Recientemente estuvo en León, Álvarez Máynez, dirigente de MC, e irónicamente, le plantó un par de banderillas al PAN: se desvivió en elogios para Ale y, con un guiño de complicidad, la coloca rumbo a la gubernatura. Esta se lo agradeció. Por su parte, Alan León, su delfín, manifestó su interés en sucederla. Los demonios de la sucesión están muy adelantados. Falta liderazgo en el CDE del PAN para contener la caballada.

Mientras, León crece, pero sin desarrollarse. La expansión urbana avanza, los indicadores demográficos se incrementan negativamente y la experiencia cotidiana de la ciudad se vuelve cada vez más agobiante. No se trata de nostalgia ni de idealizar el pasado, sino de constatar una pérdida de calidad urbana, de coherencia y de sentido. Alguien confunde crecimiento con desarrollo…

Una ciudad con valor no es únicamente aquella que provee servicios básicos. Es, sobre todo, la que genera condiciones para una vida cotidiana amable, sin fricciones permanentes: caminar sin riesgo, desplazarse con facilidad y convivir sin miedo. En León, lo elemental se ha vuelto excepcional. En tres meses hubo más de 2 mil robos. En varias zonas de la ciudad, la infraestructura ya agotó su vida útil: pavimentos cuarteados, carencia de banquetas, faltan carriles de desaceleración, camellones formados con tierra, piedras, pasto seco, y, luminarias apagadas, entre otros, conforman el paisaje urbano habitual del descuido y la fealdad.

El deterioro urbano no es solo visual; también se expresa en indicadores duros. León, una de las más peligrosas, concentra elevados niveles de pobreza, padece un tráfico insufrible, enfrenta escasez de agua a precios crecientes y observa cómo los asentamientos irregulares proliferan. Estos hechos son el resultado acumulado de una subinversión pública persistente y de una planeación subordinada a intereses particulares. Por desgracia, se gobierna con la mirada puesta en las próximas elecciones, no en las siguientes generaciones.

Además, la obra pública es escasa, fragmentada y frecuentemente irrelevante frente a la magnitud de los problemas. El argumento recurrente es la “falta de recursos”. Paradójicamente, sí existen recursos municipales que no se gastan bien: 21 millones de pesos para la renta del “Solareón” de la Feria; alrededor de 170 millones para comunicación e imagen; 29 millones como apoyo al espectáculo de Disney en la Feria, que dicen costó 58 millones; 222 millones en liquidaciones a personal que abandonó la presidencia en 2025; 400 mil para buscar director del zoológico… Todos estos son  gastos superfluos, sin renta social. La ciudad no se transforma: se maquilla. Ya se ejerce un gasto mayor a los 9 mil millones de pesos, sin dejar huella duradera. No existen proyectos de miras altas, pero si burocracia asfixiante.

El manejo del suelo y de la recaudación profundiza esta distorsión. El predial, lejos de operar como un instrumento de equidad urbana y desarrollo, se percibe desconectado del beneficio colectivo. El espacio habitable se encarece, mientras las áreas públicas permanecen descuidadas. El resultado es una ciudad más cara, más desigual y menos vivible.

A la precariedad estructural se suma un elemento aún más perturbador: el surrealismo político. El discurso oficial se desborda en promesas y triunfalismo, pero cada vez más alejado de la vida cotidiana. Se invoca el porvenir, pero se olvida el presente. La política deja de ser solución y se vuelve escenografía.

La coordinación institucional se diluye entre tensiones y protagonismos. El municipio no logra gestionar ni siquiera el mantenimiento del Foro Cultural de León, que vergonzosamente se cae a pedazos. Los proyectos se entrampan, los recursos se politizan y la ciudad queda atrapada entre aspiraciones anticipadas y cálculos personales.

Tampoco, aparecen líderes sociales que exijan resultados. Los organismos empresariales guardan silencio y, buena parte de ellos, optan por acompañar al poder, antes que ser voceros de su gremio y ejercer el derecho a la crítica.

Para algunos gobernantes, la virtud de la verdad ha dejado de importar. Así, León queda entonces atrapado en la brecha entre el discurso y la vida cotidiana: una ciudad que crece, pero no se desarrolla, mientras perpetúa carencias básicas.

El poder político no es un fin en sí mismo; debería ser un medio para servir y para hacer de León un lugar habitable, coherente y justo. León no puede seguir esperando, atrapado entre cálculos personales y coqueteos políticos.

alejandropohls@prodigy.net.mx

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