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Historia 407

Esta es la historia 407 de 450 que te contaremos sobre León

Lázaro Zambrano podía pasar horas solo frente a un lienzo, con música, una bebida y algo de comer a su lado. Sus hijos iban y venían por la casa; alguno se sentaba junto a él mientras pintaba, otros se acercaban para pedirle que les enseñara a tocar un instrumento.

Así lo recuerda su familia a través de los relatos que Guillermo Núñez Zambrano, su nieto, compartió en entrevista. Lo describe como un hombre reservado, de pocas palabras y mucho pensamiento, que encontraba en la pintura no solo su oficio, sino también una manera de sostener a los suyos y de convivir con ellos.

Para su nieto Guillermo, detrás de los retratos, paisajes y bodegones está también ese hombre: el que trabajaba mientras escuchaba música, el que podía pasar tiempo a solas y el que, cuando alguno de sus hijos se acercaba interesado en el arte, se detenía para enseñarle.

Las obras de Lázaro Zambrano se pueden observar en el Museo de las Identidades Leonesas. Foto: Vanessa Hernández

Su talento apareció desde niño

La historia del pintor comenzó a dibujarse desde muy temprano.

De niño trabajó en una fábrica de zapatos, donde hacía el oficio de “zorrita”, como se conocía a la labor de apoyo en la que los pequeños ayudaban en distintas tareas. 

En medio del trabajo y de los encargos de la fábrica, alguien vio una habilidad que parecía acompañarlo de manera natural: el dibujo.

El dueño del lugar habló con sus padres y les recomendó llevarlo con el maestro Antonio Segoviano. Tenía alrededor de siete años cuando comenzó a acercarse a su taller y a formarse bajo sus enseñanzas.

En los recuerdos familiares quedó muy grabada aquella relación cercana entre maestro y alumno, al grado de que Zambrano es recordado como una especie de ahijado dentro de la familia de Segoviano.

Ese encuentro cambió el rumbo de aquel niño que ya encontraba en el dibujo una forma de mirar lo que tenía alrededor.

Un hombre de pocas palabras

Quienes convivieron con él lo recuerdan como un hombre más bien reservado. No era de grandes discursos ni de buscar llamar la atención.

“Era un señor bastante reservado, de pocas palabras, mucho pensamiento, y que le gustaba el tiempo a solas”, recuerda su nieto Guillermo Núñez Zambrano.

Podía permanecer concentrado durante horas en su estudio frente a un cuadro, acompañado por música. Sus hijos entraban y salían y podían sentarse a observarlo.

La pintura no lo alejaba por completo de sus hijos. Había momentos en que esa concentración se convertía también en una forma de compartir.

Otra de sus pasiones era la música. Tocaba varios instrumentos. Si alguno de sus hijos quería aprender guitarra, le enseñaba; otro podía interesarse por algún instrumento de percusión. Y él, aun con la atención puesta en el trabajo, encontraba tiempo para enseñarles.

Del Parque Hidalgo y muy botanero

La vida familiar también quedó ligada a un lugar muy particular de León.

La mayor parte de su vida en León transcurrió en la calle Valenciana, a una o dos cuadras del Parque Hidalgo. Ahí crecieron sus 13 hijos y ahí permanecieron durante mucho tiempo buena parte de las pinturas que hizo.

Sus hijos recuerdan que, mientras pintaba, podía tener cerca una bebida y algo para picar: cueritos, patitas, papitas, chicharrón o una orejita con salsa, botanas muy leonesas.

Pintar era llevar comida a casa

La pintura fue su oficio, pero también la forma de sostener a una familia grande.

La pintura era la forma de sostener a una familia grande. Foto: Vanessa Hernández

Hizo retratos para personas de distintos sectores de León y hubo ocasiones en las que tenía que salir a vender sus cuadros cuando el dinero no alcanzaba para llevar comida a casa.

No pintaba pensando necesariamente en cuánto valdría una obra décadas después. Pintaba porque de eso vivía.

Esas son las historias del artista real, no el místico, no el ‘era una eminencia’; pues era un señor que necesitaba llevar comida a su casa”, dijo Guillermo.

Su nieto relata que detrás de cada obra reconocida había un hombre proveedor que tenía que resolver las necesidades de su casa, alimentar a sus hijos y seguir trabajando.

La familia recuerda que podía pasar mucho tiempo concentrado en sus cuadros, pero también que el trabajo estaba unido a una responsabilidad: sostener a los suyos.

Una vida que quedó en sus cuadros

En sus pinturas quedaron mucho más que paisajes: personas, calles, escenas religiosas, bodegones, retratos y momentos de la ciudad que formaron parte de la época que le tocó vivir.

También quedó su propia familia. Los hijos fueron parte de esa mirada y algunos terminaron apareciendo en los lienzos, conservando dentro de la obra una parte de la historia familiar.

Entre los trabajos que hoy forman parte de su legado está también la representación de acontecimientos que marcaron a León, como el ocurrido el 2 de enero de 1946, que presenció y llevó al lienzo.

Sus obras se quedaron en la familia

Después de su muerte, las obras comenzaron a repartirse entre los hijos. Algunas fueron regalos de boda; otras pasaron de padres a hijos y después a nietos.

La mayor cantidad permaneció en la casa familiar de la calle Valenciana, al cuidado de su hijo menor, Lázaro, quien se encargó durante años de conservar buena parte de ese acervo.

Él había aprendido de su padre algunas nociones para mantener las pinturas y continuó cuidándolas.

Con el tiempo, los cuadros también fueron llegando a las casas de los nietos y bisnietos. En muchas de esas familias hay por lo menos una obra de aquel hombre que pintaba en casa mientras escuchaba música.

No todas se han conservado de la misma manera. Algunas han resentido el clima seco y los cambios de temperatura de León. La familia las limpia, procura mantenerlas protegidas y cuida que no estén expuestas a condiciones extremas, aunque no siempre ha sido posible recurrir a una restauración profesional.

Para ellos, tener una pintura al óleo en casa llegó a sentirse como algo natural.

Por eso, cuando visitan otras casas donde no hay un cuadro, algo parece faltar.

Un apellido que pesa en la historia

El apellido Zambrano también continuó por otros caminos. Guillermo se dedicó a la producción audiovisual, la fotografía, el video, la animación y los efectos visuales, y su trabajo lo ha mantenido cerca de otros creadores de las artes visuales, el teatro y la danza.

Otros integrantes de la familia han seguido relacionados con la música y distintas expresiones artísticas. Incluso las nuevas generaciones comienzan a mostrar sus propios intereses por el arte.

Para Guillermo, llevar el apellido Zambrano significa cargar con una herencia cultural y artística que no siente como una obligación, sino como algo que le da identidad.

Y quizá por eso también resulta importante que las obras de su abuelo vuelvan a ser vistas, no solamente como piezas antiguas, sino como parte de la historia de León.

Si mi abuelo no logró ser un artista famoso, pues por lo menos hoy tener este regalo espiritual, hasta donde quiera que esté, y decirle: ‘Mira, abuelo, ahora tal vez tú nunca quisiste ser este millonario ni famoso, seguramente no, pero hoy tu obra vale y el legado que tú quisiste haber dejado para tus hijos existe’”, dijo su nieto.

Para conocer su obra

Quien quiera acercarse a la pintura y a la vida de Lázaro Zambrano puede visitar “Lázaro Zambrano, el hombre y el artista”, exposición que reúne alrededor de 48 obras en el Museo de las Identidades Leonesas.

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