La explicación para necios es que los movimientos y los cambios en la sociedad los hace “el pueblo bueno y sabio”. Pero si se le exige al cerebro un poco más de esfuerzo, se llegará a las conclusiones de Vilfredo Pareto, sociólogo y filósofo italiano de principios del siglo XX, que planteó la Teoría de Élites. Luego le seguirían el alemán Robert Michels y el también italiano Gaetano Mosca el cual describiría a las élites como minoría organizada y al pueblo como mayoría desorganizada. Conclusión: son las élites las percutoras de los cambios profundos en la colectividad.
Para la ciencia política, esta nueva óptica para entender el funcionamiento comunitario y el poder, resultó tan importante como el descubrimiento del electrón para la física. Cuando analizamos el fenómeno político bajo este método, se llega a conclusiones muy claras y elegantes para entender la realidad. Cualquier estatus es sustentado por una élite y esta condición cambia a causa de la formación de una contraélite que desencadena cambios y transformaciones. La historia, como siempre, nos proporciona buenos ejemplos.
Así podemos observar nuestro proceso de independencia del Imperio Español, entendiendo los intereses comerciales de las élites novohispanas. La invasión napoleónica a España dio la pauta para buscar nuevos horizontes. En 1820 se dio el pronunciamiento militar de Rafael del Riego, reinstaurando la Constitución de Cádiz cancelada por el rey Fernando VII. La llegada al poder de los liberales hispanos no gustó a las élites de la Nueva España. Por ello, las ideas independentistas fueron retomadas por los criollos y la Iglesia, apoyando la separación y firmando el Acta de Independencia del Imperio Mexicano.
En el ocaso del porfirismo, un grupo progresista de burgueses inició un movimiento antirreeleccionista. Surgió una contraélite frente al grupo de los “científicos” porfiristas, que acabó desplazado por un nuevo gobierno encabezado por Francisco Madero. Así podríamos buscar muchos más ejemplos, pero estos esclarecen el método.
Ahora pongamos la lupa en Guanajuato en los años ochenta del siglo pasado. Encontraremos la conformación de una contraélite, formada por jóvenes empresarios, listos para arrancarle el poder al vetusto PRI, luego de 60 años de reinado. La victoria que entregaba al PAN el mayor municipio del estado, León, dejó en claro que el movimiento se extendería a las principales ciudades guanajuatenses y con ello, se propiciaba la posibilidad de ganar el gobierno estatal en la siguiente elección. El gobernador Corrales Ayala evidenciaba miedo y torpeza, sumado al poco apoyo del nuevo presidente de la República. Por su parte los liderazgos de Carlos Medina Plascencia, Vicente Fox y José Mendoza Márquez, entre otros, apoyados por las nuevas generaciones empresariales, se agruparon en torno al Partido Acción Nacional como vehículo electoral. Con nuevas ideas y utilizando formas nuevas de mercadotecnia y comunicación, vencieron al gigante con pies de barro. La contraélite sustituyó al antiguo corporativismo tricolor, dando inicio a un largo periodo de gobiernos panistas.
Pero nada es eterno. Desde lejos se pueden observar detalles curiosos. Vemos como España antes de perder México, era representada por un monarca bobo y derrotado, Fernando VII; Madero tuvo que verse las caras con un Porfirio Díaz octogenario y los liderazgos ochenteros de León y otras ciudades del Bajío, enfrentaron y vencieron a un Rafael Corrales Ayala, temeroso de todo. Hoy encontramos esos signos de deterioro institucional que se evidencia en un gobernador ausente, distante y distraído, que ha dejado la conducción de Guanajuato en manos de segundones. Hay una certidumbre: si no fuera por la amenaza del obradorismo, seguramente la reciente elección la hubiera perdido el PAN a manos de otro partido.
Hoy no hay espacio de maniobra para la próxima gobernadora. La contraélite ya es vigente y no coincide con la forma de operación del actual gobierno y su propensión a continuar nutriendo la nefasta economía de compadres en la que se han desarrollado, a sus anchas, los últimos gobernantes.
Y la puntilla aparece donde menos se piensa: el intento de eliminar un fideicomiso pactado con los empresarios para ayudar a entidades ciudadanas a implementar programas sociales. La agresión de Diego Sinhue a los líderes empresariales es el punto final a una relación de confianza que ha desaparecido. Por lo pronto, la contraélite deberá establecer un plan y llevarlo a cabo para impulsar un nuevo pacto, que ponga coto al grosero autoritarismo que se intenta sostener. Que lo sepa el gobierno, o cambia o cae.
RAA