El hombre más curioso del siglo XIX, Carlos María de Bustamante, solía comenzar las entradas de su voluminoso Diario Histórico de México con una anotación sobre el clima: “Día bellísimo en el principio y vario en lo restante”, “Lluvia copiosa”, “Día hermoso”.
El 30 de junio de 1826 escribió, simplemente, “Verano”.
Ese día, el célebre historiador y periodista consignó el asesinato en su casa de la Plaza de Santo Domingo de “un vecino honrado de México”, el excontador general y, según un periódico de la época, “hombre dedicado a la economía política”, Fernando Navarro.
Aquellos días del gobierno de Guadalupe Victoria eran en verdad horribles. La hacienda estaba quebrada. La criminalidad cundía sin freno. Bandas de desertores, desempleados y criminales profesionales asolaban los caminos desde la Consumación de la Independencia. El gobierno creía que al poner al Ejército a combatir los delitos volvería la tranquilidad. En “México a través de los siglos”, Vicente Riva Palacio escribe que el remedio salió peor que la enfermedad: los militares suplantaron a los criminales y los robos no solo comenzaban a las puertas de la ciudad –es célebre la anécdota del asalto a la carroza de la condesa de Miravalle, que iba a pasar el día en San Ángel, y que terminó a tiros entre la aristócrata y sus acompañantes y la partida de bandoleros.
En su “Repertorio de criminales en México” durante la Colonia y la primera mitad del siglo XIX, María del Carmen Reyna y Jean Paul-Krammer hacen una pintura atroz sobre las condiciones de inseguridad en los años posteriores a la Independencia, donde las leyes virreinales no acababan de morir y las republicanas no acababan de nacer, y el resultado era el crimen desatado, las muertes violentas, la ausencia de justicia y la impunidad total.
El ministro plenipotenciario de Estados Unidos en México, Joel Roberts Poinsett, famoso por su descarada intromisión en la política interna del país, relató que en la ciudad de México unas 20 mil almas dormían en las calles, las plazas y los pórticos, “sin domicilio fijo ni modo de ganarse la vida”. Eran ejércitos de mendigos que, de acuerdo con Poinsett, terminaban tirados por las noches en los alrededores de las pulquerías. Rateros, carteristas y arrebatacapas, hacían imposible salir de noche. Antes de abordar una diligencia, los viajeros solían dejar listo su testamento.
En 1823, Bustamante consignó el linchamiento de un grupo de militares que amparados en el uniforme quisieron asaltar varias casas en Santa María la Ribera: “al que no hirieron, lo hicieron leña”.
Una madrugada de febrero de 1824, relatan Reyna y Krammer en su “Repertorio…”, varios ataúdes amanecieron frente al Ayuntamiento. Adentro estaban los cadáveres de varios hombres asesinados la noche anterior. El misterio jamás se resolvió. No se supo por qué los mataron, quiénes lo hicieron, por qué razón los dejaron ahí.
A principios de junio de 1826, José Bernardo Abad Núñez se contrató como empleado doméstico en la casa del excontador general Fernando Navarro. Llevaba una recomendación escrita por el regidor Miguel Muñoz. Era oriundo de Izúcar, había trabajado como arriero y había quedado viudo.
Dos semanas después, alegando malos tratos, le propinó a su patrón entre 25 y 30 puñaladas en el cuello. Una cocinera, alertada por los gritos, forcejeó con él. Abad le preguntaba dónde estaba el dinero, la invitó a que huyera juntos. Finalmente, eran las tres de la mañana, corrió a la calle y cerró el portón por fuera. Desde la azotea, los criados alertaron a los vecinos.
Fernando Navarro sobrevivió unas horas al ataque y pudo narrar los pormenores del hecho. Dijo que lo había regañado por no haber limpiado unas espabiladeras. Después de apuñalarlo hasta el cansancio, Abad lo pateó en el suelo.
Durante varios días, el asesino deambuló por las calles, durmiendo junto a las acequias, como tantos otros. Más tarde le pidió posada a un conocido de su hermana. Fue este quien lo delató. “Yo sé por qué vengo aquí”, dijo cuando lo presentaron ante la justicia.
Algunos periódicos de entonces –el muy simpático el “Águila Mexicana” se despedía de sus lectores con un ¡Hasta mañana!- exigieron que Abad purgara su crimen en el patíbulo, a fin de poner freno “a los criados insolentes” y “hacer una demostración capaz de contener unos excesos de tanta gravedad y de tan pernicioso ejemplo”.
En la edición del 9 de febrero de 1826, en una breve nota, el periódico “El Sol” dio cuenta de la ejecución del reo en la Plaza de Santo Domingo, frente a la casa donde había cometido el crimen. Abad había salido de la cárcel fumando tranquilamente un puro. Iba vestido con un traje propio, y no con el saco y el gorro blanco con una cruz encarnada con que, según “la usanza rancia”, se solía conducir a los reos al suplicio.
El “Águila Mexicana” informó que, durante la ejecución, “el gentío fue numeroso”. Sin embargo, la violencia y la inseguridad siguieron creciendo al punto de que luego se expidió una ley que prohibió durante un tiempo la reunión de más de cinco personas después de las tres de la tarde, y le prohibió a la gente andar a caballo, a menos de que gozara de fuero militar.
Camino ahora por la atestada plaza de Santo Domingo. Hay música que sale de una bocina, se escuchan gritos de vendedores en el Portal de los Evangelistas y en una esquina hay gente agolpada comiendo tacos. No encontraré la casa del señor Navarro ni el lugar exacto en el que ocurrió la ejecución de Abad, pero cuántas cosas, cuántas voces, cuántas sombras.