Primero, el régimen.
A lo largo de un cuarto de siglo, el chavismo destruyó Venezuela. La economía venezolana está en ruinas: el país pasó de producir más de 3 millones de barriles diarios de petróleo a poco más de 700 mil, en uno de los colapsos productivos más graves registrados en una economía petrolera. La corrupción y la ineptitud del chavismo deshicieron la industria que sostenía al país, condenando a la miseria a generaciones enteras mientras aseguraban la riqueza de la élite gobernante y de sus facilitadores en las Fuerzas Armadas.
El resultado humano es devastador. Más de 7.7 millones de venezolanos han huido del país, según cifras de Naciones Unidas: casi una cuarta parte de la población. Se trata de una de las mayores crisis migratorias del planeta, comparable únicamente con Siria. La diáspora ha sido tan profunda que ha alterado dinámicas políticas y electorales en varios países de la región, incluido Chile, donde el malestar social derivado de la migración fue un factor central del reciente giro político hacia la derecha.
Nicolás Maduro se sostuvo en el poder mediante fraudes electorales sistemáticos, documentados por observadores internacionales y denunciados por organismos multilaterales. En su afán por aferrarse al poder, el régimen desató una campaña de terror: ejecuciones extrajudiciales, encarcelamientos masivos, tortura y persecución política ampliamente documentadas por la ONU, Human Rights Watch y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Se trata, en suma, de un gobierno criminal, represor y corrupto, completamente ilegítimo frente a una voluntad popular expresada con claridad en las urnas.
Segundo, la intervención.
Es cierto que el régimen cerró todas las puertas a salidas negociadas. Es cierto que la oposición intentó durante años desplazarlo por vías pacíficas y democráticas: elecciones, referendos, protestas masivas y negociaciones internacionales. Maduro se escabulló tras subterfugios cínicos, muchas veces protegido por gobiernos ideológicamente afines y por el respaldo estratégico de Rusia, China, Irán y Cuba.
Todo eso es verdad. Pero escuchar a Donald Trump declarar que Estados Unidos “operará” Venezuela, o asegurar que empresas petroleras estadounidenses harán “mucho dinero”, remite inevitablemente a los capítulos más oscuros de la historia hemisférica. Guatemala en 1954, Chile en 1973: episodios en los que la intervención estadounidense, se vendió como correctivo moral o estratégico y terminó dejando dictaduras, trauma social y desconfianza duradera. La historia existe y pesa.
Con toda justicia, Venezuela exige libertad. Pero requiere prudencia histórica. La caída del régimen chavista abre la puerta al regreso de la democracia en Venezuela y podría detonar un efecto dominó que incluso alcance a la dictadura cubana. Es un momento histórico. Para que derive en un mejor futuro, el gobierno estadounidense tendrá que embridar sus peores impulsos, incluido el desenfreno transaccional y extractivo que lo ha caracterizado tantas veces.
X: @LeonKrauze