nueva”, recuerdan sus hijos.
El supermercado formó parte de la rutina del vecindario: comprar cerveza, fruta o el mandado diario.
Vecinos de las colonias Andrade, León Moderno y La Martinica eran los clientes más frecuentes. El horario era de 8 de la mañana a 10 de la noche.

Por cercanía con los colegios de La Salle y el Instituto América, sus estudiantes acudían frecuentemente.
Entre sus clientes estuvieron el matador Curro Rivera, Ricardo Alaniz, Corrales Ayala, Rodolfo Padilla y Luis Ducoing.
La manera de cobrar también ofrecía opciones: aceptaban efectivo y cheques. Las primeras tarjetas de crédito requerían un proceso largo: revisar un libro con números bloqueados, llamar al banco y registrar la autorización en un baucher mecánico.
Fuente de sodas y departamento de fotografía
El supermercado, además de abarrotes, tenía una fuente de sodas. Se preparaban tortas, sincronizadas y hot dogs. Los hijos desayunaban, comían y cenaban ahí.
También hubo un departamento de fotografía donde se vendían rollos y artículos para cámaras. Rocío recuerda que querían tener todo a la mano para que la gente no tuviera que ir a los negocios del Centro.
Productos gourmet
Don Pepe González comenzó a especializarse en ultramarinos, después de viajar a Estados Unidos, en sus vitrinas ofrecía: angulas, anchoas, mejillones, abulón, azafrán, arroz para paella, paté de ganso, caviar en latas pequeñas, turrones españoles en cajas de madera y bacalao noruego en temporada decembrina.

También desarrolló una sección de vinos. Tenía un libro donde consultaba uvas, regiones y cosechas, vendía marcas nacionales, chilenas, españolas y portuguesas, además de coñac.
Negocio en crecimiento
La fama del negocio creció por recomendación de boca en boca, y de venderle a vecinos de las colonias aledañas, comenzó a abrir más tiendas. Vio su apogeo en la década de los ochentas.
El Penthouse llegó a tener siete sucursales en Mariano Escobedo, Panorama, Plaza Géminis, Torres Landa, González Bocanegra, San Isidro, y su matriz en la avenida Américas.
Cada tienda tenía entre 12 y 14 trabajadores. En total llegaron a dar trabajo a cerca de 100 personas y todos los hijos trabajaron en el super familiar.

José González salía a las 5 de la mañana a la Central de Abastos y al Descarga Estrella, compraba fruta y verdura para todas las sucursales, tres veces por semana.
María del Rocío González, junto a su hermana María, llevaban la administración: “Yo era la que les pagaba y llevaba el dinero a todas las tiendas con un terror, porque antes era en sobres”, recuerda Rocío.
Competencia y cierre
En los años noventa llegaron grandes cadenas comerciales a la ciudad. El modelo cambió hacia tiendas de conveniencia y la familia intentó modernizar el negocio: instalaron computadoras para inventarios y facturación.
Después vino la devaluación. Algunos créditos se volvieron impagables y las tiendas comenzaron a cerrar. La última sucursal del Penthouse bajó la cortina durante la pandemia.
¿Un regreso?
Hoy José González Martínez y la tercera generación planean abrir tiendas de conveniencia bajo el nombre de Super Penthouse en diferentes puntos de la ciudad.
En el domicilio actual de los González Martínez existe una casita con frutas, réplica del logotipo; no es decoración, es memoria.

Mi papá decía que el arte de saber hacer las cosas es saberlo hacer. No es dar órdenes; para poder dar órdenes necesitas saber”, recuerda su hijo.
La familia González Martínez siente agradecimiento de toda la clientela que por años hicieron parte de su rutina a uno de los súper más emblemáticos de la ciudad.
DAR
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