La esencia de un mundo globalizado radica en facilitar la interacción comercial y el libre flujo de mercancías entre países. Sin embargo, cuando se imponen barreras arancelarias, por razones ideológicas o económicas, el intercambio comercial se reduce, aumentan los costos de importación, se generan represalias comerciales y se exacerban presiones inflacionarias. 

Con la agresión arancelaria de Donald Trump, el T-MEC corre el riesgo de convertirse en un instrumento meramente testimonial de una era que concluyó, incapaz de cumplir su propósito original ante la creciente tendencia proteccionista de Estados Unidos. Aunque las imposiciones arancelarias de Trump parecen espasmódicas y erráticas, en realidad podrían formar parte de una estrategia para reconfigurar el orden económico mundial mediante la fragmentación comercial.

La avalancha de imposiciones tiene un precedente histórico en la Ley de Aranceles del presidente Herbert Hoover en 1929. Este decreto elevó drásticamente los aranceles sobre las importaciones extranjeras con el objetivo de proteger la industria y la agricultura estadounidenses. Sin embargo, provocó represalias comerciales, redujo drásticamente el comercio global y exacerbó la Gran Depresión y la caída de Wall Street.

Castigar a México con aranceles por no detener el tráfico de drogas y la migración ilegal, parece un pretexto. Así, detrás de los aranceles se esconde otra realidad: La intención de un nuevo orden mundial cargado de doctrina supremacista, individualista, en el que Estados Unidos reduzca su dependencia de las importaciones y fortalezca su manufactura interna. “America First” y “Make America Great Again”.

Desde su primer mandato, Trump ha estado respaldado por asesores nacionalistas como Peter Navarro y Robert Lighthizer, quienes han promovido un proteccionismo agresivo y una visión excluyente del comercio global. Navarro, impulsor del eslogan “América First”, que defiende una postura nacionalista con tintes xenofóbicos, mientras que Lighthizer argumenta que EE.UU. debe reducir su dependencia de las cadenas de suministro globales. Ambos abogan por una política comercial globalifóbica basada en la confrontación, reforzando la idea de un Estados Unidos autosuficiente, blanco, supremacista y hostil a la globalización. Recordemos a Elon Musk ostentando un saludo “facho”, nazi, sin disimulo alguno. 

La guerra comercial iniciada en 2018 no logró un éxodo de empresas estadounidenses de China. Ahora, con una nueva escalada arancelaria, Trump parece estar implementando un “shock comercial” para forzar el regreso de la producción a territorio estadounidense. Esta apuesta busca fortalecer sectores estratégicos y consolidar la manufactura como pilar del crecimiento económico, recordando las políticas proteccionistas de Hoover.

Bajo la consigna nacionalista y racista de “Make América Great Again”, supremacismo blanco, Trump incentiva subliminalmente la producción y el consumo de bienes nacionales. Para reforzar esta estrategia, ha propuesto reducir el ISR del 22% al 15% para aquellas empresas que produzcan en suelo estadounidense. Además, la inflación inducida por los aranceles, podría justificar nuevos recortes fiscales y subsidios a sectores clave, fortaleciendo el proteccionismo y consolidando el poder económico nacionalista dentro de EU.

El caos comercial que generarán estas medidas, favorecerá a ciertos sectores industriales que buscan eliminar la competencia externa y consolidar su dominio. Aunque los consumidores se verán perjudicados por el alza de precios, el proteccionismo beneficiará a industrias estratégicas como la militar, la manufacturera y la agrícola, fundamentales para la base electoral del Presidente. Tiene que darles algo a sus bases duras, su imagen política se ha construido sobre la premisa de “romper el establishment”, y la disrupción del orden económico tradicional.

También, Trump podría estar apostando por el expansionismo territorial, Canal de Panamá, Canadá, Groenlandia, tierras raras en Ucrania y Gaza; además, por la fragmentación económica, la presión comercial y la repatriación industrial. No obstante, esta estrategia conlleva riesgos significativos, comparables a los de la Gran Depresión de 1929. Si su plan tiene éxito, el mundo podría entrar en una nueva era de proteccionismo extremo, guerras comerciales, desaceleración económica y recesión. Pero, a todo esto, ¿quién pagará los aranceles? Se absorberían de manera cuatripartita entre: devaluación de moneda, vendedor, comprador y consumidor. 

 Aunque sus decisiones parecen caóticas, podrían estar diseñadas por su equipo de sus ideólogos, para moldear un nuevo orden económico global. La pregunta es si la diplomacia del mundo será suficiente para enfrentar a la ultraderecha norteamericana, supremacista y racista, o el mundo deberá agachar la cabeza ante el nuevo orden global: Aranceles, poder y supremacía, con EU a la cabeza.

 

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