El colapso de gobiernos por ser estados débiles o fallidos, los conflictos y tensiones no resueltas entre grupos étnicos y religiosos, las intervenciones extranjeras y ocupaciones militares, la radicalización de poblaciones por desigualdad económica y social con migración forzada y desarraigo comunitario, las interpretaciones extremas de la religión, los movimientos ultranacionalistas, anarquistas o supremacistas con propagación de mensajes extremistas, la facilidad para adquirir armamento, el resentimiento a la globalización, la percepción de amenazas a los valores culturales o económicos de las poblaciones, la propagación de “fake news” y represión excesiva, son los hacedores de una tierra fértil para eventos considerados como terroristas.

Hechos como los ocurridos en los últimos días en Alemania, Nueva York, Las Vegas o Nueva Orleans, sumados al histórico de ataques y atentados a nivel internacional, incluidos (aunque negados) los que ocurren actualmente en nuestro país, hacen notar la necesidad de sistemas integrados para ofrecer respuestas eficientes ante situaciones de emergencia como explosiones, ataques armados, químicos o biológicos, coordinados por los elementos de seguridad nacional, protección civil y salud pública.

La capacitación, formación específica, inversión en infraestructura y logística para atender este tipo de contingencias, debería ser capaz de montar, entre otros muchos elementos, sistemas de “triage” o priorización de pacientes por gravedad, con protocolos de atención prehospitalaria, manejo de heridas y hemorragias, inmovilización de fracturas, soporte respiratorio y maniobras de reanimación avanzadas. En el caso de contingencias químicas, deberíamos ser capaces de contar con salas herméticas con capacidad de descontaminación o sistemas de filtración de aire, así como equipos de protección personal para sustancias volátiles, corrosivas o tóxicas, disponibilidad de antídotos o neutralizantes y para el caso de agentes biológicos tener personal clínico con destrezas de diagnóstico diferencial y de asociación epidemiológica para identificar patrones de infecciones sospechosas, así como vacunas y medicamentos antimicrobianos con disponibilidad inmediata.

En el caso de la coordinación interinstitucional, las fuerzas armadas, protección civil, seguridad pública y sistemas de salud, deberían ser capaces de liderar evacuaciones, establecer perímetros de seguridad, brindar atención inmediata, desplegar unidades móviles y ambulancias, contar con laboratorios de referencia y especialización en disciplinas químicas y de agentes infecciosos y un sistema integrado de información para vigilancia epidemiológica y trazabilidad de casos.

Sin embargo, la capacidad de respuesta en nuestro país ante situaciones de emergencia como las antes señaladas, está limitada por infraestructura deficiente, recursos limitados y pobre o nula preparación de los involucrados en la respuesta. Por lo anterior, fuera de alarmismos insensatos, sino más bien como respuesta a una realidad trastocada, es necesario incrementar la capacidad de los sistemas de respuesta de emergencias en todos sus niveles y dependencias, con inversión en infraestructura hospitalaria, laboratorios, reservas estratégicas de medicamentos e insumos, promoción de simulacros y alianzas internacionales para adquisición de tecnología y adhesión a las mejores prácticas. El hecho de permanecer en una pasiva negligencia para la prevención, por una falta de políticas efectivas para atender las consecuencias de la violencia, incrementa el riesgo de nuevos eventos y de que estos sean cada vez de mayor magnitud e impacto.

El mundo está entrando a una vorágine muy peculiar por decir lo menos; por lo tanto, México debe estar preparado para fortalecer su capacidad de respuesta, con afán de reducir las consecuencias de estos eventos para las poblaciones. No es tema menor y debe ser ahora parte de la agenda de gobiernos y ciudadanos. Es tiempo.

Dr. Juan Manuel Cisneros Carrasco, Médico Patólogo Clínico. Especialista en Medicina de Laboratorio y Medicina Transfusional, profesor universitario y promotor de la donación voluntaria de sangre.

 

RAA

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