Confieso, me gustan los calcetines de colores.
En un mundo lleno de taaantos problemas, un poco de alegría -aunque sea en los pies- nunca está de sobra.
Pues resulta que cerró el negocito donde los compraba.
Y la neta, no es fácil encontrarlos en tiendas departamentales. Para no hacerte el cuento largo, encontré unos “calcetines divertidos” en una de las plataformas. ¿El costo? 600 pesos por 4 pares.
150 pesitos por par, nada mal.
Francamente por ese precio no esperaba mucho.
Me la jugué y terminé sorprendido… para bien.
No, qué digo, para muuuy bien.
Padrísimos los “Skunk Socks”: efectivamente, divertidos y también de bastante buena calidad.
Pero lo que más me llamó la atención es algo al estilo “Jerry MaGuire”. ¿Te acuerdas de la escena final? Cuando Tom Cruise se echa un discurso para recuperar a su esposa, Renée Zellweger?
En medio del rollote, ella lo interrumpe: “¡Cállate! ¡Cállate! Era tuya desde que dijiste hola…” (You had me at hello!, vela en nuestros sitios).
Bueno, pues estos calcetines “me tenían desde el empaque”.
Se lucieron. Vienen en una caja con rollitos de hule espuma (como si hubiera recibido una escultura de cristal) y luego adentro otra cajita de colores, bien bonita. Y adentro de ésta, perfectamente bien enrollados y acomodados, los 4 pares de calcetines. Pero no sólo eso, incluyeron tres minicalcomanías acorde a los calcetines, muy simpáticas.
Y aparte una tarjetita con un mensaje excelente: “Por el talento de su gente, sus colores, su cultura y por el cambio que todos queremos lograr. Al usar Skunk Socks formas parte de los que transforman la economía de nuestro país a través de pequeñas acciones, como la que acabas de realizar al elegir productos mexicanos”.
Hombre, el esmero y la atención al detalle parecían de un iPhone.
Pero no, eran unos calcetines de 150 pesos el par… y aparte entregados en mi casa sin costo alguno.
Fantástico.
Me tenían desde el empaque.
Parece inocuo, no lo es.
Tomemos algunas lecciones al respecto de unos genios del empaque, precisamente de Apple.
La fabulosa biografía de Walter Isaacson sobre Steve Jobs menciona tres principios de marketing del gigante de Cupertino.
Los primeros quizá ya los conoces: empatía con el cliente (conocer sus necesidades mejor que nadie) y enfoque (eliminar lo no vital).
Valiosos, apúntalos.
Pero el tercer principio quizá te sorprenda, dice Isaacson:
“Es igual de importante y tiene un nombre raro: imputación (impute). Enfatizaba que las personas forman su opinión sobre una empresa o producto basándose en las señales que transmite”.
Remata Sir Walter: “La gente juzga un libro por su portada. Podemos tener el mejor producto, la más alta calidad o el software más útil, pero si los presentamos de forma chafa, nos verán como chafos. Si los presentamos de forma creativa y profesional, imputaremos las cualidades deseadas”.
Exacto.
El empaque pesa.
O como bien dice el refrán: no hay una segunda oportunidad para causar una buena primera impresión.
Por cierto, lo que aplica para un producto aplica para una persona.
Idéntico: tu empaque cuenta.
Por lo tanto, pregúntate inmediatamente: ¿cómo está el empaque de tus productos? ¿Y tu empaque?
Haz un diagnóstico preciso. Compárate con tu competencia. Compárate con los mejores del mundo. Realiza tu benchmark.
Y, luego, toma cartas en el asunto: corrige y ajusta.
Un apunte final clave: el empaque te captura, pero el producto te convence. Aunque es lo primero que ves, desde el punto empresarial el empaque va hasta el último.
Primero va el producto.
Y si el producto es chafo, ni el mejor empaque mantiene al cliente.
Por lo tanto, y sorry por ser obvio, antes que nada confirma que tu producto, servicio o tu persona cumplan o excedan todas las expectativas de tus clientes en precio, calidad y condiciones.
Así capturas al cliente con el empaque y lo mantienes con tu producto.
Porque, OJO, si los calcetines se agujeran, tu negocio también.
En pocas palabras…
“La calidad sin resultados no tiene sentido”.
Johan Cruyff, crack del futbol mundial.
@jorgemelendez