Desde hace varias semanas pusimos en suspenso la atención a nuestra realidad nacional, olvidándonos de la negociación del T-MEC, de las angustias de nuestra presidenta en cada mañanera y de las acusaciones de narcoestado que se ciernen sobre México. Ahora, la mayoría nos concentramos en el desarrollo de la Copa Mundial FIFA 2026, que se disputa en los tres países de Norteamérica.

El futbol es un fenómeno sociológico que presenta multitud de flancos. Es el deporte global por excelencia y el más practicado por la humanidad. Me atrevo a decir que contiene cierta esencia religiosa para muchos. Absorbe innumerables horas de discusiones públicas, estrategias, propuestas tácticas y conclusiones gozosas o trágicas.

En pocos años, la incidencia de las apuestas en este deporte ha multiplicado el vicio de la ludopatía. Ya nos encontramos en el umbral en el que el juego de azar terminará manipulando la realidad futbolística. Hay que enfrentar, acotar y controlar esa perniciosa manifestación.

La Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) es una organización privada sin fines de lucro (SIC), inscrita en el Registro Comercial de Zúrich, Suiza. Solo aspira a regular las reglas del futbol, ordenar su organización nacional y sus competencias, además de celebrar cada cuatro años la Copa Mundial.

Su discreto actuar y sus mínimas ambiciones de poder únicamente la llevan a interactuar con 211 federaciones en el mundo. Sin embargo, cuando organiza la Copa Mundial impone a los Estados anfitriones pequeñas condiciones sobre su soberanía: exige exenciones fiscales, cambios legislativos, control territorial y plena cooperación. Tiene más países miembros que la ONU.

La FIFA se ha convertido en un monstruo. Es un régimen de autogobierno extremo sustentado en un sistema jurídico global sobre el futbol. Su Tribunal de Arbitraje Deportivo resuelve en exclusiva las controversias futbolísticas, incluso por encima de las cortes supremas nacionales. Quien ose acudir a los tribunales ordinarios es desafiliado. Así ha construido un poder inconmensurable.

El futbol nació a partir de la fundación de clubes en una ciudad o región, provocando un fenómeno de identidad que, con el tiempo, se elevó a un rango casi religioso. Alrededor de ellos se educa a la infancia, se conforman grupos de apoyo, se adquieren membresías e incluso se utilizan sofisticados instrumentos financieros, como bolsas de valores y fondos internacionales, para financiarlos. Ese es el camino para convertirse en equipos altamente competitivos que representan a una localidad. Si en el siglo XXI la competencia económica se ha concentrado en las ciudades, estas han reconocido al equipo profesional de futbol como el símbolo del éxito de los conglomerados urbanos globalizados.

En 1930 se celebró la primera Copa Mundial, justamente cuando el nacionalismo imperaba como aspiración dominante. Se trata de un torneo entre países. Allí brillan las estrellas de cada terruño y el campeonato se adjudica a la nación vencedora. Es una competencia entre tribus identificadas con cada Estado. Es el crisol donde surgen la pasión y la confrontación entre grupos nacionales, rodeadas de manifestaciones absurdas y desbordadas. Como ejemplo actual, basta observar a Argentina y su permanente ánimo provocador frente a otras naciones.

Pero existen otras manifestaciones deportivas más nobles. De 1955 a 1992 se disputó la Copa de Europa, un campeonato organizado entre los clubes campeones de cada liga. Los protagonistas dejaron de ser los Estados nacionales para trasladarse a las ciudades y regresar a sus asociaciones locales.

Con el surgimiento del globalismo y el poderío económico de las ciudades, los clubes parroquianos se transformaron en potentes nodos capaces de contratar a los mejores jugadores internacionales. Desde 1992, la Champions League reúne a la élite del futbol mundial en los equipos más poderosos, mejor dirigidos y con las instalaciones más avanzadas del planeta. Allí se juega el mejor futbol del mundo. Los datos lo demuestran. La competitividad entre ciudades sustituye a los anacrónicos odios nacionalistas heredados del tribalismo primitivo.

Saquen sus conclusiones. De las cuatro selecciones que disputarán el campeonato —Francia, España, Inglaterra y Argentina—, el 76 % de sus jugadores milita en clubes de la Champions League. Y si solo computamos las alineaciones titulares, ese porcentaje quizá se eleve al 90 %.

Los equipos de las ciudades, por calidad, desplazan a los conjuntos nacionales. La conjunción de futbolistas que ofrece la Champions es muy superior a las alineaciones que presenta un Mundial, aunque este último siga divirtiendo y apasionando a las masas, todavía enceguecidas por los vestigios de antiguos nacionalismos.

Al final queda una conclusión contundente: solo una selección integrada mayoritariamente por jugadores de Champions League estará en condiciones reales de conquistar una Copa del Mundo.