Los abuelos Orozco López contaban las peripecias de su boda celebrada en 1927. Anselmo y Guadalupe contrajeron nupcias en su casa de Arandas, donde el matrimonio se celebró gracias a un sacerdote que llegó al domicilio disfrazado de albañil, ya que los clérigos no podían celebrar sacramentos en público. Estaba prohibido. Después de la fiesta y la noche de bodas, partieron hacia León, donde establecerían su familia. Arandas tenía 6 mil pobladores en la cabecera municipal y unos 22 mil campesinos; León era la novena ciudad del país con 63 mil habitantes en la zona urbana y unos 40 mil en el campo.

Si no hubiera existido el levantamiento popular conocido como “La Cristiada”, es probable que el destino de los abuelos habría sido distinto. Casados sin prisas ni miedo, sus descendientes no seríamos quienes somos. La vida es un milagro que, si se cuentan las coincidencias para que hayamos nacido, hay menos probabilidades de ser quienes somos que de sacar la lotería muchas veces seguidas. Nuestra ascendencia de Jalisco y nuestra residencia fueron forzadas por leyes estúpidas con las que una dictadura intentó limitar la libertad de profesar la religión católica. Otros miles de alteños encontraron refugio en León ante la intolerancia de los revolucionarios. La guerra en contra de “Dios, la religión, la Iglesia y los fieles” marcó nuestro destino y el destino de nuestra tierra.

Se cumple un siglo de la Guerra Cristera (de 1926 a 1929), una rebelión posrevolucionaria causada por la intolerancia religiosa de Plutarco Elías Calles, presidente y dictador durante los años posteriores a su mandato y hasta Lázaro Cárdenas. Desde que el general Álvaro Obregón gobernaba, se mantenía una pugna entre el poder político y la Iglesia católica, por eso lo mataron. El “supremo gobierno” legisló para limitar las libertades religiosas en el país, sometiendo a su dictado lo que la Iglesia y sus fieles deberían y no deberían hacer.

Pocas cosas en la vida son tan sólidas y permanentes en los pueblos como las creencias religiosas. En 1926 existía la universalidad del catolicismo (99 %) en estados como Jalisco, Michoacán y Guanajuato. Cuando Obregón y Calles quisieron someter a los fieles, se desató una rebelión armada encabezada por campesinos, obreros, profesionistas, comerciantes y sacerdotes. La rebelión fue apoyada desde León con recursos y guerrilleros, pero no se convirtió en un campo de batalla como en los Altos de Jalisco.

La huella de la Guerra Cristera se dejó sentir en organizaciones como el Sinarquismo, fundado en León en 1937, una asociación política católica que se convirtió en el Partido Demócrata Mexicano (PDM) y luego se fusionó ideológicamente con el PAN. Al cumplirse un siglo de la rebelión, puede crecer ese sentimiento regionalista libertario, como el que surgió en Jalisco en 1926, abuelo ideológico de la gran hazaña que realizó Vicente Fox al derrotar al PRI en 2000. Si nos fijamos bien, el poder que aún tiene Acción Nacional en León se debe a esa herencia rebelde frente al poder federal.

La otra herencia de la Cristiada fue la migración de familias emprendedoras; con ella conformaron lo que hoy somos. La gente proveniente de los Altos no solo emprendió, sino que también participó y participa en la política. La propia alcaldesa Alejandra Gutiérrez es originaria de San Juan de los Lagos, al igual que Rodolfo Padilla Padilla (RIP), José de Jesús Padilla Padilla o Ramón Martín Huerta. 

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