De pequeña, los Reyes no llegaban solo con juguetes; traían algo más profundo. Mi papá lo mencionaba, aunque entonces no alcanzara a descifrarlo: venían con oro, incienso y mirra. Esos regalos estaban agazapados entre los lazos brillantes y las réplicas de las cartas escritas con pluma fuente. Nadie me explicó su significado, y quizá por eso funcionaban, pues lo esencial no siempre entra por la razón, sino por el rito. Esa magia que obliga a detenerse y mirar.

El oro estaba ahí para recordarnos que la vida se construye con oficio, con decisiones que pesan y sostienen. No se improvisa, tampoco se heredan ni caen del cielo. Se gana. Con el oro se edifica, y solo llega a quien acepta el costo de la constancia. El incienso subía lento, casi invisible, como esa necesidad humana de elevar la mirada cuando lo inmediato ya no alcanza. Y la mirra… la mirra siempre llegaba, aunque incomodara. Para recordarnos que el cuerpo duele, que no todo se elige y que hay heridas que no embellecen, que no mereces pero sí ordenan.

Por eso la mesa se disponía con rigor: el mantel impecable, las tazas hermosas y ese chocolate espeso que perfumaba la casa, compañero fiel de la rosca esponjosa que solo mamá sabía hacer así. No era solo un recibimiento, era un entrenamiento silencioso. Comer, compartir, esperar. Aprender sin discursos que la vida es un equilibrio frágil entre lo que hacemos, lo que creemos y lo que somos capaces de soportar. Cuando una de esas patas se rompe, no se cae la mesa, se tambalea el mundo.

Por esa mística familiar nunca he dudado de que los Reyes existen. Lo sé porque siguen llegando, aunque ya no envueltos en papel brillante. Hoy aparecen como una conversación incómoda, una verdad que no pedimos escuchar o una decisión que exige carácter. Llegan cuando la realidad deja de ser complaciente. Los Reyes son esa voz que obliga a pensar con altura en tiempos donde razonar cansa, investigar incomoda y dudar parece traición. Ejercer el pensamiento crítico no es un lujo: es una responsabilidad. Y evadirla también es una forma de elegir, aunque algunos prefieran llamarla prudencia.

A menudo no traen lo que pedimos. Traen lo que falta. Claridad cuando vivimos confundidos, carácter cuando nos acomodamos, humildad cuando creemos tener razón. La ilusión, cuando es honesta, no es ingenuidad: es energía dirigida. Lo ingenuo es esperar resultados distintos repitiendo los mismos gestos cómodos.

Comienza un año incierto. El teléfono se desborda de abrazos congelados en pantalla, pero el asfalto del día a día lo pisaremos solos. El destino no se hereda ni se delega, se construye o se abandona. Por eso, esta noche de Reyes, antes de pedir, guarda silencio. Rasga hondo. Distingue entre lo que anhelas y lo que solo repites por costumbre. Al escribir tu carta, hazlo con la honestidad de quien sabe que la vida es un intercambio. Pide solo aquello que estés dispuesto a cuidar, a trabajar y a sostener. Y no pidas nada que no estés dispuesto a dar.

La noche de Reyes está cerca y con ella la pregunta que marcará el año. 

¿Qué excusa dejaremos caer?

Quizá por eso, pedir es tan difícil. Porque ya no basta con desear: hay que hacerse cargo. Pero lo que no podemos es hacernos los sorprendidos.

*Dedicado a mi entrañable princesa, Angélica.

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