En una ocasión, un hombre detuvo sus relojes queriendo estacionar su tiempo, mas fue imposible, pues éste, siguió su paso lento de cadencia alegre, de agua viva y corrediza que impide almacenarla entre las palmas.
Entonces, intentó hacerlo a base de negaciones, y salió a decir que, a partir de ese momento, había de permanecer detenido, sorprendiéndole las miradas burlonas y las medias sonrisas, entendió que nadie creía en sus palabras y que dudaban de su cordura.
Entonces quiso adoptar un papel serio. Se vistió con el mejor de sus trajes y mantuvo en sus diálogos la mayor mesura, pero ya germinaba la duda, extendiendo sus tentáculos como una enredadera, trepó rápido como una pluma, ganó altura como el vapor que forma nubes que recorren a toda prisa el cielo.
Y es que el tiempo no puede detenerse a voluntad, existen registros y calendarios, es fluctuante variante, y nada podemos hacer al respecto. Solo tenemos a nuestro favor nuestro latido que repite sin tregua nuestros sueños, que jura, asevera y justifica que el mundo puede ser un lugar hermoso, mientras no se frene su latir.
Nunca nos hemos mirado las caras, aunque sospecho de tu anatomía, sin embargo, somos compañeros de un mismo fin, habitamos el mismo cuerpo, tomamos acuerdos mutuos.
Nos resguardamos bajo el mismo paraguas, caminamos del brazo sin mirarnos, esquivamos charcos, mantenemos el rumbo, marcamos el ritmo a cada paso. Avanzamos juntos.
Y a lo largo de mi tiempo transcurrido, probablemente seas un corazón más mesurado o más sensato, o estés lleno de compartimientos, algunos llenos, otros vacíos, pero siempre con vacantes para algún viajero cansado que quiera descansar en ti.
Hoy escribo para ti corazón, pues he vivido a la sombra de tu latido, resguardada mi esencia en el tránsito de tu sangre que me recorre sin permisos, inundándome tus afluentes color escarlata que se bifurcan en mí.
Porque te he sentido indignado, triste o frustrado, decepcionado, y muchas veces alegre, y también porque escucho la música que emana de ti, como la melodía de los bosques o la tierra agreste, como un mar atrapado en un caracol. Y sabes que de ser posible, me hubiera gustado silenciar mis minutos para seguir escuchando esas olas sin fin.
Porque das constancia de mí. Te rodeo en un abrazo esta tarde silenciosa en la que la lluvia anuncia su venir. Porque valoro tu compañía en cada momento, y también porque eres mi testigo de cargo, gracias por tu latido que me permite vivir.