Fundada apenas en 1960, cuando la capital se mudó de Río. La ciudad es un catálogo modernista al aire libre, diseñado por el urbanista Lucio Costa y con los principales edificios públicos concebidos por el genio arquitectónico de Oscar Niemeyer.
No hay mejor panorámica que desde la Torre de Televisión. Imperdible es la impactante sede del Congreso, en medio de la extensa Explanada de los Ministerios, y al frente de la Plaza de los Tres Poderes, con otros dos edificios clave: el Palacio del Planalto, sede de la Presidencia, y el Supremo Tribunal Federal.
El Palacio de Itamaraty, la Cancillería alberga una importante colección de arte brasileño. Y vale la pena visitar el futurístico complejo cultural que incluye el Museo Nacional de la República y la Biblioteca Nacional, y la bellísima Catedral.
Se completa la visita con un paseo por las márgenes del Lago Paranoá, sobre el que también está el elegante Palacio de la Alvorada, la residencia presidencial, y el puente Juscelino Kubitschek.
Río de Janeiro
Ni presentación necesita la antigua capital imperial y de esta República. Río sigue siendo hoy la principal ciudad de Brasil en términos turísticos gracias a sus hermosas playas urbanas de Copacabana, Ipanema, Leblon y Barra de Tijuca, y sus exuberantes “morros” (colinas) rocosos, entre los que se encuentran el Pan de Azúcar y el Corcovado, con el monumento del Cristo Redentor.
Para salirse un poco de los destinos más obvios, vale caminar, andar en bici o patinar alrededor de la laguna Rodrigo de Freitas, como a diario hacen miles de cariocas. Y si la idea es buscar rincones tranquilos, nada mejor que pasearse por el frondoso Jardín Botánico, explorar el Parque Nacional de Tijuca, o refugiarse en el refinado Parque Lage o en el modernista Instituto Moreira Salles, centro cultural con exposiciones siempre interesantes.
Si hay apetito de cultura e historia hay que ir al Centro, al elegante Teatro Municipal, la iglesia de La Candelaria, el Monasterio de São Bento, la Catedral y el Palacio Imperial, además del bellísimo Centro Cultural Banco do Brasil, el Museo Nacional de Bellas Artes, la Biblioteca Nacional, el Museo de Arte Moderno y el Museo de Arte de Rio (MAR).
Para divertirse, nada mejor que apuntar para los bohemios barrios de Santa Teresa y Lapa, donde abunda el samba, o ir de copas por los “botecos” (bares) de Copacabana, Ipanema o Leblon.

¡Muévete ya!

Aún no se sabe dónde se jugarán los partidos, ni entre quiénes, ni cuándo; dejando pecaminosamente a un lado el optimismo, por un momento, ni siquiera se sabe si México va a clasificar, y como las entradas posiblemente estarán disponibles antes de que lo haga, habrá que comprarlas con fe.
Con tantas variables en el aire, ¿será posible comenzar a organizar un viaje al Mundial de Futbol? Absolutamente sí, sólo basta una estrategia adecuada.
Lo primero que hay que saber es que existen nuevas reglas.
Después de Sudáfrica 2010, la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) creó una agencia propia para ser ella quien, junto con los organizadores locales, controlen la totalidad de la venta de boletos.
El anuncio de localidades disponibles, categorías y precios se dará a través del portal de la FIFA alrededor de agosto, una vez que haya terminado la Copa Confederaciones y se tenga conocimiento de la configuración final de los estadios en Brasil.
Después de realizado ese anuncio, habrá que registrarse en el portal, donde se deberá indicar a qué País se apoya.
La FIFA sorteará los boletos para partidos de ronda y eliminatoria entre los registrados como sigue: cada País de los 32 que califiquen tendrá derecho al 12% de las entradas para los partidos de su equipo en la primera ronda y al 8% para las rondas posteriores (las de eliminatoria directa) a las que avance.
Por ejemplo, un mexicano registrado participará en el sorteo de boletos de los partidos que México dispute: los tres de serie de grupo (primera ronda) y cada uno de rondas a que se avance, desde octavos hasta la final.
Una vez comprados los boletos con la FIFA, hospedaje y vuelo se pueden adquirir por cuenta propia o a través de cualquier agencia convencional de viajes, y así la compra será la más adecuada a las necesidades particulares.

Rascacielos, playas y jungla

São Paulo es la mayor metrópolis en las Américas; es una verdadera jungla de cemento y fuente inagotable de aventuras y sitios para explorar. Un recorrido por la famosa Avenida Paulista permite tener una clara idea del tamaño de la ciudad, con sus enormes rascacielos e incesante ir y venir de gente. Si se siente agobiado, el cercano barrio de Jardins, con sus elegantes mansiones y pequeñas plazas ofrece un buen respiro. Allí se encuentra también la exclusiva rúa Oscar Freire, llena de lujosas boutiques y simpáticos cafés.
Si de cultura se trata, ninguna otra ciudad brasileña tiene una oferta tan completa como São Paulo: ahí están el Museo de Arte de São Paulo (MASP), la Pinacoteca del Estado de Saõ Paulo, el Museo de Arte Moderno (MAM), el Museo Brasileño de Escultura (MuBE), el Museo de la Lengua Portuguesa, el Museo de Ipiranga, con sus hermosos jardines franceses, y, para fanáticos del “jogo bonito”, el Museo del Futbol.
El Centro de la ciudad, donde se concentra la actividad financiera con la Bolsa de Valores, encierra también fantásticas vistas de la urbe, sobre todo desde los miradores del Edificio Italia y del Edificio Banespa. Muy cerca también se halla la imponente Catedral da Sé, la bellísima Estación da Luz, el colorido Mercado Municipal, y el siempre fascinante barrio de Liberdade, hogar de la comunidad japonesa más grande fuera de Japón, con restaurantes excelentes.
Para caminar agusto o descansar, nada mejor que el Parque Ibirapuera, el corazón verde de São Paulo. Y para divertirse, es cuestión de elegir alguno de los innumerables bares y restaurantes de los barrios de Vila Madalena, Pinheiros o Itaim Bibí.
Belo Horizonte
La pujante capital del Estado de Minas Gerais brinda al visitante el entorno arquitectónico de una gran ciudad con un ritmo más tranquilo.
Imperdibles en su centro son la Praça da Liberdade y la Catedral Nossa Senhora da Boa Viagem. Pero la mayoría de los turistas prefieren ir directamente al Conjunto Arquitectónico de Pampulha, en el norte, diseñado por el legendario Oscar Niemeyer y dominado por la interesantísima Iglesia de São Francisco.
Quienes quieran ver algo distinto, sin embargo, podrán usar Belo Horizonte como base para visitar el bellísimo Centro de Arte Contemporáneo de Inhotim, en la localidad de Brumadinho, a unos 60 kilómetros de la capital. Allí, en un inmenso parque con jardines se encuentra una de las colecciones más importantes de arte contemporáneo brasileño, reunida por el empresario Bernardo Paz.
Otra experiencia inolvidable, a unos 100 kilómetros de Belo Horizonte es la ciudad de Ouro Preto, una joya de la arquitectura barroca, con románticas vistas, calles adoquinadas y bellísimas iglesias.
Porto Alegre
Diversas oleadas de inmigrantes alemanes, italianos, españoles, polacos, libaneses y africanos han hecho de la capital del Estado de Río Grande una de las ciudades más vibrantes del Sur de Brasil, con una variada arquitectura, gastronomía y oferta cultural. En el corazón de Porto Alegre, el Monumento a los Azoreños es un buen punto de partida para recorrer los espacios verdes de la ciudad, entre los que se destacan el Parque Farroupilha y el Parque Moinhos de Vento, con innumerables cafés y restaurantes en sus cercanías.
También en la zona céntrica se ubican el entretenido Mercado Público, el hermoso Teatro São Pedro -el más antiguo de la ciudad-, y el corredor cultural delineado por la Casa de Cultura Mario Quintana, el Museo de Arte de Río Grande do Sul, el Santander Cultural y el vanguardista Centro Cultural Usina del Gasómetro, sitio ideal para disfrutar del atardecer sobre el Lago Guaíba.
Ya más lejos, vale la pena trasladarse hasta la sede de la Fundación Iberê Camargo, dedicada a la obra de este reconocido artista local, instalada en un moderno edificio diseñado por el prestigioso arquitecto portugués Álvaro Siza.
Salvador
Por su gran riqueza cultural y social, la capital del Estado de Bahía es todo un imán para cualquier visitante de Brasil. Por sus calles se respira historia, y la música de raíces africanas invade casi cualquier rincón.
Salvador, el primer punto de desembarco de cientos de miles de esclavos africanos en América, mantiene viva y con orgullo toda su herencia negra, sobre todo en el barrio colonial del Pelourinho, en la parte alta de la ciudad. Allí se encuentran hermosas iglesias barrocas, como la propia Catedral, la Iglesia de São Francisco, y la Iglesia Nossa Senhora do Rosário dos Pretos, que conforman parte del Centro Histórico declarado patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
Explorar sus adoquinadas calles significa toparse con grupos de capoeira en una esquina o con el bloco de percusión Olodum en otra, para luego adentrarse en el Museo Afro-Brasileño y terminar en la antigua Casa de Jorge Amado, uno de los escritores más queridos de Brasil.
Para descender a la parte baja de la ciudad, sobre la Bahía de todos los Santos, conviene utilizar el panorámico Elevador Lacerda, que lleva hasta casi las puertas del Mercado Modelo, conocido por sus tiendas de instrumentos musicales y artesanías, y el vibrante puerto de Salvador.
A pocos kilómetros, sobre la costa, que incluye relajadas playas que van desde Inema hasta Flamengo, se levanta el Faro de la Barra, lugar ideal para ver el atardecer con una cerveza en mano.
Manaus
El sólo nombre de la capital del Estado de Amazonas sugiere exotismo. Manaus es una ciudad que se levanta en el medio de la jungla, y como tal es una plataforma obligada para adentrarse en la selva amazónica.
Quienes llegan hasta aquí no pueden dejar de visitar el impresionante Teatro Amazonas, la ópera de la ciudad, construida en 1896, cuando Manaus soñaba con convertirse en la “París de los trópicos”, gracias al boom del caucho. Otras grandes construcciones de esos tiempos gloriosos perduran, como el centro cultural instalado en el Palacio Río Negro, la iglesia São Sebastião, el Mercado Municipal y la Aduana. Hoy, sin embargo, Manaus es también una ciudad moderna, con altos edificios, como los que se levantan en las cercanías de la popular Playa de Ponta Negra.
El puerto, con su intensa actividad, es un paso obligado para los que explorarán la cuenca del río Amazonas; antes, bien vale ir en excursión hasta el llamado Encuentro de las Aguas, donde confluyen, sin mezclarse, los ríos Negro y Solimões, en un extraño fenómeno natural. Para quienes irán a alguno de los tantos lodges y campamentos que hay en la selva puede resultar muy útil primero visitar el Museo del Indio, para entender mejor la forma de vida y la cultura de las comunidades indígenas locales.
Fortaleza
Aunque la capital del Estado de Ceará esté rodeada de playas, no todas ellas son recomendables para el baño. Sí lo es la popular Praia do Futuro, que ofrece un mar limpio y numerosas “barracas” para disfrutar el día.
En el centro, es recomendable visitar las plazas Ferreira y General Tibúrcio, rodeadas de finos edificios históricos, como el elegante Cine São Luiz, el Museo del Ceará, la Academia Cearense de Letras, la Iglesia del Rosário, primer templo de la ciudad, y la Fortaleza Nossa Senhora da Asunçao. Cerca de allí, el Teatro José de Alencar ofrece un eximio ejemplo del art nouveau, mientras que la avenida Beira Mar es escenario de una pintoresca feria de artesanos.
En la playa de Iracema, en tanto, un punto de visita obligado es el Centro de Arte y Cultura Dragón del Mar, que alberga varios museos, una biblioteca y un planetario. Mientras que el Puente de los Ingleses es base hoy para un centro de protección de delfines y una torre de observación de cetáceos.
Recife
Conocida tradicionalmente como la Venecia brasileña por estar cercada por ríos y atravesada por varios puentes, Recife hoy se debería llamar la Manhattan de Brasil por la gran cantidad de rascacielos que han surgido en la ciudad en las últimas dos décadas.
De cualquier forma, la capital del Estado de Pernambuco todavía permite perderse entre algunas construcciones históricas ahora transformadas en centros culturales, además de iglesias y sinagogas. Se destacan entre ellas la bellísima Praça Río Branco, la Capilla Dorada, la Iglesias del Santísimo Sacramento, la Iglesia de la Concepción de los Militares, la sinagoga Kahal Zur Israel -la más antigua de América-, el Mercado de São José, y el Patio de São Pedro.
En sus bellas playas, como la Praia da Boa Viagem, no se recomienda el baño más allá de los arrecifes por la gran concentración de tiburones. Para sentirse más seguro, tal vez muchos prefieran los paseos en catamarán por los ríos Beberibe y Capibaribe.
Para quienes quieran una vuelta al pasado, nada mejor que cruzar hasta la localidad vecina de Olinda, considerada una de las más bellas ciudades coloniales de Brasil, famosa por su carnaval y por edificios como la Iglesia de Nossa Senhora do Carmo, el Convento de San Francisco y el Monasterio de San Benedicto.
Cuiabá
Puerta de entrada a la llanura aluvial del Pantanal, considerada una reserva de la biósfera por la UNESCO, Cuiabá, la capital del Estado de Mato Grosso, posee un centro histórico interesante, dominado por su Catedral gótica, inspirada en Notre Dame de París, y en el que vale la pena visitar también el Arsenal de Guerra y el Casarao do Tesouro.
Conocida como “ciudad verde”, Cuiabá posee una gran cantidad de parques, entre los que se destacan el Parque Zé Bolo Flo, el Parque Estadual Mao Bonifácia y el Parque Municipal Lagoa Encantada. 
Sin embargo, la mayoría de los visitantes prefiere quedarse poco tiempo en la ciudad y encarar directamente la naturaleza en el Pantanal, o en el Parque Nacional de la Chapada dos Guimarães, a unos 70 kilómetros de la capital, con sus innumerables cascadas y formaciones rocosas, ideales para el ecoturismo.

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