En algo coinciden la religión y la política: ambos tienen protocolos que deben observarse puntualmente. Para ejercer el poder, hay que escenificarlo con liturgia, símbolos, narrativa y arte. Desde los altares hasta los palacios, el poder busca legitimarse no solo en la ley, sino también en la liturgia.

En la misa, con su estructura milenaria, ofrece el ejemplo más acabado de esta dramaturgia: símbolos, narrativa, liturgia y arte. Cuatro elementos clave para invocar el poder, tanto en lo sacro como en lo profano. En política, el poder también se escenifica.

El sumo sacerdote no es únicamente un individuo: es un mediador. Su autoridad no proviene de su persona, sino de la narrativa sacra que encarna. La figura de Donald Trump ofrece un caso particularmente revelador. Más allá de sus decisiones políticas, lo que distingue su estilo es la construcción de una narrativa en la que él mismo se erige como figura redentora: él es la salvación.

Aparece en redes sociales como un Cristo moderno que sana, salva y combate a las fuerzas del mal. También simbólicamente ataviado como Papa, apropiándose de una iconografía que, durante siglos, ha representado la autoridad espiritual suprema en Occidente. Pero, paralelamente, amenaza con destruir toda una civilización, persa, mandar tropas a México, apropiarse de Groenlandia, imponer aranceles y aterroriza al mundo con su ingerencismo.

Las continuas transfiguraciones de Trump no deben leerse únicamente como excesos. Son, en realidad, una operación política: la apropiación de lo sacro para dotar de inevitabilidad a un proyecto de poder. En la misa, el momento de la consagración transforma el pan y el vino en cuerpo y sangre mediante la palabra ritual. En política, la imagen, la repetición de símbolos puede transformar a un líder en algo más que un líder: en destino.

La eficacia de esta estrategia radica en que apela a una estructura profundamente arraigada en la cultura. La narrativa religiosa no sólo organiza la fe; también moldea la percepción del bien y del mal, del sacrificio y la redención. Cuando un político se inscribe en ese marco, deja de ser evaluado únicamente por sus resultados y pasa a ser interpretado como protagonista de una historia mayor. Sus errores y excesos se reinterpretan como parte de una redención: salvar del atentado, al “pecador”, llamado a redimir a América…

México conoce bien esta fusión entre liturgia y poder. La historia política nacional está atravesada por símbolos religiosos que han servido para movilizar, legitimar y cohesionar. Miguel Hidalgo no sólo inició una guerra; la envolvió en el estandarte de la Virgen de Guadalupe, convirtiendo una insurrección en cruzada. Vicente Fox sostuvo un crucifijo durante su toma de posesión, enderezando un mensaje de la salvación de México. Y en la política local no han faltado mesías, Juan Manuel Oliva, Elías Villegas, empeñados en ser fotografiados, con los ojos en blanco, comulgando, cargando un Cristo y la Biblia, como si el acto religioso se tradujera automáticamente en capital moral.

Lo que une estos casos con el fenómeno de Trump no es la fe, sino el lenguaje simbólico. La política que adopta esta lógica construye escenarios donde cada gesto refuerza una narrativa: el líder como guía, el adversario como hereje, el proyecto como salvación.

Sin embargo, esta teatralización del poder entraña riesgos. Cuando la política se sacraliza, se vuelve indiscutible. El disenso puede interpretarse como blasfemia y la crítica como traición. En ese sentido, la importación de formas religiosas al ámbito político puede erosionar los fundamentos mismos de la democracia.

Trump, al colocarse en el centro de una narrativa cuasi religiosa, no sólo busca apoyo: busca devoción. Y la devoción, a diferencia del respaldo político, no se negocia ni se matiza; se profesa. Ahí radica su fuerza, pero también su peligro.

Al final, la pregunta no es si la política debe prescindir de símbolos, eso sería imposible, sino qué tipo de símbolos decide utilizar. Entre la liturgia que convoca a la comunidad y la que consagra al caudillo hay una diferencia sutil pero decisiva. La primera construye ciudadanía; la segunda, fabrica creyentes.

Y es en esa frontera donde cada sociedad decide si sus rituales sostienen una democracia profana, o si acaban rindiendo devoción sacra a un líder transfigurado.

alejandropohls@prodigy.net.mx

450 Historias de León

Acompáñanos en un recorrido por la historia de León. Recibe en tu correo relatos sobre personajes, barrios, tradiciones y momentos clave, que celebran la identidad leonesa, en el marco de los 450 años de nuestra ciudad.