Dreyfus conoce varios idiomas, crimen; nadie encontró en su casa papeles comprometedores, crimen; a veces regresa a su país de origen, crimen; es trabajador, quiere saberlo todo, crimen; está imperturbable, crimen; está perturbado, crimen…”
De la carta de Émile Zola al presidente de Francia Félix Faure en 1898
El antisemitismo tuvo hondas raíces en Europa desde finales del siglo XIX, no solo en la Alemania nazi después de la Primera Guerra Mundial. Hubo un caso en Francia que tiñó la convivencia política. En 1894, dentro del Ejército se acusó al capitán Alfred Dreyfus de haber entregado información a Alemania. Presuntamente se había encontrado un documento en poder de la diplomacia alemana que incriminaba a Dreyfus.
El asunto evolucionó cuando a Dreyfus lo acusaron de traición a la patria y lo degradaron en público, enviándolo a prisión. El problema hizo aflorar una división social porque el militar era de origen judío. Aun a pesar de ser un digno francés alsaciano, Dreyfus llevaba el estigma de su raza. Después se descubrió que otro personaje había sido el responsable de la filtración a los alemanes. En 1896, el coronel Georges Picquart, jefe del servicio de inteligencia militar, descubrió que el verdadero autor de la nota pudo ser el comandante Ferdinand Walsin Esterhazy. Sin embargo, los altos mandos del ejército prefirieron ocultar la nueva evidencia para evitar reconocer que una corte militar había condenado a un inocente.
El tema caló hondo entre los intelectuales franceses que apoyaban a Dreyfus; entre ellos se encontraban Marcel Proust, Anatole France, André Gide, Georges Clemenceau y Émile Zola. A Dreyfus lo volvieron a juzgar en 1899, pero no fue hasta el cambio de siglo cuando se le exoneró. Luego le otorgaron la medalla de la Legión de Honor.
En la lucha por la justicia, fue determinante la participación de Émile Zola (autor de Naná), quien publicó una carta abierta al presidente francés Félix Faure, en contra de los militares, titulada J’accuse…! (yo acuso), en el periódico L’Aurore, dirigido por Georges Clemenceau, quien tituló el artículo de Zola. Previamente, el periódico conservador Le Figaro había censurado la publicación. Clemenceau se convirtió en primer ministro durante la Primera Guerra Mundial.
Viene todo esto a cuento porque, a partir de enero, surgió un nuevo periódico en México (en formato digital) llamado “Aurora”. Dirigido por Pablo Hiriart, uno de los mayores críticos del Lópezobradorismo, tiene una pretensión semejante a la del periódico francés que dio cabida a la fuerza de los intelectuales para arrojar luz sobre una injusticia. Lo dice en su presentación editorial. Vemos que la mayoría de sus colaboradores son “adversarios” del gobierno de la 4T. Pablo Hiriart escribía durísimo contra Andrés Manuel López Obrador en El Financiero, pero, seguro por complicaciones con la empresa, fue exiliado primero a Miami y luego a Europa. Su regreso a México es la búsqueda de la fuerza intelectual en la lucha por las libertades.
Escriben, por ejemplo, José Carreño Carlón, quien fuera jefe de Comunicación Social de Carlos Salinas, y Ernesto Cordero, quien fuera secretario de Hacienda con Felipe Calderón. No sabemos quién lo patrocina, aunque al final de su edición solicitan donaciones. El periódico es serio y tiene buen tino político y puede convertirse en otro esfuerzo más para enriquecer la pluralidad ideológica del país.
Es importante toda lucha para valorar el trabajo intelectual en México, que durante el sexenio pasado se desestimó por maldad o por pura ignorancia. Sigo creyendo que en México no cabe la posibilidad de restringir la libertad de expresión. Espero no ser iluso.