Enrique Gómez Orozco
“Las potencias medias deben actuar juntas, porque si no estamos en la mesa, estamos en el menú”.
Mark Carney
—Discurso de Davos, enero de 2026.
El primer ministro canadiense Mark Carney dio una lección de estrategia y audacia política el viernes pasado al enfrentarse a Donald Trump y a su equipo de negociadores comerciales. Fue simple: se levantó de la mesa de negociaciones cuando el presidente estadounidense aseguró que había un pacto.
Desde que Trump volvió a la presidencia en 2025, se ha convertido en el mayor bully de Canadá. El ataque comenzó cuando Justin Trudeau era primer ministro, quien tuvo poco tiempo para enfrentarlo y, a pesar de su enorme carisma, había consumido durante 9 años y medio su capital político. Carney, del mismo partido liberal que Trudeau, tenía las encuestas en su contra debido al avance de los conservadores y de su candidato, Pierre Poilievre. En forma casi increíble, obtuvo el triunfo gracias a Trump, porque supo transmitir a todas las provincias canadienses la seguridad en su propio destino. Recuperó un orgullo nacional que, en ocasiones, se había perdido debido a las aspiraciones aislacionistas de Quebec, la provincia francófona. Carney arropó a su gente con una hoja de maple gigante, como lo es su propio país.
En apenas poco más de un año supo cómo lidiar con la nueva política de quien decía que Canadá debería ser el estado 51 de la Unión. El asedio de Trump llega a tal grado que afirma que, sin su país, Canadá no existiría y, sin su defensa, estaría perdido. Una gran falsedad y una traición a quien ha acompañado a Estados Unidos en guerras y ha sido solidario ante los desafíos globales de Occidente, como lo fue el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York.
Carney fue a China para negociar el comercio y hacerle saber a Trump que tenía opciones. Canadá es el principal cliente de Estados Unidos. Además, siete de cada diez dólares que exporta van a su vecino; y tienen una integración de las cadenas de suministro casi imposible de romper.
Al caerse el acuerdo por la retirada de Canadá, entraron aranceles de hasta el 50% en autos, acero y aluminio, así como en maderables y lácteos. Unos 20 mil millones de dólares que Carney prometió compensar con aranceles propios “dólar por dólar”. Canadá podría perder unos 90 mil empleos industriales, pero su economía tiene la resistencia para sostener a esos trabajadores con subsidios mientras dure la administración de Trump, a quien sólo le quedan dos años efectivos.
Carney ataca justo cuando comienza la batalla electoral de noviembre en la que el Partido Republicano está mal parado. Supo levantarse de la mesa para infligir el mayor daño posible en “una guerra con Estados Unidos”. En tamaño y en potencia, su vecino lleva las de ganar; en inteligencia y audacia, Carney le da tres vueltas a Trump.
Canadá crece al doble que su vecino; tiene finanzas públicas sanas y recursos naturales inmensos, pero una guerra comercial total la llevaría a una recesión y a una época de grandes sacrificios. Para su fortuna, tienen energía de la que dependen muchos estados del norte de Estados Unidos. También cuentan con una población dispuesta a no agachar la cabeza. Sin duda, es el país con la mayor calidad de vida en América y cuenta con el apoyo de la Unión Europea, de Japón y, ahora, de China.
Lo más probable es que Trump pronto se vuelva “TACO” ante el talento de Carney. Trump always chickens out.