Estimado lector, hoy en día estamos frente a una amenaza más peligrosa que la mentira abierta. Es eso que se presenta como normalidad, como razonable o como “lo que siempre pasa”. No grita, no amenaza y ni siquiera necesita imponerse. Simplemente se reordenan los hechos hasta que se deja de acusar al responsable.
Orwell, en su obra “1984” describió este fenómeno con precisión brutal: el poder no se equivoca y, cuando es confrontado por la realidad, prefiere redefinirla antes que asumir el error, es decir, no se corrige, sino que se blinda.
Este mecanismo no pertenece al pasado o a la ficción y hoy opera a sus anchas mediante premisas que se repiten una y otra vez en el discurso público, las cuales como ciudadanos debemos aprender a detectar con urgencia: “Si una predicción fue incorrecta, nunca fue una predicción real”, “Si un funcionario es corrupto, nunca fue un verdadero miembro del proyecto” y “Si una política fracasa, el fracaso demuestra la traición de alguien”.
Estas premisas nunca buscan explicar lo ocurrido, al contrario, buscan impedir que lo ocurrido tenga consecuencias. Para el estado timador, cuando una predicción falla (económica, sanitaria o de seguridad pública) no se revisan supuestos, datos o decisiones tomadas, sino que se reescribe el pasado: “eso no fue lo que dijimos”, “sacaron las cosas de contexto”, “la población entendió mal”. Para ellos el error no existe, sino que hay un problema de interpretación y la realidad pierde valor frente al relato.
Cuando un funcionario roba, miente o abusa, es expulsado simbólicamente del sistema porque “no representaba los valores”, “actuó solo” o “nos engañó a todos” y así, el sistema queda intacto, puro e indemne, porque ahora la corrupción no es estructural sino una desviación moral individual. El poder nunca se equivoca al elegir, solo es traicionado.
Al fracasar una política pública o un proyecto (cuando no se reduce la violencia, no se mejora la salud y no se protege a los más vulnerables) el problema no es su diseño, su viabilidad o sus límites reales. El problema es que alguien “no hizo bien las cosas” o “no obedeció” y así el fracaso se transforma en consecuencia de la deslealtad.
El resultado de lo anterior es devastador, porque el poder se vuelve irrefutable: nada lo contradice, nada lo obliga a corregirse, nada lo transforma y, cuando el poder no aprende, el daño se repite.
Ahora bien, estas premisas también trasladan de manera sistemática la culpa al individuo, porque si algo salió mal es porque no se cuidó, no entendió, no cooperó o no fue responsable y así el ciudadano deja de ser sujeto de derechos y se convierte en el depositario de culpas ajenas, en la cual la responsabilidad colectiva se diluye y la exigencia desaparece.
Estos mecanismos, estimado lector, están anestesiando a nuestra sociedad y ahora las tragedias se aceptan como destino, los errores se asumen como inevitables, el duelo constante sustituye a la justicia, el silencio reemplaza a la rendición de cuentas y después “a lo que sigue”. Nuestra sociedad, al normalizar el fracaso público como fatalidad, renuncia a su capacidad de cambiar y se convierte en espectadora de su propio deterioro, donde nada falla oficialmente, pero todo duele en la realidad.
Por lo anterior, en este 2026, estar alertas no es paranoia ni negatividad, es ahora una obligación cívica mínima. Estar alertas significa no permitir que digan que lo que ocurrió “no cuenta”, que los responsables “no representan a nadie” y que el fracaso “no es de nuestro proyecto”. Estar alertas es insistir en algo elemental que ahora parece subversivo y es entender que los hechos importan más que las narrativas.
Nada de lo que está pasando es destino. Ninguna tragedia “tenía que pasar”. Todo lo que no se revisa, se repetirá. Si no entendemos esto, lector, estamos fritos. Hay que recordar que el engaño más eficaz, es aquel que logra que dejemos de preguntar y cuestionar.
Feliz año 2026.