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Historia 384

Esta es la historia 384 de 450 que te contaremos sobre León

Dos días después del terremoto que devastó la Ciudad de México el 19 de septiembre de 1985, voluntarios de la Cruz Roja de León y bomberos viajaron al entonces Distrito Federal para incorporarse a las labores de rescate.

Cuatro veteranos de la Cruz Roja narraron para AM la experiencia que vivieron hace 41 años. Tenían entre 18 y 20 años. Llenos de energía, actitud y un gran espíritu de servicio, iban preparados para atender una emergencia; sin embargo, nunca dimensionaron a lo que se enfrentarían.

Llegaron de noche. La falta de energía eléctrica impedía apreciar plenamente la magnitud de la destrucción, pero encontraron una ciudad devastada, con edificios colapsados y calles cubiertas de escombros. El silencio era interrumpido por las voces de quienes permanecían atrapados bajo los edificios. Al recordar ese momento, los cuatro veteranos guardaron silencio.

Veteranos de Cruz Roja León que apoyaron en las labores de rescate tras el terremoto de 1985: José de Jesús Zúñiga Méndez, J. Jesús Hernández Sosa, José Luis Quintero y Héctor Eduardo Murguía. Foto: José Antonio Castro

La tragedia

Todo inició la mañana del 19 de septiembre de 1985. La Ciudad de México, entonces Distrito Federal, fue sacudida por un terremoto de magnitud 8.1 en la escala de Richter, con una duración aproximada de un minuto y medio.

El movimiento provocó el derrumbe de edificios y dejó una ciudad marcada por la destrucción. La noticia comenzó a difundirse por todo el país y, con ella, las primeras imágenes de una tragedia que todavía era difícil de asimilar.

El movimiento provocó el derrumbe de edificios y dejó una ciudad marcada por la destrucción. Foto: Archivo AM

En León, los voluntarios de la Cruz Roja Mexicana siguieron las noticias y supieron que la ayuda sería necesaria. Dos días después, el 21 de septiembre, viajaron al Distrito Federal.

El primer grupo estuvo integrado por 12 personas, quienes salieron en una grúa, un automóvil, una ambulancia y una camioneta pick-up. Eran jóvenes que apenas comenzaban a adquirir experiencia en los servicios de emergencia. El viaje transcurrió entre preguntas sobre lo que encontrarían y la intención de colaborar en lo que fuera necesario.

Al entrar a la Ciudad de México encontraron edificios colapsados, calles cubiertas de escombros y una ciudad en shock. Un silencio total contrastaba con el ritmo habitual de la capital del país.

En este primer grupo iba José Luis Quintero, quien viajó 12 horas en una grúa hasta el Distrito Federal.

Recuerdo que me tocó la zona de La Roma, un lugar de departamentos donde había muchos extranjeros, todos los rescates fueron solo sus cuerpos, ninguno con vida”, dice.

José Luis Quintero. Foto: José Antonio Castro

Los cuerpos eran trasladados a un campo de beisbol, donde los colocaban en filas y utilizaban hielo para conservarlos el mayor tiempo posible, en espera de que algún familiar pudiera reconocerlos.

“Me tocó apoyar con rescatistas de Israel, Francia, España y Estados Unidos, ellos tenían equipos de tecnología, perros rescatistas y mucha preparación; para mí fue una experiencia de mucho aprendizaje, sí muy impactante, pero una lección que jamás olvidaré porque me impulsó a profesionalizarme”, compartió José Luis.

El primer equipo permaneció poco más de 12 horas en labores de rescate y regresó a León, mientras se alistaba un segundo grupo, integrado por 25 voluntarios de la Cruz Roja y cinco bomberos.

Entre ellos viajaron nuevamente José Luis Quintero y sus compañeros José de Jesús Zúñiga, J. Jesús Hernández Sosa, “El Bubu”, y Héctor Eduardo Murguía.

Esta vez, el traslado se realizó en un camión de los Bravos de León, el equipo de beisbol de la ciudad, además de una ambulancia.

Cuando llegaron a la capital habían transcurrido aproximadamente 36 horas desde el terremoto. Las labores continuaban, aunque las posibilidades de encontrar sobrevivientes eran cada vez menores. Para este grupo, buena parte del trabajo consistió en recuperar cuerpos.

“Creíamos que era el coordinador”

José de Jesús y su compañero Héctor fueron enviados a la alcaldía Benito Juárez, donde bajaron por un cubo de elevador para rescatar a una pareja y su bebé.

“Había un señor de barba y cabello largo, que creíamos era el coordinador, él nos indicó que bajáramos a rescatar a la familia, hicimos maniobra de rapel y rescatamos a la mamá, el papá y su bebé de brazos. Cuando pregunté por el coordinador, nadie supo decirme dónde estaba o quién era”, recuerda José de Jesús.

José de Jesús Zúñiga Méndez. Foto: José Antonio Castro

Su compañero Héctor relató que, mientras dormía unos minutos bajo un árbol, un niño se acercó con un sándwich y una botella de agua, se los entregó y le dijo: “Come para que tengas fuerza y rescates a mi mamá”. Palabras que, recuerda, le rompieron el corazón.

Afortunadamente sí ayudé a rescatar a un bebé de brazos que estaba en una tina en un baño. Recuerdo que no había equipo para cavar, pero con las manos lo hacíamos, me acabé las uñas y hasta me reventé las yemas de los dedos”, señala Héctor.

Héctor Eduardo Murguía. Foto: José Antonio Castro

El trabajo era retirar piedras, muebles, columnas y bloques de concreto para abrir camino hacia las personas atrapadas. Por el tiempo transcurrido, las esperanzas de encontrarlas con vida eran cada vez menores.

Una tragedia desconocida

Para los jóvenes leoneses, aquella jornada significó enfrentarse por primera vez a una tragedia de tal magnitud y resolver situaciones para las que tenían poca experiencia.

J. Jesús fue enviado a la colonia Doctores. En un parque improvisó con latas de atún una casa de campaña para descansar; sin embargo, una réplica del terremoto terminó por derribarla.

“Yo recuerdo una tragedia impactante, trágica, con imágenes que nunca había visto en los accidentes de León; niños en pedacitos, mamás a la mitad, no me tocó rescatar a nadie con vida”, narró J. Jesús con un nudo en la garganta.

J. Jesús Hernández Sosa. Foto: José Antonio Castro

Los testimonios de los veteranos describen escenas que permanecen en su memoria. Entre los escombros aparecían personas que habían quedado atrapadas por los derrumbes, familias completas que no lograron salir y víctimas con lesiones graves.

Un campo de beisbol, unidades del IMSS y el Hospital Regional, que no fueron gravemente afectados, se habilitaron para concentrar a las víctimas y los cuerpos, que eran colocados en filas y cubiertos con hielo para retrasar su descomposición y facilitar su identificación.

Aquellos jóvenes también tuvieron que resolver dónde descansar. Durante los primeros días se turnaban para dormir unos minutos en banquetas, sobre el piso o el pasto, utilizando cartón y mantas. Los refugios eran improvisados con los materiales que encontraban disponibles, pero conforme avanzaban los días aumentaban los víveres y la ayuda.

El regreso

Luego de una semana en las labores de apoyo y rescate, regresaron a León. El viaje fue diferente al de ida. Los cuatro veteranos recuerdan un trayecto marcado por el silencio, mientras recapitulaban cada momento para tratar de asimilar lo que habían vivido.

Tenían entre 18 y 20 años cuando viajaron a la capital. Apenas comenzaban su trayectoria como voluntarios y sus primeros servicios de auxilio habían ocurrido en León. Hasta entonces, las emergencias más impactantes que habían atendido eran volcaduras y atropellamientos, pero el terremoto de 1985 los llevó, de manera inesperada, a enfrentarse a una de las mayores tragedias que habían visto.

Partieron con la idea de ayudar y regresaron con una experiencia que modificó para siempre su manera de entender el trabajo de un rescatista, pero, sobre todo, la vulnerabilidad del ser humano ante la fuerza de la naturaleza.

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