Historia 300
Esta es la historia 300 de 450 que te contaremos sobre León
“Saber para servir, servir para progresar” no fue solamente el lema de la Universidad de León. Fue la filosofía de vida de Fernando Arturo Calderón Gama, el empresario educativo que entendió que miles de personas abandonaban sus estudios porque debían trabajar y decidió crear una institución donde ambas cosas fueran posibles.
Aquella idea terminó convirtiéndose en una de las universidades de mayor crecimiento en León y posteriormente en Guanajuato.
Nació en León, Guanajuato, en septiembre de 1942, en una casa de la calle Madero. Fue el tercero de 16 hermanos, una condición que marcó su forma de entender la familia, el trabajo compartido, la responsabilidad y la cercanía con los demás.
En el seno de una familia numerosa aprendió pronto que nadie avanzaba solo. Sus hermanos lo recuerdan como un líder natural, entusiasta y dispuesto a involucrarse en lo que hiciera falta.
Aquella vida familiar, llena de hermanos, anécdotas, responsabilidades y trabajo, formó al hombre que después pensaría en quienes no podían continuar sus estudios porque tenían que trabajar.
El scout que aprendió a servir
Antes de ser rector, empresario educativo y fundador de una universidad, don Arturo fue scout.
Desde joven encontró en el movimiento scout una escuela de liderazgo, disciplina y servicio. En 1961 fundó el Grupo 4 de León de la Asociación de Scouts de México, una experiencia que lo acercó a la formación de jóvenes y que, con los años, se convertiría en una de las claves para entender su vocación.
No era casualidad que se sintiera cómodo entre muchachos, grupos juveniles y proyectos comunitarios. Su familia recuerda que desde joven tenía facilidad para organizar, convocar y entusiasmar a otros.
“Era un líder totalmente”, recuerdan quienes lo conocieron de cerca.
Su vida personal también se cruzó con los scouts. Ahí conoció a Luz María Espinosa Arbaiza, quien se convertiría en su esposa y compañera de vida, madre de sus hijos: Luz María Calderón Espinosa, Fernando Arturo Calderón Espinosa y Alfredo Calderón Espinosa.
Sus hijos recuerdan que su padre se interesó por ella desde muy joven y que incluso la cercanía con los hermanos de Luz María, vinculados al movimiento scout, fue parte de esa historia.
De joven conoció el valor de una beca
Estudió Contaduría Pública en el Tecnológico de Monterrey, donde obtuvo una beca. Esa experiencia dejó una huella profunda en su manera de entender la educación.
Conoció de cerca lo que significaba estudiar con limitaciones económicas y lo que podía implicar tener que abandonar una carrera para trabajar. Vivió en carne propia la tensión entre la necesidad de generar ingresos y el deseo de continuar una formación profesional.
Antes de dedicarse por completo a la educación, trabajó en distintos ámbitos. Uno de sus empleos fue como vendedor de automóviles, una etapa que le permitió conocer el esfuerzo de quien vive de su trabajo diario, de las ventas, de los horarios y de la necesidad de sostener una familia.
Era contador público de profesión, pero la educación fue siempre su vocación.
Sus hijos recuerdan que, desde que eran pequeños, repetía una frase que parecía una promesa:
Yo voy a poner una escuela”.
Era una idea que llevaba años observando, pensando y madurando.
Maestro, director y formador
Su trayectoria educativa comenzó mucho antes de fundar la Universidad de León. En 1969 inició como maestro de las licenciaturas de Contaduría y Administración en la entonces Universidad La Salle Bajío. Su capacidad de organización y liderazgo lo llevó, en 1974, a ser nombrado director de esas licenciaturas.
En 1976 dirigió la Preparatoria La Salle Bulevares, en la Ciudad de México, y recibió la invitación para fundar la hoy Universidad Franco Mexicana. Un año después regresó a León.
En 1982 fue nuevamente director de las licenciaturas de Contaduría y Administración de la UBAC, ahora Universidad La Salle Bajío. En 1984 fue nombrado director administrativo y, en 1985, vicerrector de la institución.
Su experiencia como maestro, director y administrador le permitió conocer de cerca las necesidades de alumnos, docentes, familias y empresas.
Sabía cómo funcionaba una institución educativa desde el aula, desde la oficina y desde la administración.
También comprendía que miles de jóvenes y adultos quedaban fuera de la educación superior porque no podían dejar de trabajar. Esa realidad lo acompañó durante años.
TE PUEDE INTERESAR:
La idea que se convirtió en universidad
Don Arturo observaba que muchos trabajadores querían estudiar una licenciatura, pero no podían hacerlo porque los horarios tradicionales no les permitían combinar una jornada laboral con las clases.
Había personas que abandonaban sus estudios para aportar dinero en casa; otras tenían que cuidar a sus hijos. Algunas ya habían hecho carrera en empresas, bancos, despachos o negocios, pero necesitaban una licenciatura para continuar creciendo profesionalmente. Él entendía ese problema porque lo había vivido.
Para cumplir su sueño profesional y educativo, dejó durante un año su empleo en la Universidad La Salle Bajío y se dedicó por completo a planear el proyecto.
Su familia recuerda que durante ese tiempo su esposa, Luz María Espinosa, asumió la responsabilidad de sacar adelante el hogar mientras él trabajaba en el diseño de una institución que permitiera estudiar y trabajar. No improvisó.
Estudió horarios, necesidades, programas, perfiles de alumnos, espacios, costos y posibilidades. Visualizó una escuela para quienes necesitaban una oportunidad real, no una promesa.
El proyecto nació bajo una idea sencilla, pero poderosa: estudia y trabaja.
El 4 de septiembre de 1989 abrió sus puertas el Centro de Estudios Universitarios (CEU), en un edificio de la calle Juárez.
La expectativa era recibir alrededor de 50 alumnos; llegaron 298.
La respuesta de León confirmó que existía una necesidad que nadie estaba atendiendo de esa manera.

“En el día rector y en la noche velador”
La institución comenzó con las licenciaturas en Contabilidad, Administración, Derecho, Arquitectura y Comunicación.
Los primeros meses fueron de trabajo absoluto. No había estructuras grandes, departamentos consolidados ni oficinas llenas de personal; solo estaban la idea, el equipo y la voluntad.
Él, junto con su familia, hacía de todo: abrían el plantel, cerraban las instalaciones, acomodaban salones, limpiaban pisos, resolvían asuntos administrativos y atendían a los alumnos.
“En el día era rector y en la noche velador”, recuerdan quienes vivieron aquella etapa.
Hubo días en los que el número de alumnos superaba todas las previsiones y los pupitres no alcanzaban.
Esperaban hasta el último viernes antes de comenzar un periodo escolar para saber cuántos grupos nuevos debían abrir el lunes y qué maestros necesitaban contratar.
El crecimiento fue inmediato. En el primer año la matrícula rondó los 300 alumnos; en el segundo se duplicó y, para el tercero, ya superaba el millar. La ciudad había respondido.
Se convierte en UDL
En septiembre de 1997, el Centro de Estudios Universitarios cambió su nombre a Universidad de León, hoy conocida como UDL.
La institución creció con León y se expandió a distintos municipios de Guanajuato. Actualmente cuenta con una oferta académica de 26 licenciaturas y mantiene presencia en diversos planteles del estado.
En la UDL estudiaron sus hijos y también sus nietos. Para la familia, esa continuidad representa una de las expresiones más claras del legado de su fundador.
Su esencia
Una de las imágenes más repetidas al hablar de don Arturo es la de su oficina abierta.
No trabajaba con citas. No le gustaban las barreras entre él y las personas; no había filtros, agendas inaccesibles ni puertas cerradas para quien necesitara hablar con él.
Estudiantes, docentes, colaboradores, padres de familia y visitantes podían tocar la puerta y entrar.
Nunca llamó empleados a quienes trabajaban en la universidad. Para él, todos eran colaboradores.
Su trato era directo, sencillo y cercano. No le gustaba preparar discursos ni hablar para cumplir con una formalidad; en los eventos públicos decía lo que pensaba. Si no estaba de acuerdo con algo, lo expresaba.

Su sencillez aparecía incluso en las escenas más cotidianas. Podía recibir a una persona importante con un nieto sentado sobre sus piernas. Podía guardar mangos en su portafolio para llevarlos a casa y, cuando estos caían al abrirlo durante una junta, recogerlos con calma, sin perder la serenidad.
Hombre íntegro
Sus hijos lo describen como un hombre profundamente familiar. Le gustaba estar en casa, convivir con su esposa, sus hijos, sus hermanos y, después, con sus nietos.
Le gustaban las nieves, las jícamas, los elotes, los mangos y el espagueti. Disfrutaba caminar, tomar café con sus hermanos y organizar viajes familiares en los que cabían hijos, cuñados, nietos, amigos y quien quisiera sumarse.
Su mayor gusto no estaba en el lujo ni en las apariencias. Era reunirse un jueves a comer con su familia, salir por un helado o recorrer la ciudad con los suyos.
Donaba su sueldo a becas
Su hermana Silvia Calderón Gama recuerda que no quería que ningún alumno abandonara la universidad por falta de dinero. Impulsó becas, apoyos y alternativas para que las personas pudieran continuar estudiando.
Hubo un momento en que la universidad estableció un límite a la cantidad de becas que podía otorgar. Sin embargo, él encontró otra manera de ayudar: de su propio sueldo entregaba dinero a estudiantes para que pudieran pagar sus colegiaturas.
También fue estricto con los docentes. Él mismo dejó de dar clases en su universidad porque, ocupado por sus responsabilidades como rector, llegaba tarde a las aulas. No aceptó excepciones para nadie, ni siquiera para él.
Esa idea también se reflejó en su participación ciudadana. Fue miembro del Consejo Consultivo de la Comisión Federal de Electricidad, consejero del Instituto Federal Electoral, integrante de la Comisión de Justicia del Consejo General del Instituto Estatal Electoral de Guanajuato, consejero de COEPES, consejero de la Cámara de la Industria del Calzado del Estado de Guanajuato y socio de Coparmex.
Sin embargo, nunca perdió el interés por lo esencial: que la educación ayudara a las personas a progresar.
Su legado
Don Arturo dejó la rectoría de la Universidad de León en 2012 y asumió la Presidencia del Comité Técnico. Su presencia siguió siendo una referencia para la institución, para su familia y para quienes habían trabajado con él.
Murió el 30 de noviembre de 2020, al llegar al plantel de la calle Juárez, tras sufrir un infarto. Falleció muy cerca de la calle Madero donde había nacido y en la institución a la que dedicó buena parte de su vida.
Sus hijos, su hermana Silvia Calderón Gama —presidenta del Consejo— y quienes colaboraron con él, como Ángeles Camarena Soria, coinciden en que su legado no está únicamente en los edificios, los planteles o la matrícula.

Su legado vive en las historias de quienes pudieron estudiar mientras trabajaban; en las madres que organizaron sus días entre hijos, empleo y universidad; en los trabajadores que obtuvieron una licenciatura después de años de experiencia laboral; en los hijos de egresados que volvieron a estudiar en la institución de sus padres; en las becas, en los pasillos, en las puertas abiertas y en la convicción de que la educación debía estar al alcance de quien quisiera salir adelante.
Su familia dice que seguramente, desde donde esté, se divierte viendo cómo resuelven los retos de la universidad, pero también que estaría orgulloso de verlos unidos y trabajando para continuar su proyecto.
Fernando Arturo Calderón Gama construyó mucho más que una universidad. Abrió una puerta para miles de personas que pensaban que trabajar significaba renunciar a estudiar.
Seis años después de su partida, su oficina permanece prácticamente intacta: un crucifijo, una bandera de México y fotografías de sus hijos y nietos siguen ocupando el mismo lugar.
Quizá esa sea la mejor manera de recordar al hombre que hizo de la educación un proyecto de vida y que resumió su legado en una frase que continúa guiando a la Universidad de León: “Saber para servir, servir para progresar”.
DAR
En el marco de los 450 años de la fundación de nuestra ciudad, en Grupo AM desarrollamos el proyecto 450 Historias de León, una iniciativa para recuperar, preservar y compartir la memoria de nuestra ciudad.
Queremos que tú también formes parte de este archivo vivo. Si conoces una historia que merece ser contada, si fuiste protagonista o testigo de algún hecho que marcó a León, compártela con nosotros a través de este formulario:
Cuéntanos tu historiaClic aquí para leer más historias.