Al despertar con el alba del sábado 28 de febrero, los mexicanos se enteraban de que fuerzas estadounidenses, en coordinación con Israel, bombardeaban Irán; horas después, se confirmaba que el ayatolá Ali Jamenei había sido abatido, al igual que otros altos mandos militares. Los efectos sobre la economía y la seguridad global están por verse.
En Irán, el ayatolá no es un simple clérigo simbólico. Es el eje doctrinal del sistema religioso, comandante en jefe y custodio del proyecto revolucionario nacido en 1979. Su eliminación abre una disputa por la supervivencia del régimen y por la interpretación misma de la legitimidad religiosa. Allí, donde teología y poder se funden, la sucesión es inflamable.
Dos variables son fundamentales para la perspectiva del evento. La primera es la duración y naturaleza del conflicto. Si la ofensiva se mantiene como campaña aérea de castigo y disuasión, limitada en objetivos y tiempo, el impacto será severo pero acotado. Si deriva en incursiones terrestres, con tropas extranjeras sobre el terreno, la ecuación cambia por completo.
La segunda variable es la arquitectura real de la sucesión. Aunque formalmente el relevo corresponde a instancias clericales, el poder efectivo gravita en torno a la Guardia Revolucionaria, que es un aparato militar, económico, actor político y custodio ideológico. Herida, pero intacta en su estructura, su reacción marcará el rumbo: preservar un relevo clerical teocrático o imponer un régimen más militarizado, más duro, con o sin ayatolá al frente.
La experiencia sugiere que el nacionalismo religioso herido clausura disensos, legitima purgas y convierte la venganza en política de Estado. El ataque a Irán destinado a debilitarlo puede, paradójicamente, consolidar la teocracia y Guardia Revolucionaria en el corto plazo. La cohesión defensiva es reflejo inmediato de los nacionalismos y movimientos religiosos.
Tampoco deben descartarse represalias indirectas: actos terroristas, sabotajes energéticos, presión sobre rutas marítimas, activación de milicias aliadas… Recordemos que, en el Islam, los que asumen el martirio son recompensados con 72 vírgenes…. El estrecho de Ormuz, arteria por donde circula el 20% del petróleo y gas mundial, volvería a ser el epicentro del temblor. Cada amenaza sobre esa franja repercute en precios, inflación y estabilidad financiera y los mercados reaccionan con la velocidad del miedo.
Para entender mejor la crisis en Medio Oriente, retrocedamos un siglo. Tras la Primera Guerra Mundial, el derrumbe del Imperio Otomano permitió a las potencias europeas trazar fronteras ficticias sobre territorios culturalmente complejos. Aquellas líneas no respondían a realidades tribales, étnicas o religiosas, sino a cálculos políticos de repartición. Comunidades, con diferentes credos políticos y religiosos, quedaron encapsuladas en nuevas fronteras.
Conviene precisar que la fractura entre las corrientes religiosas sunníes y chiitas no nació en el siglo XX. Su origen se remonta al siglo VII, tras la muerte del profeta Mahoma en 632. Un sector reconoció como legítimo sucesor a Abu Bakr, suegro del profeta y uno de sus primeros seguidores; de esa línea derivaría la tradición sunní. Otros sostuvieron que el liderazgo correspondía a Alí, primo y yerno de Mahoma, a quien consideraban el heredero legítimo por lazos de sangre y designio espiritual; de esa postura surgiría el chiismo, el más radical y beligerante.
Lo que comenzó como una controversia política por la sucesión terminó, con el paso del tiempo, por consolidarse en identidades religiosas diferenciadas y en proyectos de poder con visiones distintas sobre la autoridad y legitimidad de sus tradiciones. Así, Irán, de mayoría chií y Arabia Saudita, de predominio sunní, disputan la influencia regional mediante alianzas y guerras indirectas a través de aliados. Los chiíes son los de mayor animadversión y odio a EU.
En ese contexto, la muerte de Jamenei no es una simple crisis sucesoria: es una grieta en el corazón político de Medio Oriente. La pregunta no es solo quién heredará el poder, sino qué naturaleza tendrá ese poder: ¿una teocracia herida por el asesinato de su líder o un aparato militar beligerante? ¿Debe entrometerse Estados Unidos para modificar su teocracia? Cuando Irán se reacomoda, el mundo se estremece y las rivalidades sectarias vuelven a despertar. La historia deja una enseñanza persistente: cuando la religión se convierte en poder político, el desacuerdo se vuelve sacrilegio. Así es Irán: allí, donde disentir equivale a profanar, la libertad difícilmente puede respirar.