Historia 299
Esta es la historia 299 de 450 que te contaremos sobre León
El padre José María de Yermo y Parres recibió un destino que consideró un castigo: dos pequeñas capillas en la periferia de León. Durante uno de sus recorridos a caballo presenció una escena tan desgarradora que cambió el rumbo de su vida. De aquel momento nació una obra que llegó a varios países y lo llevó, años después, a ser proclamado santo.
Su vida en León
La vida de José María de Yermo y Parres, proclamado santo en el año 2000, siempre estuvo ligada a León. Aquí cultivó su fe, puso a prueba su devoción y sembró su legado.
Nació en 1851 en la hacienda de Jalmolonga, en Malinalco, en el Estado de México. Su madre, María Josefa Parres, murió cuando él tenía apenas cincuenta días de nacido.
Creció al amparo de su padre, el abogado Manuel de Yermo, y de su tía Carmen, en un hogar profundamente cristiano.
La temprana ausencia de su madre desarrolló en él una sensibilidad especial hacia los menos favorecidos.
Siendo aún adolescente, sintió el llamado de la vida religiosa y convenció a su padre de permitirle unirse a la Congregación de la Misión de San Vicente de Paúl, de quien aprendería el amor por los pobres.
Ahí permaneció casi diez años, primero en la Ciudad de México y después en el Colegio de Santa María, en Guanajuato capital. Una crisis hizo tambalear su fe y dejó la congregación.
En ese momento de duda, el destino lo guió hasta José María de Jesús Díez de Sollano y Dávalos, el primer obispo de León, de quien resultó ser pariente lejano.
El obispo se convirtió en su guía. Lo arropó, lo alojó en el Palacio Episcopal y lo ayudó a recuperar su vocación.
Se formó en el recién creado seminario de la Diócesis de León, y el 24 de agosto de 1879 fue ordenado sacerdote en la Catedral de León, consagrada a Nuestra Señora de la Luz. Ahí, al día siguiente, oficiaría su primera misa.
“¡Mi primera Misa! ¡Qué dulce recuerdo trae a mi mente!”, dejaría escrito en sus memorias.
Al servicio de la Virgen de la Luz
En esos años creó la Archicofradía de la Madre Santísima de la Luz, encargada de custodiar, promover y organizar el culto a la patrona de León.
Su estima por el obispo Diez de Sollano se mantendría hasta la muerte del prelado en 1881. Años más tarde, reuniría y editaría sus obras completas, donde dejaría testimonio de su duelo:
“A las dos y cuarto de la mañana del día 7 de junio de 1881 perdía, quién esto escribe, su padre espiritual”.
En los primeros años de sacerdocio demostró ser un orador elocuente, un gran catequista de jóvenes y un hombre con un futuro encaminado hacia cargos eclesiásticos.
Pero su destino cambió con la llegada del segundo obispo de León, Tomás Barón y Morales, quien lo envió como encargado de dos humildes capillas de la periferia: el Calvario y el Santo Niño.
“Aquel nombramiento para un puesto tan humilde hirió mi amor propio, que más se exaltaba con lo que me decían los amigos. Llegué a pensar en renunciar y así lo habría hecho si Dios nuestro señor no me lo impidiese, por medio de un impulso secreto que me contuvo”, confesó en sus memorias.

El Calvario cambió su vida
Obedeció. El 11 de abril de 1885 asumió su nueva misión. Sobre el lomo de un caballo acudía con devoción a atender sus humildes capillas. “Bien merece el nombre de Calvario”, llegó a escribir.
En la biografía que María Elena de Alba dedicó al padre Yermo se relata que, en uno de sus trayectos, se topó con una escena que lo marcó. Vio a unos cerdos devorando los cuerpos de dos recién nacidos abandonados.
El horror se le clavó en el alma y tomó como misión transformar una finca del Calvario, pensada para retiros, en un refugio para los desamparados.
Encontró apoyo en Rosendo Gutiérrez de Velasco, un renombrado doctor de León, que, paradójicamente, con los años se convertiría en uno de sus principales detractores.
El 13 de diciembre de 1885, casi sin recursos y con sesenta pobres recogidos, abrió el Asilo del Calvario con el apoyo de cuatro jóvenes —Clotilde Muñoz, Fausta Ojeda, Victoriana Gutiérrez y Pomposa Muñoz— quienes, sin saberlo, pusieron la primera piedra de toda una congregación.
La obra que trascendió León
En 1888, el asilo y el padre demostrarían su vocación de servicio durante la terrible inundación que azotó León ese año.
La entrega y el valor del padre serían incluso reconocidos por el general Manuel González, entonces gobernador de Guanajuato.
Ese año, el 20 de marzo, se abrió la segunda casa en Puebla, que años después sería la matriz de la congregación.
Estos años fueron también un gran reto: las deudas y dificultades económicas, la persecución religiosa y los desprestigios que sufrió por su labor en León, terminarían por llevarlo a la diócesis de Puebla, donde encontró apoyo e impulso.
Así tomarían forma las Siervas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Pobres, que con los años llevarían su servicio también a Hidalgo, Veracruz, Tlaxcala, Jalisco, Chihuahua y Yucatán. Y después cruzarían fronteras: Estados Unidos, Guatemala, Nicaragua, Colombia, Venezuela, Chile, Italia y Kenia.
El asilo que nunca abandonó
La misión de Yermo de ayudar a los pobres se multiplicó en asilos para ancianos, escuelas, hospitales, orfanatos y una casa para la regeneración de la mujer.
Para José María de Yermo y Parres, el asilo que fundó en el Calvario fue sin duda un gran reto durante su vida, como un hijo que se aparta del hogar. El asilo permaneció casi dos décadas alejado de la congregación de las Siervas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Pobres, hasta que las intrigas cesaron luego de la muerte del doctor Rosendo Gutiérrez de Velasco y del obispo Tomás Barón y Morales.
Hoy funciona como internado para niñas de hasta 16 años que cursan primaria y secundaria. Está a cargo de las Siervas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Pobres.
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El camino a los altares
José María de Yermo y Parres murió el 20 de septiembre de 1904 en Puebla. Pero su historia no terminó allí.
Juan Pablo II lo beatificó en 1990, en la Basílica de Guadalupe. Años más tarde, en 1997, un sacerdote desahuciado, Rafael Pacheco, sanó de forma inexplicable tras encomendarse a él; aquel milagro abrió el camino hacia su canonización, que el mismo pontífice proclamó el 21 de mayo de 2000 en Roma.
La Iglesia lo recuerda cada 19 de septiembre como el “Padre de los pobres”, y su cuerpo descansa en la capilla de las Siervas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Pobres en Puebla.
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