El monto de las remesas llega a un nuevo récord de 51 mil millones de dólares. En los medios financieros se celebra como un logro o un alivio económico para millones de familias. Incluso en Palacio lo anuncian como si fuera mérito de nuestro Gobierno. Si nos fijamos bien, es todo lo contrario: una vergüenza nacional.
¿Por qué en Estados Unidos nuestros paisanos pueden ganar por lo menos 5 veces más que aquí? La única razón es la productividad de la economía norteamericana. Décadas de inversión, de libertad económica, reglas claras e imperio de la ley logran que el capitalismo moderno dé frutos. Aquí todo sucede al revés. Los defectos más feos de nuestra cultura afloran en una época donde los incentivos son contrarios a lo que el país necesita.
Si tomamos por ejemplo la nueva ley que “legaliza” a 2 millones de vehículos que llegaron al país de contrabando, sabemos que ya hay caravanas de autos y camionetas entrando al país. El primer mensaje es que aquí las leyes son de mentiras. Quienes cometieron el delito de contrabando son premiados; quienes compran un vehículo usado legal son castigados.
El argumento del Gobierno es demasiado sencillo: hay muchas familias que no podrían tener un carro barato si no fuera por los “chuecos”. Además, si se cobran 2 mil 500 pesos por legalizarlos, entrará dinero a las arcas públicas.
En el fondo hay una motivación político electoral para Morena. Serán dos millones de votantes agradecidos. Si de verdad se quisiera legislar para beneficiar a las familias que no pueden comprar un coche usado, el Gobierno debería abrir las fronteras a la libre importación de autos usados con el arancel que fuera conveniente. Piso parejo para todos.
Para las fábricas instaladas en el país que dan cientos de miles de empleos es un duro golpe a su mercado. Las armadoras venderán menos autos y los seminuevos perderán valor. Castigo a quien paga IVA, ISAN, ISR, invierte y da empleos formales. Premio a quienes violaron la ley.
Si volvemos a las remesas, en Guanajuato se recibieron unos 4 mil 300 millones de dólares el año pasado. Equivalen a un 9% de toda nuestra producción. Sin esos recursos habría más sufrimiento y hambre. La economía norteamericana crece y necesitará más mexicanos para detener la inflación, cuidar a los ancianos, conducir los tráileres, cocinar en los restaurantes, mantener limpios jardines públicos y privados o ayudar en los rastros. El tráfico de personas aumentará y una parte de esas remesas serán recicladas para pagar el ingreso ilegal a Estados Unidos. Será una bonanza para los “polleros”.
Contra lo que todo mundo piensa, los norteamericanos tendrán que abrir las fronteras tarde o temprano, no es asunto de voluntad política o generosidad humanitaria. Es un tema demográfico. Nuestro vecino detuvo su crecimiento durante la pandemia, y con el cambio generacional, no habrá suficiente gente para ser competitivo frente a China o la India.
Mientras allá la economía crecerá a un 3 o 4%, aquí estamos parados con una “recesión técnica” que impide una mejora en el mercado interno, que limita las posibilidades de desarrollo y “bienestar”. Bien lo había pronosticado el banco BBVA la semana pasada. Sin duda seguimos arrastrando las complicaciones del COVID-19, pero también hay un desánimo generalizado en los inversionistas a quienes les cambiaron las leyes por pura arbitrariedad (Texcoco) y capricho nacionalista. Quienes aún creen que Estados Unidos es un país imperialista ventajoso, deberían pensarlo dos veces. Sin las remesas, sin nuestras exportaciones por el T-MEC estaríamos mucho peor, tal vez como Honduras o Nicaragua.