A casi 100 años del inicio de la gesta Cristera, rescatar la historia de los mártires sigue siendo una tarea pendiente

En León de Guanajuato, en agosto de 1927, cuando la persecución religiosa alcanzaba su punto más álgido, un zapatero de 37 años llamado Florentino Álvarez enfrentó su destino con una serenidad que desafía nuestra comprensión contemporánea. Era presidente de un sindicato católico de obreros, y su historia, como la de miles de mártires cristeros, permanece sepultada en el olvido institucional que caracteriza nuestra relación con uno de los episodios más dolorosos de la historia mexicana del siglo XX.

El 7 de agosto de 1927, mientras Florentino impartía una conferencia de carácter social en las oficinas de su sindicato, el general Daniel Sánchez irrumpió acompañado de varios militares. Cuando le cuestionó si él y sus compañeros eran partidarios del grito “Viva Cristo Rey”, Florentino respondió que no eran sinvergüenzas, sino trabajadores honrados que toda la sociedad leonesa conocía, y que se reunían no para conspirar sino para procurar su bienestar moral y económico. La indignación del general fue inmediata. Una bofetada hizo sangrar a Florentino, y cuando los obreros se levantaron para defenderlo, él los contuvo con un ademán imperioso y gritó: “¡Viva Cristo Rey!”.

A la mañana siguiente, los habitantes de León presenciaron una escena que quedaría grabada en la memoria colectiva: una caravana de obreros altivos y serenos, marchando por las calles gritando con entusiasmo “¡Viva Cristo Rey!”. Una vez en la cárcel, sin proceso, sin forma legal alguna, permanecieron aglomerados en los infectos calabozos durante tres días. Las personas pudientes de León, algunos abogados, intentaron gestionar su libertad. No consiguieron nada.

Toda la noche del 9 de agosto la pasaron orando. En la madrugada del día 10, un soldado gritó: “Florentino Álvarez que venga”. Sus compañeros se acercaron presurosos, pero él simplemente respondió: “Nada, que llegó mi hora. Adiós, oren por mí, y no olviden lo que hemos tratado juntos en las sesiones. Yo pediré por ustedes”. Los soldados lo condujeron a pie a las afueras de la ciudad. Florentino oraba en voz alta, los soldados le pegaban en la boca para que callara, pero él continuaba. Llegados al lugar del suplicio, un soldado le preguntó quién vivía, y él respondió: “¡Viva Cristo Rey y Viva la Virgen de Guadalupe!”. Una descarga lo abatió al fin.

Al día siguiente circulaba por León esta esquela mortuoria: “El señor D. Florentino Álvarez, originario de León, Gto., murió Confesando a Jesucristo, a la edad de 37 años, el día 10 de agosto de 1927. Su madre, esposa, parientes y amigos, con inmenso regocijo, lo participan a usted, para que pida por el Triunfo de la Religión en México, poniendo por valioso intercesor el alma de Florentino”.

Esta historia representa apenas una gota en el mar de sangre que se derramó durante la Guerra Cristera en Guanajuato. Nuestro estado fue uno de los epicentros de aquel conflicto, y prácticamente todos nuestros municipios tienen sus propios mártires. Sin embargo, casi un siglo después, el martirio de Florentino Álvarez y el de miles como él permanece ausente de nuestros libros de texto, de nuestros museos, de nuestra memoria institucional.

El olvido no es accidental, es sistemático. Durante décadas, la historiografía oficial construyó un relato en el cual las víctimas de la persecución religiosa simplemente no tenían cabida. Se presentó a los cristeros como fanáticos reaccionarios, ignorando las causas sociales, económicas y culturales profundas que motivaron su levantamiento. Se silenció el testimonio de hombres como Florentino Álvarez, cuya militancia sindical católica representaba esa síntesis entre fe religiosa y compromiso social que el Estado revolucionario pretendía monopolizar.

Lo más preocupante es que este olvido persiste en pleno siglo XXI, incluso a nivel municipal. Desde hace casi dos años he solicitado una audiencia con la presidenta municipal de León, Alejandra Gutiérrez, para exponerle la necesidad de rescatar otra historia fundamental: la de los Mártires de la Brisa, cuyo sacrificio ocurrió en la calle Palo Cuarto de nuestra ciudad. Hasta la fecha se ha negado a recibirme. Esta actitud resulta profundamente decepcionante viniendo de la autoridad municipal de una ciudad que fue escenario central de la persecución cristera.

Rescatar la memoria de Florentino Álvarez y de los mártires cristeros no implica glorificar la violencia ni adoptar una postura confesional excluyente. Implica reconocer que miles de mexicanos, movidos por convicciones religiosas profundas y por un sentido de dignidad personal, prefirieron entregar su vida antes que renunciar a sus creencias. Implica reconocer que el conflicto cristero fue una tragedia nacional que enfrentó a mexicanos contra mexicanos, y que todas las víctimas merecen ser recordadas con respeto.

Como estado, Guanajuato debe asumir la responsabilidad de documentar, preservar y difundir la memoria histórica de la Guerra Cristera. Esto requiere crear archivos especializados que recopilen testimonios antes de que se pierdan definitivamente, establecer espacios museográficos que presenten estos acontecimientos de manera equilibrada, incluir en los programas educativos contenidos que aborden honestamente este episodio, apoyar a investigadores que trabajen en la reconstrucción de estos acontecimientos.

A casi cien años del martirio de Florentino Álvarez, seguimos en deuda con su memoria y con la de miles como él. No se trata de reabrir heridas sino de construir una memoria histórica incluyente que reconozca el sufrimiento de todas las víctimas. La libertad religiosa y la libertad de conciencia son derechos fundamentales que nunca deben volver a ser pisoteados. Ese es el verdadero legado de los mártires cristeros, y esa es la tarea pendiente que interpela a nuestra generación y a nuestras autoridades.

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