Un destello, un ruido seco y unos segundos de oscuridad. Entra después la planta de emergencia, vuelve la luz y, aparentemente, todo continua. Así se vive, casi todos los días, en varios hospitales de diversas regiones de Mexico. Sin embargo, dentro de un hospital nada “continúa” de manera simple, pues hay que reiniciar sistemas, revisar analizadores, verificar incubaciones, comprobar temperaturas, recuperar conexiones, confirmar que no haya habido pérdida de información y evaluar si algún equipo sufrió daños. Lo peor es que, horas después, puede ocurrir otra vez.
Para un laboratorio, una interrupción eléctrica no se traduce solamente en “quedarse sin luz”, significa resultados demorados, muestras comprometidas, refrigeradores en riesgo, equipos detenidos y multitud de decisiones clínicas aplazadas. En radiología puede significar un tomógrafo fuera de operación o una resonancia magnética averiada. Para los cirujanos es una intervención suspendida y, en cuidados intensivos, los ventiladores, monitores y bombas de infusión tienen que mantenerse por sistemas de contingencia, mientras los familiares intentan comprobar que sus seres queridos siguen vivos o bien atendidos.
Por lo anterior, debe quedar claro: la electricidad en una institución hospitalaria no es una “comodidad”, es un insumo clínico. Sin embargo, en nuestro país seguimos hablando del sistema de salud como si sus problemas se redujeran a medicamentos o falta de especialistas. Como si llenar anaqueles (o ahora maquinitas dispensadoras) bastara para reconstruir un sistema, o como si una tomografía pudiera realizarse sin energía, una cirugía efectuarse sin gases medicinales, iluminación, esterilización o monitoreo del paciente, o los antibióticos y vacunas pudieran conservarse sin una cadena de frío estable.
El problema de salud mexicano es mucho más grave, pues no son solamente medicinas o desabasto. La salud es dependiente de electricidad, agua, telecomunicaciones, mantenimiento, ingeniería, transporte, almacenamiento, informática y cadenas complejas de suministro. Es decir, depende de una infraestructura que suele permanecer oculta hasta el momento que falla.
Los seres humanos aprendimos a hacer fuego hace cientos de miles de años, pero entendimos también que saber producir una chispa nunca fue suficiente, pues para mantener el fuego se necesitaban palos, paja, piedras, combustible, conocimiento y organización, es decir, el verdadero progreso no consistió únicamente en encender una llama, sino en construir una sociedad que impidiera que esta se apagara. Creemos (error) haber superado esa fragilidad elemental, pues tenemos resonadores, robots quirúrgicos, equipos de biología molecular, ventiladores y sistemas automatizados, es decir, hemos aprendido a “hacer fuego” con un grado de sofisticación extraordinario, pero ¿cómo habremos de mantenerlo sin palos, paja o piedras? Es decir, ¿cómo sostener a la medicina moderna sin energía suficiente, sin redes de distribución confiables, sin mantenimiento o con nula capacidad de respuesta?
Es inútil presumir tecnología vanguardista, si esta depende de una infraestructura envejecida, vulnerable o insuficiente, así como de nada sirve inaugurar hospitales si no hay garantía de suministros que los mantienen vivos y de nada sirve tampoco el formar especialistas clínicos si van a trabajar siempre en modo de contingencia, reaccionando “heroicamente” a cada apagón, porque ya se han normalizado las fallas.
El contexto internacional tampoco es prometedor, pues los conflictos geopolíticos, la vulnerabilidad de las rutas energéticas, las múltiples tensiones en medio oriente, las cadenas de suministro interrumpidas y la cada vez mayor dependencia de equipos, refacciones y otros consumibles importados, pueden convertir una deficiencia local en una crisis de mayor profundidad. Un sistema de salud debilitado por falta de energía pierde capacidad operativa, pero ademas resiliencia frente a epidemias, desastres, olas de calor e incluso conflictos internacionales.
Como en otras ocasiones, estimado lector, hay que estar atentos, pues las crisis verdaderamente peligrosas rara vez comienzan con una declaración oficial de las autoridades, más bien suelen anunciarse como pequeñas anomalías, entre ellas equipos que fallan, apagones repetidos, servicios interrumpidos y personal que resuelve una y otra vez lo que la infraestructura ya no es capaz de soportar.
México ya no puede ni debe seguir confiando su sistema de salud al heroísmo cotidiano de los que trabajan dentro de él, porque, la medicina moderna puede producir chispa, pero sin energía, infraestructura y gobernanza sólida, el fuego terminará por apagarse.
Dr. Juan Manuel Cisneros Carrasco, Médico Patólogo Clínico. Especialista en Medicina de Laboratorio y Medicina Transfusional, profesor universitario y promotor de la donación voluntaria de sangre.