Que conste: “No cayeron completamente los vagones”. Esto dijo la Presidenta respecto al descarrilamiento del Interoceánico, prácticamente en el mismo tramo que el anterior. La única diferencia: en éste no hubo muertes, pero el suceso indica un problema estructural, de trazo o de construcción, en esta obra que fue supervisada por… ¡un hijo del Ayatola de Palenque!

Encargo este otorgado pública y abiertamente por su padre, dando paso a que surgieran cuestionamientos respecto a que un amigo del junior recibiera contratos para suministrar material al proyecto, existiendo un audio de una conversación entre ambos donde bromeaban respecto a la posibilidad de un percance en las vías.

La broma resultó profética y ahora el régimen debe responder por dos descarrilamientos del Interoceánico en el mismo tramo, pero como consuelo que sepa el pueblo mexicano: “¡No cayeron completamente los vagones!” (sólo se salieron de las vías). Importante distinción para la Presidenta, pero no para lo que este accidente representa: la infuncionalidad de una obra que pudiera ser -sólo una investigación que no harán lo pudiera determinar- producto de la corrupción.

Podemos asegurar que no indagarán porque la actitud de la Presidenta frente a este siniestro fue idéntica a la del anterior, cuando culparon falazmente al conductor: la defensa a ultranza del proyecto y del régimen pasado. En este caso, minimizando el evento, sin reconocer lo grave: que existen deficiencias de origen en la construcción.

Aunque tras el primer impacto decidieron corregir el trazo, esto tardará por lo menos un año y aumentará el costo de la obra, que fue de 18 mil millones de pesos. Lo cual en sí es un reconocimiento de que su planeación fue defectuosa, pero sin que sus responsables sean llamados a cuentas por tales errores o por la mala calidad del balastro que soporta los rieles en el tramo de los dos accidentes.

Esta cadena de episodios genera la preocupación de que los nuevos proyectos ferroviarios que ha emprendido el régimen, a imagen y semejanza del anterior, sean elaborados con las mismas fallas estructurales del Interoceánico. Recordemos que las líneas ya iniciadas por esta Administración y encargadas a la Sedena están destinadas a ser trenes de pasajeros: es decir, su contenido a transportar no será sólo carga, sino vidas humanas que se pondrán en riesgo nuevamente, de no corregirse las fallas de origen.

Mismas que no pueden corregirse mientras no se combata la corrupción; eliminar ésta implica despojar a los responsables de las fallas en su construcción del manto de impunidad que los cubre porque echarle la culpa al conductor no serviría de nada para combatir este mal que simboliza a los cuatroteístas.

Esto abarca no sólo la existencia de La Barredora en Tabasco, el solapar a los cárteles a cambio de apoyo a campañas de Morena y el involucramiento de la Marina y sus mandos en el huachicol fiscal, así como el temor de que quienes manejan esta lucrativa actividad criminal gozan de la protección y/o complicidad de notables miembros del partido en el poder. Todo esto sólo para indicar que existen elementos para pensar que la corrupción es un cáncer que ha invadido a Morena.

Siendo esto así, queda claro que el régimen ni lo reconoce ni lo combate; más bien niega su existencia. Promover la impunidad solo logra fomentar la comisión de delitos: generar más corruptelas al tiempo que se nulifica cualquier autoridad moral que haya mostrado el régimen ante sus gobernados.

En suma: un “incidente” ferroviario viene a convertirse en una radiografía que encapsula la suma de todos nuestros males. “Árbol que nace torcido jamás su tronco endereza” es un refrán que define la evolución de la cuatroté como organización política: pesa sobre este “movimiento” la sospecha de que llegó al poder aliado de la delincuencia y permanece en él creando más delincuentes.

Que pase o no a la historia de la manera descrita depende de lo que haga para enmendar la plana, o no, hoy, hoy, hoy, la Presidenta.