El pasado 25 de junio el Consejo General del INE otorgó a Somos MX el registro como partido político nacional. El hecho podría parecer uno más dentro del interminable calendario electoral mexicano. No lo es. Ocurre cuando el país enfrenta el proceso más acelerado de concentración de poder desde la transición democrática.
Morena ha desmontado los principales contrapesos institucionales. Desapareció organismos autónomos, debilitó al Poder Judicial y convirtió la subordinación política en método de gobierno. La disputa nacional consiste, precisamente, en impedir que ese modelo autoritario termine por consolidarse.
Pero Guanajuato enfrenta, además, un problema propio. Aquí el oficialismo ha construido un relato extraordinariamente eficaz. Dice que solo existen dos caminos: Morena o PAN. Si usted rechaza al primero, debe resignarse a votar por el segundo, aunque conozca sus excesos, sus escándalos y su corrupción. No hay alternativa.
Ese es el mensaje. La fórmula es tan simple como perversa.
El miedo a Morena se utiliza para justificar cualquier abuso cometido por los gobiernos panistas. El ciudadano deja de elegir, simplemente administra sus temores. Se le obliga a votar no por convicción, sino por resignación. Mientras tanto, la maquinaria sigue funcionando.
Durante el gobierno de Diego Sinhue Rodríguez Vallejo terminó de consolidarse una estructura política donde el tráfico de influencias, la extorsión, los moches y la utilización patrimonial del gobierno dejaron de ser hechos aislados para convertirse en un sistema. La poderosa Jefatura de Gabinete, encabezada por Juan Carlos Alcántara, “Charly”, junto con la Secretaría de Finanzas, de Héctor Salgado Banda, operó durante años como el verdadero centro de decisiones.
No es un fenómeno nuevo. En Chihuahua ocurrió algo semejante bajo el gobierno de César Duarte. La corrupción llegó a institucionalizarse desde la propia Contraloría del Estado. Quien debía vigilar terminó organizando una nómina secreta destinada a comprar voluntades entre diputados, funcionarios, periodistas, empresarios y hasta miembros del clero. El guardián administraba el saqueo.
La historia enseña que las redes de corrupción nunca se presentan como excepciones. Siempre intentan convertirse en régimen. Eso mismo ocurre hoy en Guanajuato.
La lógica estatal se reproduce casi intacta en los municipios. Guanajuato capital es quizá el ejemplo más escandaloso. Durante años, el Gobierno estatal permitió que un matrimonio de políticos amorales convirtiera la administración municipal en un espacio de negocios privados, clientelas políticas y protección mutua.
La compra de semáforos por casi 58 millones de pesos representa apenas el episodio más reciente. Un contrato inflado para producir los moches necesarios que alimentaran la estructura política del oficialismo. No existe una explicación técnica convincente. Solo queda una conclusión: corrupción. Y, sin embargo, todavía pretenden convencer a los ciudadanos de que no existe otra opción más que la suya.
Precisamente ahí aparece Somos MX. Su principal desafío no consiste únicamente en competir contra Morena o contra el PAN. Debe romper una narrativa cuidadosamente construida durante años: la de que los guanajuatenses están condenados a escoger entre el autoritarismo populista y la corrupción azul.
La propuesta parte de principios sencillos: defensa de la democracia y del Estado de derecho, participación ciudadana, transparencia, rendición de cuentas, combate efectivo a la corrupción, fortalecimiento del tejido social, crecimiento económico con oportunidades y reducción de la pobreza.
Pero existen dos elementos que distinguen al nuevo partido del resto.
El primero consiste en separar la dirigencia partidista de las candidaturas. Quien controla el partido no podrá acceder a un cargo público. El segundo establece elecciones primarias obligatorias para definir a los candidatos. Es decir, sustituir las decisiones de las cúpulas por la voluntad de los militantes y simpatizantes.
Puede parecer una diferencia menor. No lo es.
La mayor parte de la degradación de los partidos mexicanos comenzó cuando las candidaturas dejaron de pertenecer a los ciudadanos y quedaron secuestradas por pequeñas camarillas políticas. Allí nacieron las tribus, las mafias internas y las redes de complicidad que hoy dominan buena parte de la vida pública.
En Guanajuato, Somos MX podemos identificarlo como Somos GTO, respaldado por más de treinta mil afiliados. La cifra, por sí sola otorga una importante solidez para procurar el éxito. Se intentará asegurar buenos gobiernos. Lo verdaderamente importante será cumplir aquello que promete: abrir la política a ciudadanos capaces, impedir el control de las camarillas y construir gobiernos honestos.
La elección de 2027 no debería reducirse a escoger cuál corrupción resulta menos ofensiva o cuál autoritarismo parece menos peligroso. Los ciudadanos merecen algo mejor. Si Guanajuato logra romper ese falso dilema, la democracia habrá dado un paso decisivo. Si vuelve a resignarse a elegir entre los mismos de siempre, también obtendrá los mismos resultados de siempre.