León.- Entre aleteos y bocados de pescado, Leo -el primer pingüino barbijo nacido en León– dejó atrás el plumón gris y dio el salto a una nueva etapa: nadar, crecer y conquistar su colonia.
Del plumón al traje impermeable
En SeaLand León, Leo ya no es aquel polluelo cubierto de gris. El cambio de plumaje, ocurrido cerca de los tres meses, marcó el inicio de su independencia acuática.
“Para poder ingresar a nadar necesitó hacer esta transición del plumón a la pluma. El plumón se impregna de agua y podría causarle frío, incluso bajar su temperatura corporal. En cambio, las plumas que tiene ahora funcionan como un aislante, prácticamente como un traje de neopreno natural”, dijo la especialista Karen Miriam Mejía.
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La médica veterinaria explicó que este proceso es clave para su supervivencia: una glándula produce una sustancia que el propio pingüino distribuye, creando una capa protectora que evita que el agua toque su cuerpo.
Primeros pasos… o primeros chapuzones
Mientras la otra especialista, Ivanna Angulo, lo alimenta con pequeños peces, Leo se muestra inquieto, curioso, todavía en ese punto intermedio entre cría y juvenil.
“Comenzamos a presentarle el agua en niveles muy bajitos, en una piletita, para que practicara. Era importante protegerlo porque apenas estaba aprendiendo y además le gusta mucho explorar todo lo que hay a su alrededor”.
Antes de este avance, Leo permanecía resguardado para evitar riesgos en zonas profundas. Hoy, sus movimientos son más seguros, aunque el aprendizaje continúa.
Un nacimiento que implicó meses de planeación
Detrás de Leo hay más que ternura: hay protocolos, ciencia y seguimiento constante. Su nacimiento en cautiverio no fue casualidad.
“Es un orgullo enorme. Hubo mucha preparación desde antes: saber cuándo pondrían los huevos, cómo cuidar a los papás, qué hacer al nacer. Teníamos plan A, B y C para cualquier situación, además de todo el tema de alimentación y acompañamiento”, explicó.
El equipo trabajó incluso en detalles como la colocación de piedras para que los padres construyeran su nido de forma lo más natural posible dentro del entorno controlado.
Su papá está pendiente de él
En la colonia, Leo comienza a encontrar su lugar. Aún tímido, pero cada vez más activo, se le ve entre los demás pingüinos, con una vigilancia especial.
“Se ha visto buena aceptación. Él es el más pequeñito, pero ya anda con todos. Incluso su papá está muy pendiente, como vigilando dónde está y qué hace”.
Todavía no se puede distinguir si es macho o hembra (los pingüinos barbijo no presentan diferencias visibles), por lo que se realizará un examen de ADN en próximas semanas.
Entre pescado y aprendizaje
Durante la entrevista, Leo comía con entusiasmo. Su dieta, cuidadosamente diseñada, combina pescado de aguas frías con suplementos.
“Se alimentan de krill en vida libre, pero aquí se complementa con capelín, arenque, mejillón y calamar, además de vitaminas. Actualmente pueden comer entre el 12% de su peso, dependiendo de la etapa”.
Cada bocado forma parte de un desarrollo que también implica observar su conducta, socialización y estado físico.
Una invitación con responsabilidad
Hoy, Leo ya puede ser visitado por el público, pero bajo lineamientos estrictos para su bienestar.
“Seguimos protocolos para prevenir enfermedades. La invitación es a venir con ganas de aprender y de conocer todo este proceso, entender cómo viven y cómo podemos contribuir a la conservación”.
Incluso, si Leo lo decide, podría acercarse más durante las visitas: su interacción aún depende de su propio ritmo.
Un pequeño embajador
Leo no solo es una cría más; es símbolo de conservación, de trabajo en equipo y de un proceso que apenas comienza.
Entre miradas curiosas, chapuzones tímidos y su característico andar, este pingüino barbijo ya se roba la atención… y recuerda que incluso en cautiverio, cada vida cuenta una historia que vale la pena cuidar.
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