En el imaginario de la mayoría de los mexicanos, Icamole, pueblo nuevoleonés del semidesierto a pocos kilómetros de Monterrey se relaciona de manera inmediata con Porfirio Díaz por una anécdota, envuelta en leyenda. Tras promulgar el plan de Tuxtepec y levantarse en armas contra la reelección que buscaba el presidente Lerdo de Tejada a comienzos de 1876, Díaz, confiado en la victoria por disponer de tropas locales, se enfrentó en Icamole contra los fieles al gobierno. La batalla, aunque pareja en números, no le favoreció y tuvo que retirarse para salvar el pellejo. Algunos dijeron que en medio de la contrariedad, ya sea por tristeza o coraje, se le vio llorar. De allí que sus enemigos le endosaran el mote de El llorón de Icamole. Realidad o fantasía, el llorón tuvo que exiliarse en Cuba para reorganizarse, apetrecharse  y regresar meses después vía Veracruz para tomar por asalto la presidencia y aferrarse a la silla de la manera que todos conocemos. 

David Toscana en esta novela maravillosa, retoma el árido paisaje de Icamole, donde describe a un pueblo abandonado y casi extinto donde nadie lee para elevar a su bibliotecario y censor, Lucio, como protagonista. Su biblioteca subsiste como un cascarón donde se mide la dignidad de las historias, desprecia la mediocridad y administra los libros como si fueran sustancias capaces de contaminar o salvar. La vida de Lucio y su padre, Remigio, marcada por la extraña presencia de un árbol de aguacate (guacamole rima con Icamole) en el solar de su casa, se trastoca al aparecer muerta en el pozo una adolescente que no pertenece al pueblo.

A partir de las pesquisas de las autoridades y las maneras varias que Remigio y Lucio buscan desviar la atención se despliegan los mecanismos metaliterarios de Toscana donde el consuelo y la crueldad caben en el acto de leer, y los últimos lectores son también narradores que crean la realidad a partir de sus lecturas y de sus deformaciones. Porque también ésta puede apuntalar el dogma, la censura y la soberbia: la idea de que una vida “vale” según la calidad del relato que podría producir.

La producción de un chivo expiatorio y el encuentro con la madre buscadora, en una novela publicada en 2004, augura el infierno nacional que se detonaría a lo largo de las siguientes décadas. 

Una novela poderosa que fascina por sus claves literarias y advierte del peligro de emplear la literatura como una forma de reemplazar el mundo en lugar de entenderlo y asumirlo con toda su complejidad. 

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