Historia 335

Esta es la historia 335 de 450 que te contaremos sobre León

En 1902, una carta enviada de Londres a León podía tardar más de un mes en llegar. Y sin embargo, un día después de que Eduardo VII fuera coronado rey de Inglaterra, los leoneses ya habían visto el acto solemne de la coronación. Esto fue posible gracias a dos magos franceses: Georges Méliès y Charles Mongrand.

A principios del siglo XX, las noticias del extranjero llegaban a México con un retraso que hoy resulta difícil de imaginar. Un periódico europeo tardaba semanas en cruzar el Atlántico; una película, todavía más, porque los rollos de celuloide viajaban en las bodegas de los mismos barcos que transportaban correspondencia y mercancías.

Así que cuando, en agosto de 1902, el público del Teatro Doblado se enteró de que podía presenciar en una filmación la coronación del rey Eduardo VII, ocurrida “apenas ayer” en Londres, la reacción fue, con toda razón, de asombro. El periódico El Entreacto lo consignó sin disimular la sorpresa:

“Ha causado en la ciudad de León, Guanajuato, una impresión magnífica la exhibición que el señor Charles Mongrand ha hecho con su insuperable cinematógrafo de ese ruidoso acontecimiento histórico, ocurrido ayer apenas, y que se llama la coronación del Rey de Inglaterra”.

Portada del periódico El Entreacto, que informó de la proyección de la película en León al día siguiente de la coronación del rey inglés.

Charles Mongrand

Para cuando ocurrió este pequeño milagro informativo, Mongrand ya no era un desconocido en León. El exhibidor francés había llegado a México en 1896 y, tras asociarse brevemente con Salvador Toscano -uno de los pioneros de la cinematografía en nuestro país-, emprendió por su cuenta una carrera itinerante con su cinematógrafo Lumière que lo llevó, año tras año, de vuelta al Teatro Doblado. Estuvo aquí en 1899, en 1901 y en el verano de 1902, cuando instaló su aparato del 24 de julio al 9 de agosto.

Su estancia coincidió, de hecho, con una remodelación del propio teatro, que renovó decoraciones y telones que llevaban 20 años sin tocarse.

Mongrand tenía, además, un don para hacerse querer. Durante esa temporada de 1902 ofreció una función especial para maestros y alumnos de la Escuela de Instrucción Secundaria. La prensa local lo describía como “nuestro fino amigo”.

La respuesta del público fue tan buena, que la que iba a ser una estancia de dos semanas se extendió otros seis días más. Hasta que la crónica de despedida habló de “una brillante temporada en León”. Fue justo en el tramo final de esa temporada cuando llegó su golpe maestro: la coronación de un rey inglés, prácticamente en tiempo real.

La magia

La verdadera magia de este episodio, sin embargo, no estaba en la velocidad, sino en el engaño. Lo que Mongrand proyectó en León no era, en realidad, un metraje filmado dentro de la Abadía de Westminster. Cámaras de cine grabando ceremonias reales de ese tamaño eran, en 1902, prácticamente impensables.

Era una recreación elaborada por el cineasta francés Georges Méliès, quien contrató actores parecidos a Eduardo VII y a los demás monarcas europeos presentes, y mandó construir decorados que imitaban tanto el exterior como el interior de la Abadía.

El plan original de Méliès era estrenar su falsa coronación el mismo 26 de junio de 1902, día en que estaba prevista la ceremonia real. Pero pocos días antes, el propio Eduardo VII cayó enfermo —una apendicitis lo obligó a pasar por el quirófano— y la Corona británica tuvo que posponer la coronación hasta el 9 de agosto.

Para cuando el rey finalmente se coronó de verdad en Londres, su versión filmada ya estaba lista y circulando por el mundo, casi como si el cineasta hubiera adivinado el futuro con semanas de anticipación.

Reconstrucción de hechos

A finales del siglo XIX y principios del XX, cuando filmar un acontecimiento real en el momento exacto era casi siempre imposible —por falta de accesos o de luz—, era práctica común entre los primeros cineastas reconstruir esos hechos con actores y decorados, y venderlos al público como si fueran registros directos.

A este género se le llamó, con toda honestidad, actualidades reconstruidas. Batallas navales recreadas en tinas de agua, fusilamientos escenificados en patios traseros y, ahora se sabe, coronaciones reales montadas en estudios parisinos. Todo pasaba por noticia de última hora ante audiencias que no tenían forma de dudarlo.

Lo notable del caso de Eduardo VII es que la realidad terminó por acomodarse al plan de Méliès casi a la perfección. Al posponerse la coronación real, la falsa coronación filmada dejó de ser una anticipación apresurada y se convirtió, por casualidad, en una entrega casi puntual del suceso. Nadie en León tenía por qué sospechar que la “noticia” que veían en la pantalla del Teatro Doblado había sido actuada semanas antes en Francia, con un rey de utilería y una abadía de cartón.

Celebran el acontecimiento

Los leoneses de 1902, acostumbrados a esperar semanas por cualquier noticia de Europa, celebraron haber visto un acontecimiento histórico con apenas un día de diferencia… sin saber que, en sentido estricto, no habían visto nada de lo ocurrido en Londres.

Habían visto una reconstrucción teatral, filmada semanas antes en un estudio parisino, con actores que se parecían al rey lo suficiente como para pasar la prueba de un público que, de cualquier forma, jamás había visto a Eduardo VII en persona ni tenía manera de comprobar el parecido.

Mongrand, como buen exhibidor —y antes que nada, mago, al igual que Méliès—, entendió perfectamente el valor de esa ambigüedad. La vendió como lo que parecía ser: una hazaña casi imposible de la tecnología de inicios del siglo XX.

La película de la coronación que en 1902 atestiguaron los leoneses se puede ver en youtube: https://www.youtube.com/watch?v=uXU5xxLqdBM

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