Los seres humanos caminamos por la vida con una expectativa tan simple que debería ser universal: vivir lo suficiente. No se pide vivir eternamente, solamente lo suficiente. Se pide vivir lo que la estadística nos prometió, lo que la biología permite y lo que la sociedad (se supone) debería garantizar. Sin embargo, resulta que en México esa expectativa ahora es un lujo, un derecho a reclamar.
La esperanza de vida del mexicano bajó y en este tema cualquier cifra es un desplome. Ahora, esta esperanza cayó no por causas misteriosas o inevitables, al contrario, la muerte vino acompañada de lo que más abunda en el país: lo prevenible. Esa circunstancia que debería indignarnos, pero que ya suena a mero trámite: muertes evitables, adelantadas o las que “no tocaban todavía”.
La pandemia del COVID dejó su marca, golpeando a ese sistema de salud frágil, improvisado, recortado y sometido a decisiones que parecían hacer competir sobre quién podía negar más rápido la realidad. Pero, uno podría pensar (ingenuamente quizá) que después de ese golpe aprenderíamos algo. Desafortunadamente, aprendimos nada. La pandemia fue una advertencia, pero actuamos como si hubiera sido una recomendación opcional.
Mientras tanto, las muertes prevenibles siguieron multiplicándose: casos de niños fallecidos por sarampión, tosferina y otras enfermedades que habían sido desterradas hace décadas. ¿Faltaron vacunas? ‘¿Faltó prevención? ¿Qué demonios pasó? Ahora, se sumó también la violencia, esa vieja conocida tan ya instalada en nuestra vida cotidiana que ya forma parte del paisaje: “es que estaba en el lugar equivocado”, “no debió de haber tomado carretera, ahí asaltan”, “no debió de salir de noche”, son frases que se dicen como si existiera un lugar correcto cuando ahora el riesgo es ubicuo o como si la muerte violenta fuera un fenómeno meteorológico “no salgas, porque hoy parece que van a llover balas”.
Todo esto ocurre mientras seguimos pretendiendo que “vamos bien” y “no pasa nada”. Seguimos achacando que la esperanza de vida bajó, porque así tenía que ser y no por que la violencia, la pésima cobertura de salud, el desabasto, la negligencia institucional y la normalización de las tragedias no siguieran aquí, respirándonos en la nuca.
Seamos sinceros, estimado lector, todos esperamos vivir cierto tiempo. Todos creemos (o creíamos) que llegaríamos a viejos. Pero en México, el llegar a la otra orilla cada vez tarda menos. Ahora, lo peor no es que esto esté sucediendo, sino que parece ser que nadie se está dando cuenta o nos damos cuenta, pero estamos resignados, como si ver morir niños por enfermedades prevenibles no fuera suficiente para detenerlo todo, como si enterrar jóvenes no fuera motivo para repensar la patria.
Lo trágico no es solamente que la esperanza de vida haya disminuido, lo trágico es la indiferencia o esa capacidad que hemos desarrollado para convivir con la muerte como si fuera un huésped “incómodo”. Hemos dejado de esperar vivir lo suficiente y nos conformamos con que la muerte “no nos toque antes de tiempo”. Estamos jugando una especie de lotería macabra, donde el premio es seguir existiendo.
El verdadero desastre no es solamente la estadística, es el colapso de nuestra civilidad. Una nación que tolera la muerte, que tolera la violencia, que es insensible a la corrupción o negligencia, es una nación que ha olvidado que la vida, debería aspirarse a vivirse completa.
Lector: si esto no lo vemos, no lo exigimos, gritamos, reclamamos, entonces la otra orilla, el cruzar al otro lado, estará cada vez más cerca, mucho más de lo que creemos.
*Médico Patólogo Clínico. Especialista en Medicina de Laboratorio y Medicina Transfusional, profesor universitario y promotor de la donación voluntaria de sangre