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Si quisieran una prueba fehaciente de la degradación política que ha permitido el gobierno estatal panista y los jerarcas que controlan esa franquicia, solo tendrían que darse una vuelta por Guanajuato Capital. Basta mirar lo ocurrido en la ciudad Patrimonio de la Humanidad para encender focos rojos y poner las barbas a remojar en León.

La mafiocracia panista decidió gobernar la capital del estado como si fuera un botín. Un presupuesto de 9 mil 292 millones de pesos por administrar, sumado al entramado de permisos y aprobaciones municipales para actividades empresariales, seguridad y orden, representa una tentación enorme para quienes entienden el gobierno como negocio. El dinero público puede terminar convertido en patrimonio personal o en combustible electoral: campañas, estructuras y, llegado el momento, compra de sufragios. El exgobernador Diego Sinhué Rodríguez les mostró el camino: hacer política a billetazos y terminar viviendo cómodamente en Texas.

La caterva pudo haberse conformado con lo obtenido durante seis años de abundancia, pero la ambición es canija y ahora va por más. Negociar durante tres años la ciudad de León, vendiéndola en rebanaditas a los intereses más aviesos, puede resultar un ejercicio particularmente rentable.

Así ocurrió en Guanajuato Capital. Se apoyó la candidatura de Alejandro Navarro, se armó una estructura electoral para movilizar y adquirir votos y, en lugar de gobernar, se dedicaron esfuerzos a capturar futuros electores. Los contratos inflados, según las acusaciones que han rodeado a esas administraciones, se convirtieron en moches para fondos electorales y bolsillos familiares. Tres trienios consecutivos han dejado al municipio capitalino en los huesos. Lo que nunca faltó fue el respaldo de la dirigencia de la llamada cleptocracia dieguina, con Juan Carlos Alcántara, Aldo Márquez y Allan Sinhué Márquez, señalado por su cercanía con medios complacientes. El resultado fue un gobernador presentado, con entusiasmo propagandístico, como el funcionario más extraordinario del mundo. ¡Maravilloso!

Acostumbrados a hacer política a billetazos y molestos ante la negativa a registrarlos para competir internamente por la candidatura azul, Alejandro y Samantha se muestran frenéticos. El exalcalde ha inventado ocurrencias para ganar aprobación desde temprano: una mega pachanga mundialista en una Calle Subterránea inundada; reparto de cervezas en la celebración de La Cueva de San Ignacio; boletos gratuitos para familias en el circo “Magical Fest On Ice”, y la última payasada: una elotada multitudinaria en la Plaza de las Ranas, pagada con su propio dinero. Aquel capitalino que asuma su miseria podrá recibir un tierno elotito, cortesía de Don Navarro, siempre que entregue sus datos electorales.

En entrevista con Arnoldo Cuéllar, Allan Sinhué Márquez, candidato de esa pandilla a gobernar León, se hizo su propio retrato. Se describió como joven inquieto y talentoso que, con apenas 25 años, ya era CEO de una empresa internacional y manejaba proyectos superiores a 80 millones de pesos. Curioso: no aparecen datos que acrediten que hubiera sido CEO de empresa alguna.

Como diputado, elegido por el exgobernador, presume haber logrado la aprobación unánime de dos iniciativas para proteger a niñas y niños  adolescentes en entornos digitales. Ahora propone regular la inteligencia artificial. Todo muy encomiable, salvo por una pregunta sencilla: ¿alguien lo ha visto enfrentando aguerridamente a los diputados de la 4T, en un debate político de fondo? Nunca. Prefiere definirse como cero prepotente, cercano a la ciudadanía, generoso y con actitud de servicio. Cool, pues. El rollo lo actúa bien.

Mientras tanto, el Guanajuato de Navarro continúa su degradación. Los negocios no florecen cuando están sujetos al cohecho y a la extorsión oficial. Los servicios públicos padecen falta de presupuesto y administración eficiente. La seguridad permanece en vilo y hay zonas a las que se accede bajo riesgo propio. El Guanajuato festivo, cervantino, cultural y universitario se ha perdido, momificado después de tres nefastas administraciones.

De verdad, ¿ese es el destino que quieren para León? Véanse en este espejo. Y, si alguien les ofrece un elote a cambio del voto, piénsenlo dos veces.

León merece algo distinto. Una ciudad de esta dimensión no puede ser tratada como premio para una camarilla ni como caja registradora para financiar la siguiente elección. Necesita gobiernos que rindan cuentas, contratos transparentes, servicios eficaces y una oposición que haga oposición. Sobre todo, necesita ciudadanos que no confundan una fiesta con una buena administración, ni una dádiva con un derecho. El espejo está aquí, en Guanajuato Capital. Ignorarlo sería una torpeza.

Lo que hoy parece una ocurrencia simpática puede mañana convertirse en una práctica de gobierno. Y entonces el elote dejará de ser una anécdota para convertirse en símbolo de una forma de entender el poder: te doy algo pequeño y, a cambio, intento quedarme con algo mucho más grande: tu voto.

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