Encuentra a AM más fácil en Google
Añádenos como fuente preferida y aparece más seguido en tus resultados de búsqueda
Añadir como preferido

Cuando algo no sale como esperábamos, buscamos un culpable. Lo buscamos con rapidez, a veces incluso antes de saber con precisión qué fue lo que falló. El culpable puede ser cualquiera: desde una figura determinante que tomó la decisión equivocada y cambió el rumbo de una travesía, hasta quien simplemente tuvo la mala fortuna de cruzarse en el blanco de nuestro mal humor por callar a destiempo, hablar de más o llegar un minuto tarde o tal vez demasiado temprano. ¿Por qué no?

Hay culpables de gran escala y culpables de ocasión. Está el gran culpable, al que podemos atribuirle casi todas nuestras desgracias; y está el culpable insignificante, a quien miramos para sentenciar: «¿Qué esperabas? No da para más». Lo urgente no es el hecho, sino el blanco; cumplir con el viejo refrán de no buscar quién la hizo, sino quién la pague, para que sobre su espalda caiga esa mole que no tenemos la menor intención de asumir. Esto me inquieta: me he descubierto comprando varios boletos para esa función taquillera.

Cuando las cosas salen bien, reconozco con claridad el mapa que conduce a mis aciertos: recuerdo lo que pensé, lo que arriesgué y lo que ejecuté. Advierto inteligencia en mis actos y un calor cómplice, parecido al aplauso, sube desde el pecho hasta la mirada. Mis pestañas concluyen el ¡clap!

Mas cuando algo se tuerce, el camino se vuelve nebuloso y surge la necesidad imperiosa del blindaje: «No me avisó», «sus consejos me confundieron», «prometió, pero no cumplió», «no estuviste cuando debías» o «estuviste de más». Él tiene la culpa. Qué alivio. «Te dije y no me escuchaste» y otras frases salen del cajón.

Esta búsqueda, reconozco, a veces tiene fundamento. Los otros también se equivocan, rompen compromisos y toman decisiones que impactan nuestro entorno. La pregunta que me pellizca es qué porción de todo esto me pertenece. Confieso que muchas veces no lo sé.

Si asumir las consecuencias es difícil, tomar decisiones es todavía más complejo y riesgoso. A veces elijo y me hago cargo; otras tantas creo elegir, cuando en realidad he permitido que otros maniobren a través de mi propia vanidad. Y cuando cae el telón del desenlace y quisiera rectificar, olvido que la vida no tiene mostrador para devoluciones.

¿Será ociosidad? ¿O solo la tentación de esperar que un tercero ordene mi propio caos y responda por el saldo adverso? ¿Podría ser miedo, disfrazado de cautela? Cuando el otro decide, me ahorro admitir mi ingenuidad, mi soberbia, mi prisa o mi comodidad. Me deslindo de preguntarme por qué acepté lo inaceptable, por qué permanecí donde no debía o por qué esperé de alguien lo que jamás estuvo en condiciones de ofrecer. Me basta con señalar: él tiene la culpa. Y, por un instante, la tormenta parece amainar. Puedo respirar en paz y mirar hacia otro lado.

 El culpable podrá cargar con nuestra culpa, pero jamás podrá cargar con nuestra vida. Y ahí está la trampa.

Esa vida nos sigue perteneciendo por entero: con los aciertos luminosos, los yerros absurdos, aquello que supimos prever y lo que deliberadamente preferimos no mirar. No sé si algún día dejaré de buscar culpables. Por lo pronto, elijo desconfiar de mí misma cada vez que creo tener demasiada certeza sobre quién es el responsable de mis tropiezos.

Entonces, quizá la pregunta verdaderamente importante nunca ha sido quién hizo que las cosas salieran mal, sino esta otra: ahora que salieron mal, ¿qué voy a hacer yo con ellas?

450 Historias de León

Acompáñanos en un recorrido por la historia de León. Recibe en tu correo relatos sobre personajes, barrios, tradiciones y momentos clave, que celebran la identidad leonesa, en el marco de los 450 años de nuestra ciudad.